Antonio Kühne llega a la ciudad con un único propósito firmar un contrato con la familia Blackmore.
Émily Blackmore, universitaria, hija del empresario Joseph Blackmore. Creció con el amor de sus padres, pero con la llegada del nuevo socio de su padre todo cambiara.
secretos muy oscuros seran revelados, infidelidades, surgirá un amor netamente prohibido.
NovelToon tiene autorización de stefy.R para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 19
Me despierto después de una larga noche y veo a Hanna durmiendo plácidamente todavía; duerme como una bebé. Me adentro en mi baño, hago todo mi aseo personal, me pongo un vestido sencillo de flores, todo delicado; me maquillo apenas un poco y en eso Hanna se levanta.
—Buenos días —me saluda con voz ronca.
—Puedes entrar a mi baño; abajo hay cepillos nuevos —le comento con naturalidad.
Ella me sonríe y, sin más, entra al baño. Dejo sobre su cama un vestido color rosado y bajo las escaleras, encontrándome con mi padre, que tenía semanas sin verlo y nadie decía nada de dónde estaba.
—Hola, papá. ¿Dónde estabas? —pregunto con curiosidad.
—Estaba en unos negocios, hija. ¿Cómo vas con la universidad?
—Ya me falta poco para terminar; entrego el trabajo de grado la otra semana, esperando que lo aprueben y nada más —me da un beso en la cabeza y no dice nada adicional.
Ayudo a mi madre a poner los platos y organizar la comida en la mesa.
—Buenos días —saluda Hanna con una sonrisa tímida.
—Madre, ella es una amiga, se llama Hanna.
—Mucho gusto, señora —se estrechan la mano cordialmente.
Después de un rato baja Cristian, seguido de Elaya y por último Magnus.
Todos nos sentamos a comer, pero no tengo mucho apetito hoy. Aun así me obligo a probar algo y, de repente, quiero chocolate. Busco en la nevera el pedacito que siempre tengo guardado y no lo encuentro.
—Elaya, ¿te comiste mi chocolate? —pregunto con rabia evidente.
Todas las miradas se posan en mí.
—No me comí nada —contesta sin mirarme.
—Siempre te los comes tú —reclamo—. Vas y me compras otro chocolate —lo miro con furia contenida.
Me siento de nuevo en mi silla y todos ríen, menos yo.
—Relájate, nunca te pones así por un chocolate —me mira extrañado.
Pero cuando yo quiero algo, lo quiero en ese momento, y él nunca se había comido mi chocolate entero.
La comida sigue con normalidad en un silencio cómodo y yo termino de comer.
Hanna me ayuda a recoger los platos.
—No, nena, eres una invitada, ¿cómo vas a recoger los platos? —susurra mi madre a Hanna.
—Tranquila, señora —responde amable.
El día transcurre con normalidad y ya es hora de que Hanna se vaya. Su guardaespaldas ya sabe dónde está, así que vino a recogerla todo asustado, pensando que le había pasado algo.
—Señorita Hanna, no vuelva a hacer eso. Su hermano me matará si se entera —sentencia con sudor en la frente.
Se nota que no durmió, pobre.
—Muchas gracias, en verdad me sentí libre y es muy unida tu familia —cuando dice lo último me mira con cierta tristeza.
Puedo analizar que quizás no se llevan bien con sus padres o que hay algo más detrás.
Nos despedimos con un beso en el cachete y veo cómo se va. Cierro la puerta y, cuando estoy arriba cruzando la puerta de mi cuarto, escucho el timbre de la casa.
Veo a un repartidor con flores.
No es cierto, otra vez no. No me desagrada la persona de ayer, pero tampoco quiero involucrarme con ese sentimiento extraño que exige y presiona.
Recibo las rosas rojas y las boto a la basura sin que nadie se dé cuenta. Me adentro en mi cuarto tratando de calmarme y pongo una película.
No he pensado en Antonio, menos mal; entre más lejos esté de mí, mejor.
Quiero engañarme a mí misma, sí.
Lo extraño, claro que sí, pero no lo voy a aceptar. Quisiera sentir su voz, sus labios cerca de los míos; lo quiero cerca, darle un abrazo. Llevo tiempo sin verlo, quiero sentirlo.
Trato de disipar esos pensamientos porque me pongo caliente de una manera impresionante, y solo él logra eso en mí.
Me paso todo el día viendo una película y, más tarde, veo que Elaya me trae chocolates y más dulces.
—Entra —lo miro de reojo.
Nos ponemos a ver películas y a comer dulces hasta que nos adentramos en un sueño profundo. Lo abrazo solo con una pierna y duermo plácidamente.
Son las doce de la noche y me levanto para tomar agua. Bajo las escaleras y encuentro el despacho de mi padre con la luz encendida.
Me asomo y veo que hay tres hombres en la mesa. Me escondo y escucho con atención cada palabra.
—Tenemos que hacer el plan como está; igual son una organización pequeña, no son más poderosos que nosotros, Joseph. La carga llegó, se distribuyó, pero con la presencia de tu nuevo socio se complican las cosas; él es meticuloso —susurra con frialdad uno de los hombres.
—No importa, hagamos como el plan ya está —menciona con rabia.
—Él es peligroso. Somos una organización inferior al imperio de él —responde otro.
—Claro, si es el mafioso italiano y tiene mucho poder; nosotros solo tenemos presencia aquí en Estados Unidos y no en todo el territorio.
—Basta —dice mi padre—. Simplemente vayan y hagan lo del plan y ya.
Me retiro rápidamente antes de que alguien me escuche y subo las escaleras.
¿Mi papá es mafioso? ¿Mi madre sabrá de esto?
Muchas preguntas surgen en mi cabeza.
Mierda… y lo ha ocultado todo con sus empresas y su imagen.
No digo nada, solo suspiro y trato de asimilar la información. Intentaré actuar lo más normal posible; no voy a enfrentar a mi padre ahora.
Sé que tuvo sus razones y me las hará saber cuando lo considere necesario.
Al día siguiente…
ANTONIO KUHNE
Llego a Estados Unidos y me dirijo hacia mi casa. Traje a Alessio para que me ayude; es mi guardaespaldas personal.
Organizo todo para la reunión que tengo con Joseph Blackmore, para dejarle claros mis términos.
Me cambio y preparo todo; antes de eso tengo que llegar a mi empresa, necesito verla, aunque sea oír su voz. Me contuve tanto, estuve ocupado para no pensar en ella, estando con otras, pero no puedo compararlas. Ella, con esos ojos verdes, hipnotiza de una manera nunca antes vista.
Subo a mi carro con todos los guardaespaldas siguiéndome y entro, como es de costumbre, a mi empresa. Subo hasta el último piso, a mi despacho.
—Llama a Emily de la sección de cuidado personal —le digo a mi secretaria.
Se nota una evidente molestia antes de retirarse y no entiendo esa actitud, ni me interesa entenderla.
—Buenas, señor Antonio. ¿Me necesitaba? —susurra con tono nervioso.
—Demasiado —respondo roncamente.
—Cena conmigo en la noche —le hago la invitación.
Con total sorpresa acepta.
Sello mis labios con los de ella en un beso profundo, cargado de necesidad y algo más oscuro.
La alzo y la dejo sobre mi regazo, aspiro su olor, deseándola con intensidad.
—Hueles bien, Emily —vuelvo a aspirar su aroma.
Beso su cuello y meto mi mano en su blusa, sacando sus pechos y masajeándolos. La levanto, poniéndola sobre el escritorio frente a mí, con los pechos al aire. Me llevo uno a la boca mientras el otro lo cubro con mi mano, que apenas logra abarcar su seno.
—Me fascinan, son hermosos —la miro con hambre contenida.
Por primera vez en mi vida le dejo un beso en la frente y le acomodo la blusa.
—Antonio —susurra, y la abrazo fuertemente.
—Te extrañé —confiesa con vulnerabilidad.
Me deja helado. Por primera vez no sé qué hacer con lo que siento. Tengo claro que no quiero lastimarla, pero tampoco puedo permitirme algo más.
Por primera vez no digo nada, pero sí me permito abrazarla con fuerza. No quiero que me la quiten de mi lado.
La beso dulcemente, algo que jamás haría, pero lo hago. La giro y la siento en mi regazo, admirando su perfil.
—¿Te vas a volver a ir? —pregunta curiosa, devolviéndose para mirarme.
—Por ahora no. Pasaré más tiempo aquí del que tenía previsto —le digo, guiñándole un ojo.
Ella se sonroja y aprieto mi mano en su cintura con posesión silenciosa.