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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:317
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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23

Las paredes del Tribunal

El aislamiento duró menos de lo que Fray Hernando había calculado. Al tercer día el médico ya no respondía a las llamadas desde el corredor. Fray Julián oyó la tos durante horas, cada vez más débil, hasta que se convirtió en un roce suave, como de polvo que cae sobre polvo. Cuando el alguacil de turno abrió la puerta, solo encontró un montículo caliente en forma de hombre sentado. El mismo alguacil cerró la puerta, se santiguó y fue a informar. Al regresar a su puesto tenía el punto negro bajo la uña del pulgar un poco más extendido.

Fray Julián permaneció en su habitación. Copiaba el cuaderno de Fray Tomás por tercera vez. La letra le salía cada vez menos firme. El grano bajo la lengua había alcanzado el tamaño de un guisante y le obligaba a hablar con la boca entreabierta. El punto negro de su dedo índice se había convertido en una línea que trepaba hacia la palma. Cada vez que trazaba el signo prohibido, el latido bajo la lengua se sincronizaba con el de su muñeca.

Fray Hernando subió a verlo al atardecer del cuarto día. Entró sin tocar. Se quedó de pie junto a la puerta, con las manos escondidas bajo las mangas del hábito.

—El médico se ha ido —dijo—. Tres alguaciles del sótano también. El escribano sigue repitiendo el nombre. Ya no tiene voz propia. Habla con varias a la vez. He ordenado que le tapen la boca con yeso. No sé si bastará.

Fray Julián levantó la vista del pergamino.

—No bastará. El nombre no necesita boca. Se filtra. Por el polvo. Por el aire. Por las palabras que escribimos. Cada copia de este cuaderno es una puerta más.

Fray Hernando se acercó a la mesa y miró las páginas.

—Entonces dejamos de copiarlo. Lo quemamos. Ahora.

—Pruebe

respondió Fray Julián.

—La tierra de Albarracín no ardió. El horno de Teruel se convirtió en cráter. Estas páginas están hechas de la misma sustancia. El fuego solo las extenderá.

El inquisidor general guardó silencio. Después habló con voz más baja:

—He recibido otra carta. De un pueblo a media jornada de Teruel. La tos ha aparecido allí. Un niño. Una mujer. Un pastor. El mismo polvo. El mismo círculo en el suelo de las casas. Ya no está contenido.

Fray Julián asintió despacio. El movimiento le hizo sentir el grano rozando el paladar.

—Se traslada. Como dijo la Vieja de Albarracín. Cuando un lugar se completa, busca otro. Teruel casi está completo. Zaragoza empieza a aprender el nombre.

Fray Hernando se descubrió las manos. En la yema del índice derecho había un punto oscuro, apenas visible. Lo contempló como se contempla una sentencia.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. En el valle tardó semanas. En Teruel, días. Aquí… depende de cuántas bocas lo digan en voz alta. Y de cuántas manos toquen lo que no deben.

El inquisidor general cerró el puño.

—Seguiré con el aislamiento. Nadie entra. Nadie sale. Los que ya tienen el sabor serán llevados al sótano. Si el círculo necesita bocas, se las negaremos.

Fray Julián soltó una risa seca que terminó en tos. Escupió hacia un lado. El polvo formó un círculo pequeño sobre el suelo.

—Ya tiene las suyas. Incluida la mía. Incluida la suya. El sótano solo concentra lo que ya está repartido por todo el edificio.

Fray Hernando no respondió. Salió y cerró la puerta. Se oyeron sus pasos alejarse y, poco después, el ruido de órdenes dadas con voz dura. Llaves. Pestillos. El sonido de muebles arrastrados para atrancar pasillos.

Esa noche Fray Julián dejó de copiar. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, y escuchó. Debajo de él, en las celdas del sótano, el escribano ya no estaba solo. Había más voces. Algunas las reconocía: el médico, los alguaciles. Otras eran nuevas. Todas repetían el nombre con ritmos distintos, como si estuvieran afinando un coro. El sonido subía a través de la piedra y se metía en los huesos.

El grano bajo su lengua se abrió un poco más. Por primera vez sintió el hueco caliente que Fray Tomás había descrito. El polvo empezó a salir solo, en hilos finos, cada vez que respiraba. Ya no intentó contenerlo. Dejó que cayera sobre su regazo y formara los círculos que quería.

A la hora en que el Tribunal solía apagar las últimas velas, la puerta de su habitación se abrió. No era Fray Hernando. Era un alguacil joven al que Fray Julián no había visto antes. Tenía la cara descubierta y los ojos completamente grises. En la frente llevaba dibujado, con polvo negro, el mismo signo del cuaderno.

—Ya está debajo de toda la ciudad

dijo con una voz que no le pertenecía del todo.

—Las casas. Las iglesias. El río. Solo falta que más nombres se completen. El suyo está casi listo.

Fray Julián no se levantó. Solo miró el signo de la frente del hombre y asintió una vez.

El alguacil sonrió. La sonrisa abrió la boca y dejó ver la lengua cubierta de ceniza. Después cerró la puerta y se alejó. Sus pasos se perdieron en el corredor, mezclados con el murmullo que venía de abajo.

Fray Julián se tocó el pecho. El calor de la raíz empezaba a subir desde la mano hacia el antebrazo. El latido ya no era solo el del grano. Era el de algo más grande, más antiguo, que respiraba bajo los cimientos del Tribunal y bajo las calles de Zaragoza.

Cerró los ojos. El nombre completo resonó dentro de su cabeza con una claridad que ya no le produjo miedo. Solo una especie de reconocimiento cansado. Como si lo hubiera sabido siempre y hubiera fingido olvidarlo. Fuera, en la ciudad, las primeras columnas de humo negro empezaban a elevarse desde barrios lejanos al Tribunal. No había hogueras. Solo el polvo que encontraba nuevas bocas y se elevaba, recto, hacia un cielo que ya no parecía capaz de limpiarlo.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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