⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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La resaca del veneno
El problema de chocar contra el suelo a toda velocidad es que, tarde o temprano, tienes que abrir los ojos y lidiar con el impacto.
Cuando Liam se apartó, su respiración era tan errática como la mía. Tenía los labios ligeramente hinchados, el cabello revuelto por sus propias manos y esa mirada de pánico mezclada con culpa que aparecía siempre después de cruzar la línea. El fuego del beso aún quemaba en el aire del callejón, pero la realidad caía sobre nosotros como un cubo de agua helada.
-Mierda -masculló Liam, pasándose una mano temblorosa por la boca, como si intentara borrar el rastro de lo que acabábamos de hacer.
El peso de mis propias palabras y de mi debilidad me golpeó el pecho. La rabia, rápida y furiosa, volvió a tomar el control para protegerme de mí misma.
-Sí, exacto. Mierda -le escupí con desprecio, arreglándome la ropa de un manotazo y dando un paso atrás-. Eso es lo único que sabes hacer, Black. Arruinarlo todo en cinco jodidos minutos.
La expresión de culpa en el rostro de Liam se desvaneció al instante, reemplazada por su habitual armadura de orgullo y frialdad. Su mandíbula volvió a tensarse.
-No me eches toda la culpa a mí, Zoé. Tú no tardaste ni un segundo en devolverme el beso con las mismas ganas -me replicó con voz helada, clavándome los ojos como dagas.
-¡Porque eres un maldito manipulador! -le grité, sintiendo que las lágrimas de frustración picaban en mis ojos, aunque me negué a dejar que cayeran-. Sabes exactamente cómo tocarme para hacerme caer, para volverme tan patética como tú. ¡Te odio!
-¡Pues, al menos, bésame con odio, pero no me digas que no me necesitas! -rugió él, dando un paso al frente con tanta fuerza que por un segundo pensé que volvería a atraparme.
Pero no lo hizo. Se detuvo a pocos centímetros, respirando con furia, con los puños cerrados a los costados como si estuviera conteniéndose para no romper algo.
-Se acabó, Liam -le dije, bajando la voz, escupiendo cada palabra con una fría y temblorosa determinación-. Se acabó esta mierda de jugar a ser el abismo del otro. La próxima vez que te cruces en mi camino, júrame que fingirás que soy una completa extraña. Porque yo pienso hacer exactamente lo mismo.
Lo miré a los ojos por última vez, buscando algún rastro del chico con el que había compartido media vida, pero solo encontré el reflejo de nuestra propia destrucción. Me di la vuelta con el corazón latiéndome en la garganta y, sin mirar atrás, abrí la puerta pesada del club para perderme de nuevo entre la música y la gente.
No sabía si esta vez iba a cumplir mi promesa. Pero lo que sí sabía con absoluta certeza era que el veneno ya estaba en mi sangre.
Dicen que el infierno no es de fuego, sino de una mesa larga, bien iluminada y rodeada de gente que te conoce demasiado bien.
Menos de veinticuatro horas después del desastre en el callejón, me encontraba sentada en el comedor de mis padres, tragando saliva con la misma dificultad con la que intentaba tragarme la comida. Mis papás y los papás de Liam llevaban haciendo esta cena de "amigos de toda la vida" desde que éramos niños. Antes corríamos por el jardín; ahora, éramos dos bombas de tiempo sentadas a dos malditos asientos de distancia.
-¿Estás bien, mi amor? Te ves un poco pálida -me preguntó mi mamá desde la cabecera de la mesa, sirviéndome más jugo de la cuenta.
-Sí, mamá. Solo... no dormí muy bien anoche -respondí con una sonrisa tensa, obligándome a mirar el plato.
No dormí nada porque me la pasé maldiciendo la hora en que volví a besar a Liam.
Y como si el universo disfrutara de mis desgracias, en ese preciso instante, la voz grave de Liam resonó al otro extremo de la mesa, respondiéndole algo a mi padre sobre la universidad o el trabajo. Alcé la vista con disimulo.
Estaba sentado con esa postura relajada que era puras fachada. Llevaba una camisa blanca limpia, el cabello aún húmedo y los primeros botones abiertos, pero bastó con que moviera la cabeza para que sus ojos oscuros encontraran los míos a través de las velas y los platos de comida.
No hubo sonrisa. No hubo saludo. Solo esa mirada pesada, cargada de memoria y de electricidad estática, que me recordó cada segundo de la noche anterior. Tus labios sabían a mentira, parecía decirme con los ojos.
Aparté la mirada de golpe, sintiendo un calor traicionero subirme por el cuello. Agarré mi vaso de agua y le di un trago largo, intentando calmar el nudo en la garganta.
-Zoé, ¿puedes ayudar a Liam a llevar los postres a la cocina? -pidió mi mamá de la nada, con esa inocencia típica de madre que cree que nos seguimos llevando como "los mejores amigos de la infancia".
El corazón se me paró por completo.
-Mamá, yo creo que mejor va- intenté protestar, pero ya era tarde.
Liam ya se había levantado de su silla con esa calma exasperante. Su silueta alta y oscura se movió alrededor de la mesa hasta detenerse justo al lado de mi silla, esperando.
-No te preocupes, tía. Yo la ayudo -la voz de Liam sonó tan educada y tranquila para los adultos, pero en cuanto se inclinó un poco hacia mi oído para que solo yo lo escuchara, el tono cambió por completo-: Muévete, Miller. No hagas esperar a tus papás.
Me puse de pie con tanta brusquedad que la silla raspó fuertemente contra el suelo del comedor. Mis papás ni se inmutaron, ocupados en su propia conversación, pero sentí la mirada de Liam quemándome en la espalda mientras me dirigía hacia la cocina.
Apenas crucé el umbral y la puerta oscilante se cerró a nuestras espaldas, amortiguando las risas de la sala, Liam me empujó con suavidad pero con firmeza contra la encimera de mármol, bloqueándome el paso con su cuerpo.
-¿Estás loco o qué te pasa? -le siseé en un susurro furioso, intentando apartarlo con las manos en su pecho-. ¿Quieres que mis papás nos escuchen?
-A tus papás les dijimos que éramos "amigos", Zoé. No sospechan nada -respondió él con una calma exasperante, bajando la vista hacia mis labios por un segundo antes de volver a clavarla en mis ojos-. Lo que pasa es que no me aguantas la mirada ni medio segundo sin ponerte a la defensiva.
-No te soporto, es diferente -le contesté con los dientes apretados, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba peligrosamente con solo tenerlo tan cerca-. Anoche dejamos las cosas claras. Dijimos que se acabó.
-¿Claras? -Liam soltó una risa amarga y corta, apoyando ambas manos en la encimera a los lados de mis caderas, encerrándome por completo-. Nada con nosotros es claro, Zoé. Anoche en el callejón me dijiste que me odiabas mientras te aferrabas a mi chaqueta como si tu vida dependiera de ello.
-¡Había bebido, así que estaba fuera de mí! -mentí, aunque la voz me tembló delatando cada una de mis palabras.
Liam se inclinó un poco más, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir el calor de su aliento y el aroma a su locución mezclado con el café de la sobremesa. Su mirada oscureció de inmediato, perdiendo toda la paciencia.
-Miénteme todo lo que quieras, di que me odias las veces que te dé la gana... pero no me digas que no sentiste exactamente lo mismo que yo -murmuró con esa voz ronca que me paralizaba las ideas.
La tentación de callarlo de un golpe o de besarlo otra vez era una guerra interna insoportable. Tenía la mano en el borde de la bandeja de los postres, a solo centímetros de los platos de cerámica, y el impulso de estrellar todo contra el suelo por la pura rabia de saber que tenía razón era enorme.
La distancia entre nuestras bocas se acortó tanto que el aire escaseaba. Mis manos, que habían estado empujando su pecho, se deslizaron lentamente por la tela de su camisa, traicionando cada una de mis palabras, mientras Liam me aferraba de la cintura con una desesperación silenciosa.
-Eres mi maldita perdición, Zoé -susurró él contra mis labios, a un milímetro de rozarme.
-Y tú eres la mía -le contesté en un suspiro roto, rindiéndome al fin al abismo.
El beso estalló sin previo aviso. Fue hambriento, desesperado, un choque de bocas que borraba todas las advertencias que nos habíamos hecho el día anterior. Liam no esperó más: con un movimiento rápido y ávido, me levantó en vilo del suelo, tomándome de los muslos para sentarme de golpe sobre la fría encimera de mármol.
Mis piernas rodearon su cintura por instinto, acortando cualquier espacio que pudiera quedar entre los dos. Las manos de Liam se metieron con urgencia bajo mi ropa, recorriendo mi piel caliente, mientras las mías se enredaban en su cabello negro, tirando de él con la misma necesidad salvaje. Nos tocábamos con desesperación, como si intentáramos arrancarnos la piel para fusionarnos.
En medio del frenesí, sentí cómo su cuerpo se tensaba por completo. Sus caderas se presionaron con fuerza contra las mías, haciéndome sentir de inmediato la enorme erección que lo delataba y que pulsaba con fuerza contra mi centro a través de la tela. Un gemido ahogado se escapó de mi garganta.
Con un movimiento guiado por la pura necesidad y el deseo desbordado, Liam tomó mi mano y, guiándola con firmeza, la presionó directamente sobre su pene, obligándome a envolverlo y sentirlo por completo a través del vaquero. El calor que irradiaba era abrumador; el temblor en mis dedos fue evidente, pero no me aparté. Al contrario, apreté su miembro con la mano, sintiendo cómo él jadeaba contra mi cuello, enterrando la cara en mi piel y soltando un gruñido ronco que me recorrió toda la columna en forma de descarga eléctrica.
Estábamos al borde del abismo, cayendo en picada sin frenos, cuando el sonido heló la sangre en nuestras venas:
-¿Zoé? ¿Liam? ¿Todo bien con esos postres o se los comieron en el camino?
La voz de mi mamá, resonando al otro lado de la puerta oscilante, nos cayó encima como un balde de agua helada.
El pánico me recorrió de pies a cabeza. En un segundo, la burbuja de fuego se rompió. Liam se apartó de golpe, respirando de manera errática, con el pecho subiendo y bajando con violencia, y yo me deslicé de la encimera casi temblando, arreglándome la ropa a toda velocidad con las manos hechas un desastre.
-Ya... ya vamos, mamá -alcancé a decir, tragando saliva con urgencia y obligando a mi voz a sonar medianamente normal, aunque me temblaban hasta las pestañas.
Me pasé las manos por el cabello para intentar acomodarlo frente al reflejo de la cafetera, mientras Liam se abrochaba con dedos rápidos el botón superior de su camisa y respiraba hondo, intentando calmar su cuerpo y recuperar esa postura fría, distante e intocable que usaba para engañar a nuestros padres.
La puerta de la cocina se abrió de par en par con un chirrido suave.
-Dios mío, tardaron una eternidad... -empezó a decir mi mamá, deteniéndose en el umbral al vernos.
Me apresuré a levantar la bandeja con los platos de postre, clavando una sonrisa de total normalidad en mi rostro, aunque sentía que las mejillas me quemaban. Liam, a mi lado, se cruzó de brazos con absoluta tranquilidad, aunque todavía tenía los ojos oscuros dilatados y me miró de reojo con una chispiante, peligrosa y silenciosa burla.
-Aquí están los postres, tía. Estábamos decidiendo cuál llevar primero -dijo Liam con la voz más calmada, educada y cínica del mundo.
-Ah, perfecto. Llévenlos a la mesa, niños -respondió mi mamá con una sonrisa antes de dar media vuelta y regresar con los demás.
En cuanto se alejó, Liam se inclinó ligeramente hacia mi oído, rozándome apenas con su voz antes de caminar hacia el comedor:
-Eso estuvo cerca, Miller. Pero los dos sabemos que en cuanto podamos, vas a volver a tocarme exactamente igual.
Me quedé congelada en medio de la cocina, con la bandeja temblando en mis manos, sabiendo perfectamente que tenía razón.