Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.
Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.
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Capítulo 18
Alisson permaneció inmóvil.
Delante de él, la loba plateada se erguía como una entidad nacida de la propia Luna. El pelaje ondeaba como luz líquida bajo la luz de la luna, y su presencia hacía que el aire pareciera más denso, más vivo, más antiguo. No había ferocidad en ese instante, solo poder contenido y una serenidad que no pertenecía a los mortales.
Ella.
Su compañera.
No como Luna por título.
Sino por elección.
Por valentía.
Por haberse quedado cuando huir habría sido más fácil.
Alisson se llevó la mano al pecho, sintiendo el vínculo pulsar como un segundo corazón. No había miedo en ese lazo. Solo reverencia.
—Has vuelto diferente... —murmuró, con la voz baja.
La loba inclinó levemente la cabeza, como si lo escuchara más allá de las palabras. Él sabía que ella aún sentía el peso de la nueva forma, del nuevo poder. Todo en ella aún se estaba ajustando.
Elisabete entonces retrocedió un paso.
Luego otro.
Y, sin decir nada, se giró hacia el bosque.
Alisson comprendió.
Era su primera jornada.
Y debía ser solitaria.
Él no la siguió.
No por indiferencia.
Sino por respeto.
—Estaré aquí cuando vuelvas —dijo, lo suficientemente alto para que el vínculo la alcanzara.
La loba entonces corrió.
Y el suelo pareció respirar bajo sus patas.
El bosque recibía a Elisabete de otra forma ahora.
Antes, los sonidos venían confusos, distantes, mezclados como un río turbulento. Ahora, cada hoja tenía un peso, cada rama poseía dirección, cada pulsar de la vida resonaba en perfecta armonía con su propio cuerpo.
Ella corría por placer.
Por descubrimiento.
Por libertad.
La nueva forma no la hería, diferente del dolor de antes. No desgarraba, no quemaba. Solo fluía.
Saltó troncos.
Se deslizó entre árboles.
Sintió el viento rasgar su propio pelaje.
Y rió.
Rió como nunca había reído en forma humana.
Pero, en el fondo del bosque, algo la observaba.
No con admiración.
Con cálculo.
Caíque no estaba allí en cuerpo.
Sino en intención.
La marca de su presencia se extendía como un olor invisible, provocando un escalofrío que subió por la espina dorsal de Elisabete.
Ella se detuvo.
Las orejas se movieron.
El instinto la alertó.
No ataques.
Evalúa.
Desde lo alto de una formación rocosa distante, unos ojos la observaban por medio de otro par de ojos.
El beta.
El espía.
La cacería se había invertido esa misma noche, aunque él aún no lo supiera.
Elisabete no avanzó.
No retrocedió.
Se movió de lado.
Silenciosa.
Controlada.
La loba dejaba rastros falsos a propósito: pisadas erróneas, ramas rotas de forma estratégica. Cada paso era una trampa invisible.
El beta creyó estar venciendo.
Siguió.
La Luna los acompañaba en silencio.
Hasta que el cazador se convirtió en la presa.
El crujido de una rama detrás de él fue el último aviso.
La loba surgió de la lateral como un rayo plateado.
El impacto lo lanzó contra el tronco de un árbol.
Apenas tuvo tiempo de respirar.
Elisabete no atacó para matar.
Ella atacó para avisar.
Los dientes se cerraron a milímetros de su garganta.
Los ojos plateados ardían directamente en los suyos.
Y, en ese segundo, él comprendió.
—Ella despertó... —susurró, temblando.
Elisabete gruñó bajo.
Lo soltó.
Y desapareció en el bosque.
El mensaje estaba dado.
"Díselo a él".
Cuando regresó al territorio, Alisson aún estaba en el mismo lugar.
Como prometido.
Él la sintió antes de verla.
El vínculo pulsó caliente.
La loba emergió entre los árboles lentamente. No había heridas visibles, pero había cansancio en los músculos y algo diferente en el aire a su alrededor.
Algo más denso.
Más pesado.
Ella dio dos pasos.
Y entonces se tambaleó.
Alisson corrió.
Se arrodilló a su lado, sosteniéndole el hocico con cuidado.
—Elisabete...
El brillo alrededor de la loba parpadeaba, como si la Luna estuviera luchando por permanecer dentro de ese cuerpo.
La transformación de vuelta fue lenta.
Más difícil.
El poder ahora cobraba.
Cuando terminó, Elisabete estaba desnuda en sus brazos, exhausta, los labios pálidos, la respiración irregular.
—Lo sentí a él... —susurró. —Él aún está cerca... y ahora sabe lo que soy.
Alisson la apretó contra su pecho.
—Y él también acaba de descubrir lo que puedes hacer.
Ella intentó sonreír.
Pero el cuerpo tembló.
—Cansa... —murmuró. —El poder cansa.
Alisson cerró los ojos.
Allí estaba el precio.
No había dádiva sin costo.
Él se levantó con Elisabete en sus brazos, llevándola de vuelta a la cabaña. Cada paso era una promesa silenciosa de protección.
En el otro extremo del bosque...
El beta cayó de rodillas delante de Caíque,
pálido, sucio, temblando.
—Ella me vio antes de que yo la viera...
Caíque entrecerró los ojos.
—¿Y aún estás vivo?
—Ella... dejó que yo huyera.
El silencio se hizo pesado.
Caíque sonrió despacio.
Pero ahora su sonrisa ya no era solo de crueldad.
Había algo diferente en él.
Prudencia.
—Entonces... la presa tiene dientes —murmuró. —Eso hace el juego más interesante.
Él se levantó.
—Avisa a todos: la cacería continúa.
Pero ahora...
—Ahora comienza la guerra de verdad.