Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 16 - El segundo invierno
El segundo invierno empezó más frío que el primero. No nevaba tanto, pero el viento del cerro entraba por la calle del fondo y hacía que la puerta del local temblara. Yo ya no tomaba el bus de las cinco y media. Ahora tomaba el de las seis porque la escuela de la capital cambió el horario y entraba a las nueve. Eso me dejaba dormir media hora más y me dejaba abrir el local un rato antes de irme.
Bruno se quedó a vivir en el refugio. Ya nadie lo reclamó y mi madre dijo que si se quedaba, tenía que tener su cama. Leo le hizo una cama con una caja grande de madera y con una manta vieja. Bruno duerme ahí todas las noches y en el día me sigue a todos lados. Tizón no está contento con eso porque dice que Bruno ocupa mucho lugar, pero igual duerme arriba de él cuando hace frío.
El lunes de la segunda semana del semestre, cuando llegué a la capital, la profesora Vidal nos dijo que íbamos a empezar a ver enfermedades de invierno. Nos mostró fotos de perros con tos y con fiebre y nos dijo que en los pueblos chicos, con el frío, muchos animales se enferman de lo mismo porque duermen afuera y no tienen donde calentarse. Me acordé de los perros de la calle del fondo que dormían abajo de los carros y le pregunté si podía hacer algo para ellos. Me dijo que sí, que podía hacer camas con cajas y con plástico y que las podía poner en lugares donde no se mojen.
Volví al pueblo el miércoles con esa idea en la cabeza. Le conté a Leo y a mi madre. Leo dijo que su tío tenía muchas cajas de cartón en su taller y que nos las regalaba. Mi madre dijo que tenía plástico grueso que le sobró de cuando arregló el techo de nuestra casa. El jueves, después de atender a los animales del refugio, nos pusimos a hacer camas. Cortamos las cajas, les pusimos plástico por fuera para que no se mojen y una manta vieja adentro. Hicimos seis en una tarde. Las pusimos en la calle del fondo, abajo de los techos donde duermen los perros callejeros. A la noche, cuando pasé por ahí, vi que dos perros ya estaban adentro de las cajas, acurrucados.
El viernes vino Silas con una noticia. Me dijo que el veterinario del establo del rey se había enfermado y que el rey buscaba a alguien que cuidara a los caballos por dos semanas, mientras el veterinario se curaba. Me dijo que había pensado en mí y que le había dicho al encargado del establo que yo sabía curar heridas y que tenía experiencia con yeguas. Me dijo que era un trabajo pago y que me servía para comprar más medicinas para el refugio. Le dije que sí, pero que tenía miedo de hacerlo mal porque los caballos del rey son grandes y valen mucha plata. Me dijo que él iba a estar conmigo y que me iba a enseñar lo que no supiera.
El sábado fui al establo del rey por primera vez. Es un edificio grande de piedra, con techo alto y con olor a heno y a cuero. Adentro había diez caballos, todos negros o marrones, con el pelo brillante y con herraduras nuevas. El encargado me mostró a una yegua blanca que cojeaba de la pata de adelante. Tenía un corte chico pero hinchado. Le limpié el corte con agua y con sal, como me enseñó Silas, y le puse una venda limpia. En mi cabeza escuché, me duele, no quiero caminar. Le dije bajito, ya sé, descansa un rato. La yegua me miró y bajó la cabeza.
Trabajé en el establo toda la mañana. Silas me mostraba cómo se les da de comer y cómo se les limpia la cama. Me dijo que los caballos del rey comen mejor que mucha gente del pueblo y que por eso se enferman poco, pero cuando se enferman, todos se preocupan mucho. A las doce, el encargado me pagó con un sobre con plata. Era más plata de lo que había tenido nunca en mi vida. La guardé en mi bolsillo y la apreté fuerte.
Cuando volví al refugio, mi madre y Leo estaban atendiendo a un gato con sarna. Les conté lo del establo y les mostré el sobre. Mi madre se puso contenta y me dijo que con esa plata podíamos comprar la estufa grande que queríamos y más vendas y más jabón. Leo me dijo que ahora sí éramos ricos. Nos reímos los tres.
En la tarde vino Clara de sorpresa. No me había dicho que venía. Bajó del bus con una mochila y con un libro nuevo que le prestó la profesora Vidal. Me dijo que su madre la dejó venir porque quería ver cómo estaban las camas que hicimos para los perros callejeros. Fuimos las dos a verlas y vimos que cinco de las seis camas estaban ocupadas por perros que dormían adentro. Clara sacó fotos con el teléfono de su madre y me dijo que las iba a mostrar en la escuela para que otros pueblos hicieran lo mismo.
Nos sentamos en el suelo del refugio con Tizón, Bruno y las gallinas. Clara me preguntó cómo me sentía en el segundo semestre. Le dije que mejor que en el primero, porque ya conocía a la gente y ya no me daba vergüenza preguntar. Le dije que extrañaba un poco el pueblo cuando estaba en la capital, pero que extrañaba la capital cuando estaba en el pueblo. Me dijo que a ella le pasaba lo mismo y que era porque ahora teníamos dos casas.
Cuando se hizo de noche, Clara se fue en el bus de las siete y yo me quedé en el local con la plata del establo sobre la mesa. Conté la plata tres veces y la puse en la caja de galletas donde guardo todo lo importante. Ya tenía cuarenta monedas y ahora tenía el sobre también. Con eso alcanzaba para la estufa y para comprar el termómetro nuevo que quería la profesora Vidal que tuviéramos todos.
Escribí en mi cuaderno, día setenta y dos, segundo invierno, hice seis camas para perros callejeros con Leo y mi madre, trabajé en el establo del rey y me pagaron, vino Clara y vio las camas ocupadas, tengo plata para estufa nueva. Abajo escribí, antes perseguía a un príncipe para que me diera algo. Ahora trabajo en el establo del rey y me pagan por lo que sé hacer.
Apagué la luz del local y salí con Tizón en mi bufanda y con Bruno siguiéndome hasta la esquina. La calle del fondo estaba oscura y hacía frío, pero se veían las seis cajas con perros adentro, con la luz amarilla del cartel de El Susurro Salvaje iluminándolas un poco. Caminé a casa pensando que mañana iba a volver al establo del rey y que después iba a abrir el refugio, y que los dos lugares eran míos ahora.