Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 13: Líneas cruzadas
Punto de vista: Alana
El reloj del taller de diseño marcaba las siete y media de la noche.
A diferencia de la jornada anterior, el gran espacio acristalado ya estaba casi vacío. Solo quedábamos Mateo y yo bajo las luces blancas del techo, rodeados por el murmullo lejano de la ciudad que empezaba a encender sus rascacielos.
Guardé las réplicas en mi maletín de bocetos y exhalé un suspiro largo, tratando de liberar la rigidez de mi espalda. La tensión de todo el día —el fantasma de la noche en blanco y la presencia imponente de Alexander evaluando cada uno de mis movimientos— me tenía los nervios exhaustos.
—Por fin... —escuché la voz suave de Mateo a mi lado.
Giré la cabeza y lo vi apoyado contra el borde de mi mesa, mirándome con una atención diferente, más profunda de lo habitual. Se había quitado la corbata y traía el cuello de la camisa desabotonado, lo que le daba un aire relajado y cercano.
—Terminé la revisión de los cortes para el acantilado —le dije, intentando mantener un tono liviano mientras cerraba mi laptop—. Si mañana el señor Hale quiere revisar las maquetas, no tendrá un solo pretexto para criticar.
Mateo no respondió de inmediato. Extendió la mano lentamente y, antes de que pudiera reaccionar, me retiró con delicadeza un mechón de cabello castaño que me caía sobre el rostro, colocándolo detrás de mi oreja.
El gesto fue tan inesperado que me quedé helada.
—Olvídate de Alexander Hale por un momento, Alana —murmuró con una voz baja, casi íntima, que no le había escuchado en todos los años que llevábamos de conocernos—. Llevas dos días cargando una tensión que te está consumiendo. Sé que esta pasantía lo es todo para ti, pero me preocupa verte así.
—Estoy bien, Mateo... solo es el estrés del primer proyecto —mentí, echándome un poco hacia atrás para marcar distancia, sintiendo una repentina incomodidad en el pecho.
Mateo no retrocedió. Dio un paso más hacia mí, acortando el espacio hasta que pude sentir el calor de su presencia. Esos ojos café que siempre habían transmitido protección y complicidad fraternal ahora brillaban con una intensidad distinta, vulnerable y decidida.
—No es solo el estrés, Alana —dijo, tomando suavemente mi mano sobre la mesa. Sus dedos estaban cálidos, pero mi piel no sintió la menor descarga, ningún chispazo como el que me quemaba cada vez que rozaba a Alexander—. Conozco cada uno de tus gestos. Sé cuándo algo te desvela. Sé cómo te pones cuando intentas esconder que estás sufriendo. Y sé... que la forma en que ese tipo te mira no te es indiferente.
Se me cortó la respiración.
—Mateo, no empieces con eso...
—Déjame hablar —me interrumpió con ternura, apretando mis dedos con firmeza pero sin lastimarme—. Te conozco desde la universidad. He estado a tu lado en cada entrega, en cada desvelo, celebrando cada uno de tus logros en silencio. He esperado el momento correcto para no arruinar nuestra amistad, pero al verte aquí, en esta ciudad, tan lejos de casa y tan expuesta... ya no puedo seguir fingiendo que solo quiero ser tu mejor amigo.
El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas.
—Mateo... —susurré, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
—Me importas más de lo que te imaginas, Alana —continuó él, dando medio paso más hacia mí, inclinando el rostro hasta que su respiración rozó mi mejilla—. Déjame cuidarte. Déjame ser el hombre que esté ahí para ti en la vida real, sin misterios, sin jefes prepotentes ni compromisos ocultos. Dame una oportunidad.
Sus labios se acercaron levemente a los míos, buscando un beso que nacía del afecto sincero, de años de lealtad y de una devoción transparente.
Por un segundo, mi mente gritó que lo aceptara. Mateo era perfecto, seguro, leal y real. Estaba ahí, ofreciéndome un refugio honesto lejos de la tormenta.
Pero en cuanto sus labios estuvieron a punto de rozar los míos, mi cuerpo reaccionó por instinto.
Giré la cara suavemente hacia un lado, dejando que su beso terminara en mi mejilla.
El silencio que cayó sobre la mesa de trabajo fue pesado y doloroso. Sentí la rigidez inmediata en los hombros de Mateo y el suspiro derrotado que escapó de sus labios.
Retiré mi mano de la suya con extrema delicadeza, mirándolo a los ojos con una mezcla de culpa y cariño genuino.
—Mateo... tú eres mi familia —le dije con la voz temblorosa, sintiendo que se me rompía algo en el pecho al ver la sombra de decepción en su mirada—. Eres la persona en la que más confío en este mundo. Eres mi soporte, mi mejor amigo... y no puedo perderte. No puedo ofrecerte algo que no siento, porque no sería justo para ti. Te mereces a alguien que te entregue el corazón entero.
Mateo se quedó inmóvil un momento, procesando mis palabras. Tragó saliva con dificultad y forzó una sonrisa amarga, dando un paso hacia atrás para recuperar la distancia.
—Es por él, ¿verdad? —preguntó en un susurro cargado de dolor, señalando hacia el pasillo que conducía a la presidencia—. Por Hale. Aunque ni siquiera lo conozcas, aunque sea un inalcanzable con la vida resuelta... hay algo entre ustedes que te tiene atrapada.
—No es por nadie, Mateo —mentí, aunque por dentro la imagen de los ojos azules de Alexander azotara mi cabeza como un látigo—. Es solo que yo no estoy lista para esto. Mi mente solo puede pensar en mi carrera y en salir adelante.
Mateo asintió despacio, pasándose una mano por el cabello rizado.
—Está bien, Alana —dijo con la voz rasposa, tomando su maletín—. Entiendo. Pero ten cuidado... no quiero ver cómo ese mundo te rompe el corazón.
Se giró y caminó hacia la salida del taller, dejándome sola en medio de la gran sala de diseño.
Me dejé caer de nuevo en la silla, apoyando los codos sobre la mesa y escondiendo el rostro entre las manos. Me sentía terriblemente miserable. Había rechazado la estabilidad y el cariño sincero de Mateo por la sombra de una atracción prohibida, por un hombre que tenía una prometida y que solo me ofrecía miradas cargadas de peligro en los pasillos.
¿Qué estaba haciendo con mi vida?
Alcé la vista hacia el gran ventanal. La noche en Los Ángeles se veía fría e inmensa. Y por primera vez, le tuve pánico a lo que pudiera pasar cuando volviera a cerrar los ojos.