Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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Malditas galletas
Aria
—¿Cómo estás? —pregunta Luke.
Vuelvo a mirarlo.
—Bien.
Asiente.
—Me alegro.
El silencio es sencillamente maravilloso.
—¿Y tú? —pregunto.
—Bien también.
Otro silencio.
Podría morirme aquí mismo.
Quizá Cassidy podría utilizar mi cuerpo para alguna investigación científica.
Al menos tendría una muerte útil.
Luke se pasa el trapo por las manos.
—¿Cómo va la universidad?
—Bien. Bastante trabajo estas semanas.
—Cass me comentó que estabas con exámenes.
Claro.
Cassidy.
Nuestra pequeña embajadora diplomática.
—Sí. Terminé los últimos hoy.
—¿Y cómo te fue?
—Creo que bien.
—Siempre te va bien.
Levanto los ojos.
Hay algo en su expresión que me hace recordar las tardes en Idaho.
Luke escuchándome hablar sobre mis estudios.
Preguntándome por las asignaturas.
Sonriendo cuando me quejaba de algún profesor, como si realmente le interesara todo lo que yo decía.
Quizá le interesaba… Quizá imaginé el resto.
—No siempre —respondo.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Casi siempre.
Mi estómago hace algo completamente innecesario.
Aparto la mirada hacia el automóvil que está sobre el elevador.
—El taller se ve increíble.
Luke sigue mis ojos.
—Está tomando forma.
—Adamo dice que les está yendo muy bien.
—No puedo quejarme.
—Hay bastantes vehículos.
—Más de los que esperaba para las primeras semanas.
Sonrío.
—Me alegro mucho, Luke.
Y lo digo en serio.
Él me observa unos segundos.
—Gracias.
Su voz es más suave.
Miro alrededor.
—¿Y el hombre de la oficina?
—Nikos. Nos ayuda con la recepción, los pedidos y las llamadas. Su inglés es bastante mejor que mi griego.
—¿Ya aprendiste algo?
Luke ladea la cabeza.
—Sé pedir café.
—Impresionante.
—Y sé decirle a alguien que su automóvil estará listo mañana.
—Un vocabulario muy completo.
—Estoy considerando escribir un diccionario.
Me río.
Y ahí está. Durante un instante. La facilidad que teníamos antes.
Esa sensación de poder hablar de cualquier cosa, de entender sus bromas incluso cuando nadie más las encontraba divertidas.
Lo miro.
Él también sonríe.
Y entonces recuerdo.
Una tarde.
Una habitación silenciosa.
Luke demasiado cerca.
Su mano deslizándose hasta mi cintura.
Sus labios sobre los míos.
El modo en que me atrajo hacia él como si llevara una eternidad esperando hacerlo.
Recuerdo su respiración.
La mía.
Mis dedos aferrándose a su camiseta.
Y la sensación extraordinaria de descubrir que el hombre que me gustaba estaba besándome con una intensidad que jamás habría imaginado.
Durante unos segundos pensé que todo iba a cambiar.
Que aquel beso significaba lo mismo para los dos.
Después... Después dejó de besarme. Tan bruscamente que todavía puedo recordar el frío que sentí cuando se apartó.
Su expresión.
La distancia repentina.
Y aquellas palabras.
Esto fue un error.
Aprieto los dedos alrededor de la correa de mi bolso.
Un error.
Eso había sido para él.
Un error.
Lo peor es que todavía no sé qué hice mal.
Quizá fui demasiado evidente.
Quizá interpreté una amistad como algo que nunca existió.
Quizá él simplemente se dejó llevar por el momento y después comprendió que no quería nada conmigo.
Había tantas posibilidades… Y ninguna consiguió que doliera menos.
—Aria.
Parpadeo.
Luke me está mirando.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
—Claro.
Miento bastante bien.
O eso creo.
Su expresión me indica lo contrario.
—Pareces...
Se interrumpe.
—¿Qué?
Niega lentamente.
—Nada.
Bajo los ojos.
No quiero estar aquí.
No de esta manera.
No recordando lo que se siente tener sus manos sobre mi cuerpo mientras él me mira como si estuviera intentando descubrir qué decir.
—Me alegra que estén bien —murmuro.
—Aria...
Su voz cambia.
Lo noto inmediatamente.
Y cuando levanto la cabeza, ya no está sonriendo.
Hay algo en sus ojos. Algo que reconozco de aquella última tarde.
Duda.
Incomodidad.
Quizá arrepentimiento.
No quiero verlo. No otra vez.
—De verdad —continúo rápidamente—. El taller es precioso. Estoy segura de que les irá increíble.
Luke deja el trapo sobre una mesa y da un paso hacia mí.
Mi corazón acelera.
—Quería hablar contigo.
Oh. Mierda.
—¿Sobre qué?
Pregunta estúpida.
Sé perfectamente sobre qué.
Sus ojos recorren mi rostro.
—Sobre lo que pasó antes de venirnos.
El aire parece volverse más pesado.
Miro hacia la oficina.
Cassidy está hablando por teléfono o fingiendo hacerlo.
Con ella nunca se sabe.
—No tenemos que hablar de eso.
—Aria...
—De verdad, Luke. Está bien.
No está bien.
No ha estado bien desde aquella tarde, pero tampoco voy a suplicarle una explicación.
Ya intenté hablar con él una vez.
Recuerdo perfectamente cómo terminó.
—No quería que las cosas fueran así —dice.
Lo miro.
Hay algo dolorosamente sincero en su expresión.
Durante un instante quiero preguntarle por qué.
Por qué me besó.
Por qué se apartó.
Por qué me miró como si hubiera cometido un crimen terrible cuando yo todavía estaba intentando recuperar el aliento.
Quiero saber si alguna vez pensó en mí durante estas semanas.
Si recuerda aquella tarde con la misma claridad que yo.
Si también se pregunta qué habría sucedido si no se hubiera detenido.
Pero no digo nada. Porque tengo miedo de su respuesta.
Luke levanta una mano.
El movimiento es lento.
Casi cuidadoso.
Sus dedos encuentran los míos.
Cálidos.
Firmes.
Mi cuerpo entero se queda inmóvil.
Su palma está ligeramente áspera. Con pequeñas marcas que probablemente se ha hecho trabajando.
Conozco esas manos.
Recuerdo cómo se sentían sobre mi cintura.
Cómo me sostuvieron aquella tarde.
Cómo después desaparecieron de golpe.
La presión de sus dedos es suave.
No intenta acercarme. Solo me sostiene la mano.
—Ari...
Ese nombre.
Maldita sea.
Dicho así, con esa voz, casi consigue derrumbar las pocas defensas que me quedan.
Retrocedo.
No lo pienso. Simplemente lo hago.
Mi mano se desliza fuera de la suya.
Y entonces veo su expresión.
Luke se queda completamente quieto.
Baja la mirada hacia su mano vacía. Después vuelve a mirarme.
Algo cambia en sus ojos… Es apenas un instante. Pero lo noto.
Una contracción en su mandíbula.
La manera en que sus hombros pierden un poco de tensión.
Lo he lastimado.
La certeza me atraviesa el pecho.
—Luke, yo...
Me detengo.
Quiero disculparme.
Decirle que no pretendía hacerlo sentir mal.
Que simplemente no esperaba que volviera a tocarme después de lo que sucedió.
Que todavía me cuesta estar cerca de él sin recordar cuánto me dolió aquella tarde.
Pero entonces aparece otro pensamiento.
¿Por qué?
¿Por qué tendría que disculparme?
No fui yo quien lo besó y después se apartó como si hubiera cometido un crimen.
No fui yo quien convirtió algo precioso en un error.
No fui yo quien decidió que era mejor fingir que nada había pasado.
Soy una Greco.
Y aunque mi madre siempre dice que el orgullo es una pésima compañía, sospecho que tengo una cantidad bastante importante circulando por mis venas.
No voy a pedir perdón por intentar proteger lo poco que queda de mi dignidad.
Luke baja lentamente la mano.
—Lo siento —murmura.
Eso es peor. Muchísimo peor.
Porque no sé por qué se está disculpando.
¿Por tocarme?
¿Por haberme besado?
¿O por haberme hecho creer que significaba algo?
Aprieto la correa del bolso.
—Se me está haciendo tarde.
Su expresión se cierra ligeramente.
—Claro.
—Tengo algunas cosas que hacer.
—Entiendo.
Otro silencio.
Este es diferente.
Más pesado.
Más triste.
Quiero marcharme.
Y al mismo tiempo quiero quedarme.
Quiero que diga algo.
Que me detenga.
Que me explique.
Pero Luke simplemente asiente.
—Me alegró verte, Aria.
Lo miro.
Por un instante creo que voy a decirle la verdad.
Que también me alegró verlo.
Que lo he extrañado.
Que he pasado tres semanas evitando este lugar porque no sabía cómo enfrentarme a él.
Pero solo consigo sonreír ligeramente.
—A mí también.
Doy media vuelta y camino hacia la salida con la sensación absurda de que cada paso pesa más que el anterior.
No miro atrás. No puedo.
Porque si Luke sigue observándome, probablemente me detendré.
Y no quiero volver a ser la mujer que espera algo que él no está dispuesto a darle.
Estoy llegando al portón cuando recuerdo mi promesa.
Cassidy.
Las galletas.
Me giro apenas hacia la oficina.
—¡Cass!
Mi amiga asoma inmediatamente la cabeza.
Demasiado rápido. Definitivamente estaba pendiente de nosotros.
—¿Sí?
—¡Voy a preparar unas galletas y las traeré mañana!
Su sonrisa es inmediata.
—¡Excelente! —Levanta una mano—. ¡Pero que sean muchas!
Me río.
—¡Lo prometo!
Salgo del taller antes de que pueda decir algo más.
El aire de la tarde me golpea suavemente el rostro.
Camino hasta mi automóvil.
Abro la puerta y me siento.
Permanezco varios segundos mirando el volante.
Mañana.
Acabo de prometer que volveré mañana.
Cierro los ojos.
Fantástico, Aria.
Tres semanas reuniendo valor para venir una sola vez.
Y ya te has comprometido a regresar… Por unas malditas galletas.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda