El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 1: El Invitado de la Medianoche
La lluvia en la ciudad de San Jude no limpiaba las calles; solo las humedecía, creando un espejo oscuro que reflejaba las luces de neón y las sombras que acechaban en los callejones. Para Francois, esa humedad era el recordatorio constante de que el invierno se acercaba, pero para alguien más, era el escenario perfecto para una cacería silenciosa.
Francois cerró la puerta de la florería con un suspiro de cansancio. El aroma a lirios y tierra mojada aún se aferraba a su ropa. A sus veinticuatro años, su vida era un lienzo de colores suaves y rutinas reconfortantes. Tenía un trabajo que amaba y, lo más importante, tenía a Margaret.
—Llegas tarde, amor —dijo una voz dulce desde el interior del pequeño apartamento que compartían sobre el local.
Francois sonrió, sintiendo que el peso del día se disipaba. Margaret estaba allí, iluminada por la luz cálida de una lámpara de pie, con un libro en el regazo. Ella era su ancla, su conexión con todo lo que era bueno y real en el mundo.
—El pedido de los Rosales se retrasó —respondió él, acercándose para besarle la frente—. Pero ya estoy aquí.
Se abrazaron, y por un momento, el mundo exterior desapareció. Sin embargo, mientras Francois cerraba los ojos, una sensación gélida le recorrió la espina dorsal. No era el frío de la lluvia. Era la sensación de ser observado. Un escalofrío que no nacía de la piel, sino del instinto más primitivo de supervivencia.
A través del cristal de la ventana, en la acera de enfrente, una figura permanecía inmóvil.
La Sombra en el Umbral
Demon no parpadeaba. Sus ojos, del color de la obsidiana pulida, estaban fijos en el segundo piso del edificio. Observaba la silueta de Francois fundirse con la de esa mujer, Margaret. El nombre le sabía a ceniza en la boca.
Demon no recordaba lo que era amar, pero recordaba perfectamente lo que era codiciar. Y Francois era la pieza más exquisita que había encontrado en décadas. Había algo en la pureza de sus gestos, en la forma en que su risa vibraba en el aire, que encendía en el vampiro una sed que la sangre no podía calmar.
—Tan frágiles —susurró Demon para sí mismo. Su voz era un terciopelo oscuro que se perdía en el viento—. Tan llenos de luz... que casi me dan ganas de ver cómo se apagan.
Con un movimiento que desafiaba las leyes de la física, Demon se fundió con la oscuridad. No necesitaba puertas para entrar; él era el dueño de las sombras.
El Juego Comienza
Dentro del apartamento, la cena transcurría con normalidad, o al menos eso intentaba creer Francois. Mientras servía el vino, sus manos temblaron ligeramente.
—¿Estás bien, Fran? —preguntó Margaret, frunciendo el ceño—. Estás pálido.
—Solo cansancio, Maggie. De verdad.
Pero no era solo cansancio. Francois no podía dejar de mirar hacia el pasillo oscuro que conducía a la habitación. El aire se sentía más denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
De repente, un sonido seco rompió el silencio. Clac.
Un portarretratos sobre la chimenea se había caído. No por el viento, no por un temblor. Simplemente se había deslizado hacia adelante. Francois se levantó para recogerlo. Al levantarlo, su corazón dio un vuelco. El cristal estaba intacto, pero en la fotografía donde aparecían él y Margaret sonriendo en el parque, el rostro de Margaret estaba cubierto por una mancha oscura, como si una gota de tinta negra hubiera caído sobre ella.
—¿Qué pasa? —preguntó Margaret, acercándose.
Francois ocultó la foto rápidamente tras su espalda.
—Nada, solo se resbaló.
No quería asustarla. Margaret ya se preocupaba demasiado por él. Pero el miedo comenzó a echar raíces en su pecho.
El Susurro del Depredador
Más tarde esa noche, el silencio de la habitación se volvió opresivo. Margaret dormía profundamente, con el ritmo tranquilo de quien se siente a salvo. Francois, en cambio, miraba el techo, contando los segundos.
Entonces, lo escuchó.
No fue un ruido fuerte. Fue un susurro, una exhalación justo al lado de su oído derecho.
"Ella no te merece, Francois."
Francois se incorporó de golpe, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Encendió la luz de la mesa de noche. La habitación estaba vacía. Margaret ni siquiera se había movido.
—¿Quién está ahí? —preguntó en un susurro quebrado.
Nadie respondió. Pero cuando Francois miró hacia el espejo del tocador, se quedó petrificado. En el vapor que aún quedaba en el ambiente por la humedad, había una marca. No eran letras, sino la huella de una mano larga y delgada que se borraba lentamente.
Francois se levantó y caminó hacia el espejo. Su reflejo se veía distorsionado, pero por un segundo, juró ver a alguien detrás de él. Un hombre de piel excesivamente pálida, con una vestimenta que parecía pertenecer a otro siglo, y unos ojos que brillaban con una malicia milenaria.
Se dio la vuelta con rapidez, pero solo encontró la pared vacía.
—Te estás volviendo loco, Francois —se dijo a sí mismo, apretando los puños—. Es el estrés. Es la falta de sueño.
Pero cuando volvió a la cama y se cubrió con las mantas, sintió algo frío bajo su almohada. Metió la mano y sacó una rosa. No era una de las rosas de su tienda. Era una rosa de un rojo tan intenso que parecía negra, y sus pétalos exhalaban un aroma a almizcle y muerte.
No tenía espinas. Habían sido arrancadas con precisión quirúrgica.
La Presencia de Demon
Demon estaba sentado en el marco de la ventana, oculto por las cortinas, observando cómo Francois temblaba. El miedo del joven era un manjar dulce, casi tan delicioso como su sangre.
Demon disfrutaba de la confusión de su presa. Odiaba a Margaret porque ella representaba la realidad, el amor terrenal y aburrido. Él quería ser la pesadilla de Francois, pero también su obsesión. Quería que el joven lo buscara en la oscuridad, que se preguntara quién era ese ser que lo acechaba con tanta devoción.
"Mañana será peor", pensó Demon, acariciando mentalmente la mejilla de Francois desde la distancia. "Mañana empezarás a desconfiar de ella. Mañana sentirás que el único que realmente te conoce... soy yo."
El vampiro se deslizó hacia afuera, desapareciendo en la noche de San Jude, dejando tras de sí solo el rastro de la rosa negra y una duda que comenzaría a pudrir el corazón de Francois.
El Amanecer Manchado
A la mañana siguiente, el sol se filtró por las cortinas, pero no trajo alivio. Francois despertó antes que Margaret. Su primer impulso fue buscar la rosa negra, pero para su horror, la flor ya no estaba. En su lugar, había una pequeña mancha de sangre sobre la sábana blanca, justo donde él había dejado la flor.
Se miró las manos buscando una herida, pero no encontró ninguna.
—¿Fran? ¿Ya te levantaste? —la voz de Margaret sonaba soñolienta y dulce.
Francois la miró. Ella estiró los brazos, hermosa y radiante. Por un instante, sintió un impulso irracional de gritarle, de preguntarle por qué estaba tan tranquila cuando algo oscuro estaba invadiendo su hogar.
—Buenos días —logró decir él, pero su voz sonó distante, ajena.
—¿Dormiste bien? Tuviste pesadillas, hablabas entre sueños.
Francois se congeló.
—¿Qué dije?
Margaret se sentó en la cama, mirándolo con preocupación.
—No se entendía bien. Pero mencionabas un nombre... Demon, o algo así. ¿Quién es Demon, Francois?
El nombre vibró en el aire como una sentencia. Francois no sabía quién era Demon, pero en lo más profundo de su alma, sabía que ese nombre marcaría el fin de su felicidad.
Afuera, en el callejón donde el sol no llegaba, una risa silenciosa se perdió entre el ruido del tráfico. El juego apenas comenzaba, y Demon no planeaba perder.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!