En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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XX. ATAQUE.
La sala quedó en silencio unos segundos después de que Athenas regresara.
Todavía estaba abrazada a Danielle, con los ojos un poco rojos por el susto, mientras Ares observaba el lugar donde la niña había desaparecido antes.
Sergei y Lesya Vale estaban completamente inmóviles. Lesya fue la primera en hablar, con su fuerte acento ucraniano.
—¿Cómo… cómo una niña de seis años puede hacer eso?
Danielle levantó la vista, todavía sosteniendo a su hija.
—Tres —corrigió con calma—. Tienen tres años, no seis.
El silencio que siguió fue aún más pesado.
Sergei frunció el ceño, claramente intentando procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Tres…? —repitió lentamente—. Eso es imposible.
Athas estaba sentado en el brazo de un sofá, balanceando las piernas como si todo aquello fuera completamente normal.
—A mí también me parece un poco exagerado —comentó con aire pensativo—. Pero mamá dice que somos especiales.
Athenas le lanzó una mirada molesta.
—Tú dijiste que no contáramos.
—Tú te teletransportaste delante de todos —respondió él encogiéndose de hombros—. Eso tampoco ayudó.
Asziel, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, soltó una pequeña risa.
—Tengo que admitirlo —dijo con una sonrisa ladeada—. Mis sobrinos son bastante asombrosos.
Ares le lanzó una mirada rápida.
—No ayudes.
Luego volvió a mirar a Sergei y Lesya, su expresión volviéndose seria otra vez.
—Siéntense —dijo señalando el sofá.
La pareja obedeció lentamente, todavía confundidos.
Conrad también tomó asiento, apoyando los antebrazos en las rodillas mientras observaba a los padres de Luciam.
Ares respiró hondo antes de hablar.
—Lo que voy a decirles no es fácil de creer.
Lesya entrelazó las manos con nerviosismo.
—Después de lo que vimos… creo que ya nada nos va a sorprender.
Ares asintió levemente.
—Nosotros no nacimos así —explicó—. Ni Danielle, ni yo.
Danielle acariciaba el cabello de Athenas mientras escuchaba.
—Fuimos parte de un programa —continuó Ares—. Experimentos. Modificación genética, manipulación del ADN… cosas que nadie debería haber intentado.
Sergei lo miró con atención.
—¿Y esos científicos…?
Conrad respondió antes que Ares.
—Siguen existiendo —su tono era frío—.Y siguen experimentando.
Ares continuó:
—Nuestros mellizos nacieron con nuestras modificaciones genéticas… pero amplificadas.
Lesya miró a los niños. Athas levantó una mano.
—¿Eso significa que somos versión mejorada?
Ares lo miró.
—No interrumpas, hijo.
—Entonces sí —murmuró Athas satisfecho.
Danielle suspiró.
Sergei habló con cautela.
—¿Y nuestro hijo…?
La expresión de Ares cambió. Más dura.
—Su hijo fue capturado por esas mismas personas.
Lesya tragó saliva.
—¿Capturado para qué?
Conrad respondió lentamente.
—Para convertirlo en algo.
Ares terminó la frase.
—En Apocalipsis.
El nombre cayó en la sala como una piedra. Sergei frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Ares los miró directamente.
—Significa que ya no están intentando crear humanos mejorados. —hizo una pausa—. Están creando armas.
Danielle bajó la mirada hacia Athenas.
—Y su hijo fue uno de los elegidos.
El silencio volvió a llenar la habitación. Lesya susurró con miedo:
—¿Entonces… nuestro hijo…?
Ares no suavizó la verdad.
—Es el más peligroso de todos.
Athas inclinó la cabeza.
—Y también el que nos quiere matar.
Athenas lo miró.
—Athas…
Pero Sergei ya había escuchado suficiente.
—¿Qué?
Conrad habló con gravedad.
—Némesis tiene una misión ahora.
Ares terminó la frase.
—Capturar a Athenas.
Lesya miró a la niña que estaba abrazada a Danielle.
Pequeña.
Frágil.
Pero capaz de desaparecer en el aire.
—¿Por qué ella?
Ares apretó la mandíbula.
—Porque su mente es lo que ellos necesitan.
Asziel habló desde la pared.
—Y porque si la capturan… podrán hacer algo mucho peor que Némesis.
Athenas levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
Nadie respondió.
El silencio lo dijo todo.
Y por primera vez desde que llegaron, Sergei y Lesya entendieron realmente en qué se había convertido su hijo.
La sala quedó en silencio después de la revelación. El aire parecía pesado, como si cada palabra tuviera un peso propio.
Sergei y Lesya seguían sentados frente a ellos, todavía intentando procesar todo lo que habían escuchado: experimentos, niños alterados, un hijo convertido en algo llamado Apocalipsis.
Ares apoyó los antebrazos sobre la mesa y habló con calma, aunque su voz tenía una dureza inevitable.
—No eligieron a las personas al azar.
Lesya frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Danielle tomó la palabra. Su tono era sereno, pero firme.
—Todos nosotros fuimos elegidos por algo —informo—. Que ya estaba en nuestro cuerpo antes de que nos encontraran.
Sergei entrecerró los ojos, atento. Andrea cruzó los brazos apoyándose contra una pared.
—A Danielle la eligieron por su insensibilidad congénita al dolor. —miró a la mujer—. Su cuerpo no procesa el dolor como el de las demás personas.
Lesya parpadeó, confundida.
—¿No siente dolor…?
Danielle negó suavemente.
—No ni un poco.
Conrad continuó la explicación.
—Eso la convertía en una candidata perfecta para soportar procedimientos extremos. Cirugías repetidas, implantes, modificaciones. Su cuerpo podía soportar cosas que matarían a cualquier otra persona.
Un silencio incómodo recorrió la sala. Ares entonces habló.
—En mi caso fue diferente. —Sergei lo miró con atención—. Mi coeficiente intelectual estaba muy por encima del promedio desde que era niño. Capacidad de aprendizaje acelerada, memoria fotográfica, procesamiento estratégico… —hizo una pausa—. Para ellos yo era el sujeto ideal para diseñar, comprender y adaptarme a tecnologías y habilidades que otros no podrían manejar.
Lesya bajó la mirada, intentando imaginar a niños siendo evaluados como herramientas. Andrea entonces volvió su mirada hacia ellos.
—Por eso les pregunté por Luciam.
Sergei y Lesya se miraron entre sí unos segundos. Había duda… pero también comprensión creciente. Finalmente Lesya habló con su acento marcado.
—Luciam… siempre fue diferente cuando se lastimaba. —Sergei asintió—. Cuando era niño se caía mucho. Cortes, golpes… —suspiró—. Pero sus heridas cerraban muy rápido.
Lesya continuó.
—Y cuando se enfermaba… sanaba antes que todos. Fiebres que duraban horas, no días.
Andrea y Conrad intercambiaron una mirada breve. Ares terminó la deducción con voz grave.
—Regeneración acelerada.
Sergei tensó la mandíbula.
—¿Eso fue lo que vieron en él?
Danielle respondió con una mezcla de frialdad y tristeza.
—Sí.
Ares agregó, sin suavizar la verdad.
—Para ellos, su hijo no era un chico con buena salud —hizo una pausa—. Era material perfecto para experimentar con regeneración y supervivencia extrema.
Las palabras cayeron como un golpe. Lesya llevó una mano a su boca. Sergei bajó la cabeza lentamente, como si de pronto muchas piezas encajaran de la peor manera posible.
Y en medio del silencio que siguió… desde el fondo de la sala se escuchó la voz baja de Athas, que murmuró a Athenas:
—Definitivamente… no les iba a gustar la explicación.
Athenas lo miró de reojo y susurró:
—Te dije que no.
En cambio, Ares cerró los ojos un segundo.
Porque ahora los padres de Luciam ya sabían la verdad y lo que quedaba por explicar… era mucho peor.
—Su hijo tenía un cuerpo perfecto para experimentar.
Sergei apretó los puños.
—¿Qué le hicieron?
El silencio volvió a caer.
Ares desvió la mirada un segundo, como si recordara algo desagradable. Finalmente habló.
—Lo convirtieron en Apocalipsis.
Lesya negó con la cabeza, confundida.
—Ese no es mi hijo.
Danielle respiró hondo.
—Luciam Vale… ya no existe como lo conocían.
Sergei dio un paso hacia adelante.
—¿Está vivo?
Conrad respondió con honestidad brutal.
—Sí.
Una chispa de esperanza apareció en los ojos de la mujer.
—Entonces podemos...
—Pero —interrumpió Ares— tampoco está realmente vivo.
La esperanza murió en el aire. Ares continuó, más serio.
—Le borraron la memoria varias veces. Lo modificaron quirúrgicamente. Le instalaron sistemas de combate en el sistema nervioso. Lo entrenaron para cazar… y matar.
Lesya comenzó a llorar en silencio. Sergei miró a todos con rabia contenida.
—Entonces lo rescataremos.
Andrea lo observó con una mezcla de compasión y realismo.
—No es tan simple, señor Vale.
Sergei apretó la mandíbula.
—Es mi hijo.
Danielle habló con suavidad.
—Y nosotros lo sabemos.
Ares apoyó ambas manos en la mesa.
—Pero entiendan algo… si Apocalipsis aparece aquí… —su mirada se endureció—. No vendrá como su hijo.
Athas y Athenas, que hasta ahora habían estado escuchando desde un rincón, se miraron entre ellos. Athas susurró.
—Va a venir como Apocalipsis.
Athenas tragó saliva.
—Y nos está buscando.
En ese mismo momento… En un lugar muy distinto.
Muy lejos de allí. Una sala blanca y fría. Cables conectados a un cuerpo suspendido en una camilla mecánica.
Pantallas llenas de actividad cerebral. Uno de los científicos habló con nerviosismo.
—La reprogramación está completa.
Otro observó los monitores.
—Actividad neuronal estable.
En el centro de la sala, Gerald observaba en silencio. A su lado, Xavier revisaba los datos.
—Objetivo prioritario actualizado —dijo Xavier—. Captura de Athenas.
Gerald asintió.
—Y si Athas interviene…
El científico terminó la frase.
—Eliminar.
Una máquina emitió un sonido. Los ojos del joven en la camilla se abrieron lentamente.
Negros.
Vacíos.
Sin rastro de Luciam. Solo una cosa existía ahora en su mente. Cazar. Una voz metálica salió del sistema.
—Unidad APOCALIPSIS activa. —el joven se incorporó lentamente—. Objetivo… identificado.
En una pantalla aparecieron dos rostros infantiles.
Athas.
Athenas.
Los ojos de Apocalipsis se fijaron en ellos.
—Localizar. —pausa—. Capturar.
Y en algún lugar, muy lejos… Athenas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sin saber por qué. Pero su mente… parecía haberlo sentido. Como si algo… o alguien acabara de despertarse para encontrarla.
La conversación en la sala se había vuelto pesada. Las palabras sobre experimentos, genética y elección todavía flotaban en el aire cuando, de repente, un sonido interrumpió todo.
Pasos.
Rápidos.
Desesperados.
La puerta se abrió de golpe.
Athenas apareció en el umbral, corriendo casi sin aliento. Su respiración era agitada y sus ojos estaban llenos de lágrimas que corrían libremente por su rostro.
Ares reaccionó de inmediato. Se levantó de la silla y caminó directo hacia ella antes de que siquiera pudiera hablar.
—Athenas… —dijo, sujetándola suavemente por los hombros—. ¿Qué pasó?
Ella levantó la mirada hacia él. Sus manos temblaban. Intentó hablar, pero la voz se le quebró primero.
—Él… —respiró hondo— …ya despertó.
El silencio en la sala fue absoluto. Sergei y Lesya se quedaron inmóviles. Andrea dejó de apoyarse en la pared. Conrad frunció el ceño.
Ares tensó ligeramente la mandíbula.
—¿Luciam? —preguntó.
Athenas negó con la cabeza lentamente. Luego miró directamente a Sergei y Lesya. Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Ya no es Luciam.
Las palabras cayeron como un hielo sobre todos. Sergei se puso de pie de golpe.
—¿Qué significa eso?
Athenas respiró con dificultad, como si cada palabra fuera difícil de pronunciar.
—Es… él… pero no lo es.
Andrea avanzó un paso.
—Athenas, habla claro.
Ella tragó saliva.
—Despertó… y lo primero que hizo fue preguntar dónde estaba —hizo una pausa, tratando de controlar las lágrimas—. Pero su voz… su forma de mirar… —negó con la cabeza— no era Luciam.
Sus manos se apretaron en la camisa de Ares. Entonces dijo lo que realmente la había hecho correr.
—Y dijo algo más.
Ares la observó con atención.
—¿Qué?
Athenas apenas susurró:
—Dijo que vendría aquí.
Un silencio tenso recorrió la sala. Luego levantó lentamente la mirada hacia todos. Su voz tembló.
—Ya viene hacia aquí.
El estruendo fue tan brutal que hizo temblar los cimientos de la mansión.
Un misil impactó directamente contra los enormes portones de hierro, arrancándolos de sus bisagras y levantando una nube de fuego, polvo y metal retorcido.
Las ventanas vibraron. Algunas estallaron. Por un instante nadie habló.
Entonces Asziel caminó hasta las ventanas y levantó apenas una de las cortinas. Arriba, en el cielo gris, aviones militares sobrevolaban la propiedad en círculos amplios mientras varios helicópteros descendían lentamente hacia los jardines.
Las luces de los reflectores ya barrían la mansión. Asziel observó la escena con absoluta calma.
—Llegaron.
En la sala se hizo un silencio pesado.
Ares miró a Danielle. Era hora.
Danielle sostuvo su mirada unos segundos. No había miedo en su rostro, solo una frialdad calculada. Luego se volvió hacia Andrea.
—Saca a los niños. Ahora.
Andrea no dudó.
—Athas, Athenas. Conmigo.
Los dos niños corrieron hacia ella instintivamente. Ares se acercó a Conrad y le puso una mano firme en el hombro.
—Cuida de mis hijos.
Conrad asintió.
—Con mi vida si hace falta.
Andrea levantó a Athas en brazos mientras Conrad tomó a Athenas.
A toda prisa comenzaron a dirigirse hacia uno de los pasillos traseros de la mansión. Pero Athenas giró la cabeza. Desde los brazos de Conrad miró hacia la sala.
Miró a su padre. A su madre.
Luego escuchó el sonido. Helicópteros descendiendo. Vehículos militares entrando por los jardines. Soldados gritando órdenes. Luces atravesando las ventanas. La guerra estaba a punto de comenzar.
Los ojos de Athenas se llenaron de lágrimas. Pero no eran de miedo. Eran de decisión. De pronto se movió en los brazos de Conrad.
—Tío… bájame.
Conrad siguió caminando.
—No.
—¡Bájame!
—No, Athenas.
Ella lo miró y entonces sus ojos cambiaron. El aire alrededor pareció tensarse. Athenas entró en su mente.
La voz de la niña no salió de su boca. Resonó directamente dentro de la cabeza de Conrad.
—"Bájame."
Fue una orden. No una súplica.
El cuerpo de Conrad se detuvo en seco. Sus músculos se tensaron. Intentó resistirse. Pero la presión en su mente era demasiado fuerte.
Muy fuerte.
Lentamente… casi contra su voluntad… sus brazos descendieron. Y dejó a Athenas en el suelo. La niña lo miró con seriedad.
—Lo siento.
Luego se dio la vuelta y empezó a caminar de regreso hacia la sala. Detrás de ella, afuera, el rugido de los helicópteros se hacía cada vez más fuerte.
La batalla estaba a punto de comenzar.
Conrad apenas vio a Athenas caminar de regreso hacia la sala, reaccionó rápido. La alcanzó en dos pasos y la tomó suavemente del brazo.
—No. —dijo firme—. Nos vamos. Ahora.
La niña se giró hacia él.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero su expresión era más seria de lo que debería tener una niña de tres años.
—No.
Conrad frunció el ceño.
—Athenas…
Ella negó con la cabeza.
—Nosotros somos los únicos que podemos hacer algo. —su voz temblo, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. No podemos irnos… —susurró—. No podemos abandonar a mamá y papá… ni a los demás…
Respiró hondo, intentando contener el llanto.
—Porque… van a morir todos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Andrea se quedó inmóvil. Conrad la miró fijamente. No como a una niña.
Como a alguien que había visto algo.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó él con una mezcla de incredulidad y tensión—. ¿Pelear a puño limpio con ellos?
Athenas no respondió enseguida.
Sus ojos se movieron lentamente hacia las ventanas. A lo lejos, en los jardines, varios helicópteros de combate negros de Asziel ya estaban encendiendo motores.
Luego miró hacia el búnker subterráneo. Después miró a su hermano. Athas también estaba observando los helicópteros.
Athenas volvió a mirar a Conrad.
—No necesariamente tenemos que pelear siendo visibles.
Hubo un pequeño silencio. Athas levantó la mano y señaló hacia el exterior.
—Yo puedo manejar más de uno.
Andrea parpadeó.
—¿Qué?
Athas sonrió un poco, nervioso.
—Con la mente.
Conrad y Andrea se miraron. Ambos sabían lo mismo en ese instante.
No iban a poder sacarlos de allí. Ni aunque quisieran.
Andrea suspiró lentamente. Luego se agachó frente a ellos. Les acomodó el cabello con una ternura mezclada con preocupación.
—Entonces no se separan de nosotros.
Conrad también se agachó frente a los mellizos. Su voz se volvió seria.
—Si se quedan… se quedan con nosotros. —miró a ambos—. Los vamos a cuidar.
Andrea asintió.
—A los dos.
Athenas secó sus lágrimas con el dorso de la mano. Athas apretó sus pequeños puños. Afuera… Los helicópteros rugieron.
La batalla por la mansión estaba a punto de empezar.
Las puertas destrozadas de la mansión apenas terminaron de caer cuando decenas de soldados irrumpieron en el interior.
Botas golpeando el mármol. Armas automáticas levantadas. Visores térmicos encendidos.
—¡Avancen! —gritó uno de los comandantes.
Pero apenas cruzaron el gran salón… se detuvieron. La mansión estaba casi vacía. Solo tres figuras permanecían en medio del enorme hall.
Ares.
Danielle.
Asziel.
De pie. Esperándolos.
La luz que entraba por las ventanas rotas iluminaba sus siluetas entre el humo del misil que había destruido los portones.
Ninguno parecía preocupado. Al contrario... Sonreían. No era una sonrisa nerviosa. Era arrogante.
Como si la situación fuera exactamente la que esperaban. Uno de los soldados gritó:
—¡FUEGO!
Las armas estallaron al mismo tiempo. Una lluvia brutal de balas llenó el salón. Pero Ares y Danielle ya se estaban moviendo. Las balas silbaban en el aire mientras ambos se desplazaban con velocidad inhumana.
Ares giró sobre sí mismo esquivando una ráfaga completa.
Danielle se deslizó por el suelo, rodó y se levantó de nuevo sin que una sola bala la tocara.
Mientras tanto… Asziel caminó con absoluta calma hacia una de las enormes columnas de mármol del salón. Se apoyó detrás de ella. Sacó su pistola y devolvió fuego.
Tres disparos.
Tres soldados cayeron.
El capo sonrió con diversión.
—Bueno… —murmuró.
Tronó los dedos con un gesto relajado.
—¿Quién quiere comenzar?
Los soldados avanzaron en formación. Las balas seguían volando.
Ares atrapó el brazo de uno que intentaba dispararle y lo arrojó contra otros dos como si pesara nada. Danielle saltó sobre una mesa destruida y desde allí se lanzó contra un grupo de soldados, desarmando a uno de un golpe y usando su propio cuerpo como escudo contra las balas.
Detrás de la columna… Asziel recargó su arma con tranquilidad.
—Debo admitir… —dijo entre disparos—. Esperaba un poco más de estilo del ejército estadounidense.
Otro disparo.
Otro soldado cayó.
—Esto parece una mala película de acción.
De pronto… Un soldado gritó desde el fondo del salón:
—¡TRÁIGANLO!
Las puertas exteriores temblaron. Un paso pesado resonó entre los disparos y entonces… Entró él. Alto. Cubierto de cicatrices. Los ojos fríos.
Apocalipsis.
Su mirada se posó directamente en Danielle. Luego en Ares y por un segundo… Una leve inclinación de cabeza.
Como si reconociera a sus presas. Ares sonrió. Danielle también.
Asziel suspiró.
—Ah… —dijo mirando al recién llegado—.
Apoyó la pistola sobre su hombro.
—Ahora sí se puso interesante.
El monstruo y los tres depredadores quedaron frente a frente. La verdadera pelea… acababa de empezar.
Asziel fue el primero en avanzar.
Sin armadura.
Sin poderes.
Sin mutaciones.
Solo un traje oscuro manchado de polvo y sangre. Los soldados alrededor dudaron un segundo al verlo caminar directo hacia Apocalipsis como si nada.
El monstruo lo observó de arriba abajo. Sus ojos analizaron cada detalle.
Pulso.
Respiración.
Postura.
Nada especial.
Nada modificado.
Nada mejorado.
Finalmente habló con frialdad mecánica.
—No eres un prototipo.
Asziel levantó una ceja… y luego soltó una risa corta.
—No —respondió con absoluta tranquilidad—. Solo soy millonario y guapo.
Hizo una pequeña pausa.
Señaló a Némesis con la barbilla.
—Pero tú sí.
En ese mismo instante arrojó su pistola hacia arriba. El arma giró en el aire y antes de que tocara el suelo… Ares saltó.
La atrapó en pleno aire. Ni siquiera necesitó apuntar. Disparó de inmediato.
¡BANG!
¡BANG!
¡BANG!
Las balas volaron hacia Némesis. El monstruo se movió apenas. Una bala golpeó su hombro. Otra su pecho.
El impacto lo hizo retroceder medio paso… pero ni siquiera pareció dolerle. Mientras tanto… Danielle ya estaba en medio del caos.
Un soldado intentó dispararle a quemarropa. Ella atrapó el rifle con ambas manos y lo torció hasta romper el mecanismo.
Luego golpeó al soldado con la culata. Otro intentó atacarla por la espalda. Danielle giró sobre su propio eje y le lanzó una patada brutal al pecho que lo envió volando contra una pared.
Las balas seguían atravesando el aire del gran salón.
Cristales explotaban.
Columnas se astillaban.
Pero Apocalipsis no estaba mirando a los soldados. Solo a Ares. El arma seguía disparando en sus manos.
Apocalipsis ladeó la cabeza.
—Ineficiente.
Y entonces se movió. Desapareció.
Un parpadeo. Nada más y apareció frente a Ares. El golpe fue como el impacto de un tren. Ares salió despedido contra una de las columnas del salón, rompiéndola parcialmente al impactar.
El eco retumbó en toda la mansión.
Danielle giró la cabeza de inmediato.
—¡ARES!
Pero antes de que pudiera acercarse… Apocalipsis ya estaba caminando hacia él.
Imparable.
Asziel suspiró con cierta resignación mientras recargaba otra arma de su cinturón.
—Bueno…
Miró el desastre alrededor. Luego a Danielle.
—Creo que eso significa que ya no estamos calentando.
Y levantó el arma listo para volver a disparar.
Danielle corrió hacia ellos.
El polvo todavía caía de la columna rota donde Ares había impactado. Él estaba levantándose, aturdido pero consciente.
Pero antes de que Danielle pudiera alcanzarlo Apocalipsis se giró. Sus ojos se clavaron en ella.
Lentamente levantó una mano. Un gesto pequeño. Casi perezoso. De repente… Danielle se detuvo en seco. Su cuerpo se elevó del suelo como si una mano invisible la hubiera agarrado.
Sus pies quedaron colgando en el aire. Su garganta empezó a comprimirse. Apretarse.
Danielle llevó ambas manos a su cuello intentando liberarse mientras el aire empezaba a faltarle. Apocalipsis la observaba con fría curiosidad. Movió apenas los dedos. La presión aumentó.
La levantó un poco más en el aire y caminó hacia ella hasta quedar frente a frente. Su voz fue baja. Casi tranquila.
—¿Te gusta… mi nueva modificación?
Danielle lo miró con rabia incluso mientras luchaba por respirar. Sus ojos recorrieron el gesto de su mano. El control invisible.
Entonces lo entendió y a pesar de la presión en su garganta… sonrió con dificultad.
—Por eso quieren a Athenas…
Némesis inclinó la cabeza ligeramente. Danielle continuó, con la voz ronca.
—No saben… duplicar su habilidad.
Por un segundo el silencio quedó suspendido entre ellos. Entonces… Apocalipsis sonrió. Pero no fue una sonrisa amable. Fue algo frío.
Algo diseñado.
Algo que no pertenecía del todo a un ser humano.
Se acercó un poco más a Danielle.
—Hagan lo que hagan… —sus ojos brillaron con un vacío aterrador—. Tendremos a Athenas.
El aire en la sala pareció congelarse. Pero en ese instante… Desde el suelo agrietado detrás de él… Se escuchó una voz baja.
Furiosa. La voz de Ares.
—Eso… —un crujido de piedra cuando se levantó—. No va a pasar.
Y el suelo bajo los pies de todos vibró ligeramente.
Antes de que Ares pudiera lanzarse al ataque… Algo extraño ocurrió.
Las piedras rotas del suelo comenzaron a vibrar. Primero apenas. Luego con más fuerza. Fragmentos de mármol, restos de pared y casquillos de bala se elevaron lentamente en el aire alrededor de todos.
Apocalipsis frunció el ceño. No era él. Tampoco era Danielle. Todos giraron la cabeza en la misma dirección.
En lo alto de la escalera del hall… Athas estaba de pie.
Pequeño.
Sus manos levantadas. Los ojos concentrados. Las piedras flotaban alrededor de él como si la gravedad hubiera dejado de existir. El niño miró directamente a Apocalipsis y sonrió.
Una sonrisa confiada.
—¿De verdad crees… —preguntó con inocente desafío— que una máquina puede superarme?
Entonces cerró un poco la mano. Y con un simple gesto… las piedras salieron disparadas. Decenas de proyectiles improvisados volaron hacia Némesis como balas.
El impacto lo obligó a retroceder mientras varias piedras se estrellaban contra su cuerpo y la pared detrás de él.
En ese instante la presión invisible desapareció. Danielle cayó al suelo con fuerza, tosiendo mientras recuperaba el aire. Se sostuvo con una mano en el piso y levantó la mirada hacia la escalera.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—¡Athas! —la rabia y el miedo se mezclaban en su voz—. ¿Qué haces aquí?
Athas inclinó ligeramente la cabeza. Su expresión era tranquila. Casi divertida.
—No estoy solo.
Justo entonces… el rugido de motores llenó el cielo. Todos levantaron la vista instintivamente. Desde las ventanas destrozadas de la mansión se escuchó el estruendo de helicópteros acercándose a gran velocidad.
Las sombras de las aeronaves pasaron sobre el techo roto. Los helicópteros negros de Asziel. Los mismos que habían usado en la isla. Pero esta vez volaban bajo.
Muy bajo. Preparados para guerra. Ares miró hacia arriba confundido un segundo.
—¿Qué demonios…?
Y entonces… Una voz infantil sonó por los altavoces del sistema de los helicópteros. Concentrada. Un poco nerviosa... Pero orgullosa.
—Athas… creo que ya aprendí cómo disparar esto.
Era Athenas. Ares cerró los ojos un segundo. Suspiró.
—Oh no…
Porque los cañones de los helicópteros empezaron a girar hacia el ejército que rodeaba la mansión.
El caos estalló en segundos.
Las puertas destrozadas de la mansión dejaron entrar a los soldados del clan Garza y los gitanos de Zoltan.
Entraron disparando sin detenerse, moviéndose como una tormenta de pólvora y metal contra el ejército que ya ocupaba el salón.
Los disparos iluminaban las paredes. Los helicópteros sobrevolaban la mansión y desde uno de ellos… Athenas estaba prácticamente pegada al asiento del piloto.
Sus pequeñas manos apretaban los controles mientras los cañones del helicóptero escupían fuego.
—¡JAJAJA! —reía a carcajadas— ¡Esto es increíble!
Los soldados enemigos corrían buscando cobertura mientras las ráfagas caían sobre ellos.
Abajo, en el salón destruido, Ares y Danielle levantaron la vista hacia el techo abierto. Ambos tenían la misma expresión. Incredulidad total.
—Nuestros hijos… —murmuró Danielle.
Ares negó lentamente.
—Definitivamente estamos fallando como padres.
Pero el momento duró solo un segundo. Porque Apocalipsis apareció otra vez. No se escuchó venir. No hubo advertencia.
Solo un movimiento borroso. De pronto estaba detrás de Asziel. Su mano se cerró alrededor del cuello del capo, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
—Eres irrelevante —dijo Apocalipsis con frialdad mecánica.
Y antes de que nadie pudiera reaccionar… clavo un cuchillo en su pecho. El sonido fue seco. La hoja desapareció hasta el mango.
El grito fue unísono.
—¡ASZIEL! —gritó Danielle.
—¡HIJO! —rugió otra voz.
Justo en ese instante Zoltan Garza entraba por las puertas destruidas con varios hombres del clan. El viejo capo vio la escena y su rostro se rompió.
—¡ASZIEL!
Pero antes de que Apocalipsis pudiera terminar el movimiento… Athas levantó la mano. Sus ojos brillaban con furia y lágrimas.
Un estallido invisible golpeó a Apocalipsis. El cuerpo del monstruo salió disparado hacia atrás como si lo hubiera golpeado un tren.
Atravesó la pared de la mansión. El impacto sacudió toda la estructura mientras desaparecía hacia el exterior.
En el salón… El silencio duró un segundo. Ares ya estaba junto a Asziel, que caía de rodillas.
El cuchillo sobresalía de su pecho. La sangre comenzaba a empapar su camisa. Ares lo sostuvo antes de que cayera.
—Hey… hey… mírame —dijo presionando la herida.
Asziel intentó respirar. Pero el aire apenas llegaba. Su mano se aferró a la muñeca de Ares. Sus ojos normalmente arrogantes ahora estaban llenos de dolor.
Danielle llegó corriendo.
—¡No lo saques! —dijo mirando la herida— ¡No lo saques!
Zoltan cayó de rodillas frente a su hijo. El viejo capo, que nunca mostraba miedo, temblaba.
—No… no… no… —murmuraba— aguanta, hijo … aguanta…
Asziel intentó sonreír. Pero apenas lo logró.
—Creo… —susurró con dificultad— que… ese tipo… no me quiere…
Ares apretó más fuerte la herida para frenar la sangre.
—Cállate —gruñó—. No te mueras ahora.
Desde afuera… Los escombros comenzaron a moverse. La pared destruida se sacudió. Algo se levantaba entre el polvo.
Apocalipsis.
Y esta vez… Venía más furioso que nunca.
...----------------...
No tardes