En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 14: El sacrificio del silencio
Cuando el primer rayo de sol atravesó la lona de la tienda, encontró a una Evangeline que parecía más una aparición que una mujer de carne y hueso. Sus ojos estaban rodeados de sombras violáceas por el cansancio extremo, y sus manos, pequeñas y acostumbradas a la seda, estaban enrojecidas y agrietadas por el agua jabonosa y el roce constante con el cuero rudo. No se había detenido ni un segundo. Las botas de Alistair brillaban tanto que reflejaban la luz de la última vela que se consumía; su uniforme estaba impecable, sin una sola mota de polvo del camino, y cada objeto dentro de la tienda había sido colocado con una precisión geométrica.
Evangeline sostenía un paño, puliendo por décima vez el pomo de la espada del General. Se movía con la levedad de una sombra, descalza, para no despertar al hombre que dormía profundamente sobre las pieles. Su mayor temor no era el cansancio, sino romper el descanso de su dueño y desatar de nuevo su furia.
Alistair se removió entre las mantas. Sus ojos azules se abrieron, recuperando la lucidez en un instante, como siempre ocurría con un guerrero en territorio hostil. Se incorporó lentamente, esperando encontrar el desorden de la noche anterior o a una Evangeline dormida en un rincón por puro agotamiento. Pero lo que vio lo dejó helado.
La tienda estaba transformada. Todo relucía bajo la luz matutina. Y allí estaba ella, arrodillada cerca de su armadura, con la cabeza baja y los hilos caídos, todavía trabajando.
—¿No has dormido? —La voz de Alistair no fue un rugido esta vez, sino un susurro cargado de una extraña pesadez.
Evangeline dio un respingo, soltando el paño. Se giró hacia él, bajando la vista de inmediato, su cuerpo temblando por la debilidad acumulada.
—Deseaba que todo estuviera a su gusto, mi señor —susurró ella, su voz apenas un hilo quebradizo—. No quería despertarlo... mis padres me enseñaron que el descanso del señor es sagrado.
Alistair se puso en pie y caminó hacia ella. Su imponente figura proyectó una sombra larga sobre la joven. Se detuvo y tomó sus manos. Al sentir la aspereza de sus dedos y el frío de su piel, la mandíbula del General se tensó. Vio que sus uñas estaban gastadas de tanto frotar y que un pequeño corte en su pulgar, producto de una aguja, había manchado ligeramente el trapo de pulir.
Él había pedido obediencia, había exigido que fuera una sierva, pero verla así, quebrada físicamente por haber cumplido sus órdenes hasta el extremo, le provocó una sacudida de algo que no era dominio. Era un respeto amargo, una admiración por una voluntad que, aunque sumisa, era tan inquebrantable como la suya en el campo de batalla.
—Has hecho más de lo que pedí —dijo Alistair, su tono volviéndose rudo de nuevo, como si intentara ocultar su propia perturbación—. Solo una estúpida trabajaría hasta ver el sol por unas botas.
La tomó por los hombros y la obligó a levantarse. Evangeline tambaleó y casi cae, pero él la sostuvo contra su pecho con una fuerza que, por primera vez en días, no se sintió como una agresión, sino como un soporte necesario.
—Siéntate —ordenó, empujándola suavemente hacia la cama de pieles—. No te moverás de aquí hasta que yo lo diga. El ejército no marchará hasta el mediodía.
Alistair llamó a gritos a un guardia y ordenó que trajeran agua caliente y comida, la mejor que hubiera en las raciones. Él mismo tomó una de las vendas limpias y, con una torpeza que delataba su falta de hábito en cuidar a otros, comenzó a limpiar el pequeño corte en la mano de Evangeline.
—Me has servido bien, Evangeline —dijo él, sin mirarla a los ojos mientras vendaba su dedo—. Pero no vuelvas a sacrificar tu salud por mi descanso. Si te mueres de agotamiento, ¿quién cuidará de mis heridas cuando lleguemos al norte?
Evangeline asintió, cerrando los ojos por un momento, dejándose caer contra las pieles. Por primera vez, entendió que su obediencia extrema no solo era su escudo, sino también el único camino para llegar a ese corazón de acero que Alistair Thorne intentaba proteger con tanta rudeza.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰