Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 1
El aroma a flores frescas y el murmullo emocionado de los invitados llenaban la nave central de la majestuosa catedral. Para Isabella, aquel día era la culminación de un sueño que había comenzado años atrás. Vestida con un impecable traje blanco de encaje y seda, avanzaba a pasos lentos sobre la alfombra roja, sosteniendo con delicadeza un ramo de peonías y rosas. Al fondo del altar, vistiendo un elegante esmoquin negro, la esperaba Alexander. Su sonrisa era cálida, sincera, y sus ojos brillaban con un amor tan puro que hacía desaparecer cualquier rastro de nerviosismo en ella.
Alexander la observaba caminar con el corazón desbocado. Para él, Isabella no solo era la mujer de su vida; era su refugio, la luz que iluminaba cada uno de sus días y la promesa de un futuro perfecto. No había en el mundo nada más importante que protegerla y hacerla feliz. A medida que ella se acercaba, la música del órgano llenaba el recinto, envolviendo a todos los presentes en una atmósfera de romanticismo y absoluta plenitud.
Al llegar al altar, Alexander le tendió la mano con suavidad. Cuando sus dedos se entrelazaron, Isabella sintió un alivio cálido recorrerle el cuerpo. El sacerdote comenzó la lectura de los votos, recitando palabras sobre la devoción, la lealtad y el amor eterno. Los invitados escuchaban atentos, sonriendo ante la complicidad aparente en cada mirada que la pareja se dedicaba. Todo parecía perfecto, como si el tiempo se hubiera detenido únicamente para bendecir su unión.
—Alexander, ¿aceptas a Isabella como tu legítima esposa, para amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu vida? —pronunció el sacerdote con voz pausada.
—Acepto —respondió él sin dudar un solo segundo, manteniendo fija su mirada en los ojos avellana de su prometida.
El sacerdote se giró hacia ella con una sonrisa afable.
—Isabella, ¿aceptas a Alexander como tu legítimo esposo...?
Antes de que el sacerdote pudiera terminar la frase, un estruendo ensordecedor reventó los enormes ventanales de cristal templado de la catedral. Una lluvia de vidrios rotos cayó sobre los primeros bancos, desatando el pánico instantáneo entre los asistentes. Los gritos de terror ahogaron la música y la paz del lugar se transformó en un caos absoluto en cuestión de segundos.
Varios hombres vestidos de negro, con los rostros cubiertos por pasamontañas y portando armas de alto calibre, irrumpieron violentamente por la entrada principal y los pasillos laterales. Sin pronunciar una sola palabra ni hacer exigencias, comenzaron a disparar a quemarropa hacia la zona del altar. Los invitados se arrojaron al suelo entre llantos, empujones y desesperación, buscando refugio detrás de los bancos de madera.
—¡Isabella, al suelo! —gritó Alexander con desesperación.
En una fracción de segundo, la prioridad absoluta de Alexander fue salvaguardar la vida de su prometida. La sujetó de la cintura con fuerza y usó su propio cuerpo como escudo para protegerla del fuego cruzado, empujándola detrás de la pesada estructura de mármol del altar. Isabella tropezó, confundida y aterrorizada, sintiendo cómo el polvo de las paredes destruidas y el olor acre a pólvora inundaban el aire.
Las ráfagas resonaban como truenos dentro de la estructura de piedra. Los atacantes avanzaban con precisión táctica, disparando sin piedad. Alexander mantuvo a Isabella pegada a él, asegurándose de que ninguna bala perdida pudiera alcanzarla. En medio del tumulto, ella vio a su padre correr hacia una de las salidas de emergencia traseras, rodeado por sus propios hombres de seguridad, escapando sin mirar atrás.
—Tranquila, mi amor, mírame. Vas a estar bien, te lo prometo —le susurró Alexander, intentando mantener la calma en su voz mientras la sostenía con firmeza entre sus brazos.
Isabella, temblando incontrolablemente, se aferró a las solapas de su esmoquin. El terror le impedía articular palabra, pero la mirada firme de Alexander le devolvió una mínima chispa de aliento. Sin embargo, los atacantes rodeaban rápidamente la zona del pedestal.
Un impacto seco atravesó la madera del altar a pocos centímetros de ellos. Alexander supo que no podían quedarse inmóviles. Con una maniobra rápida, intentó mover a Isabella hacia una puerta lateral que conducía a la sacristía, un lugar más seguro donde podrían resguardarse. Pero justo cuando se puso de pie para cubrir su avance, una ráfaga directa fue dirigida hacia su posición.
Un chasquido sordo resonó en el aire, seguido por un impacto brutal.
Alexander se congeló en mitad del movimiento. Su cuerpo se tensó rígidamente antes de perder toda fuerza. Dos proyectiles atravesaron su pecho a la altura del tórax, desgarrando la tela blanca de su camisa bajo el saco. El impacto lo empujó hacia atrás y cayó pesado sobre los peldaños del altar, arrastrando a Isabella en su caída.
—¡ALEXANDER! —el grito de Isabella rasgó la estancia, lleno de una agonía desgarradora.
Los tiradores, habiendo completado su cometido sin percatarse de ningún otro objetivo, comenzaron a retirarse a paso veloz por las salidas laterales, dejando tras de sí un rastro de humo, vidrios rotos y destrucción. El silencio regresó de forma pesada y aterradora a la catedral, interrumpido solo por los gemidos lejanos de los heridos y los sollozos de los supervivientes.
Isabella se arrastró desesperadamente sobre las rodillas hacia el cuerpo de su prometido. El vestido de novia impecable se tiñó de un rojo intenso al entrar en contacto con el suelo. Con manos temblorosas, tomó la cabeza de Alexander y la acomodó sobre su regazo, tratando en vano de presionar con sus manos las heridas que manaban sangre sin cesar.
—No, no, no... Alexander, mírame. Por favor, mantén los ojos abiertos —suplicaba ella entre sollozos, sintiendo cómo las lágrimas le nublaban la vista por completo.
Alexander intentó tomar aire, pero un gorgoteo ahogado salió de su garganta. Con un esfuerzo sobrehumano, levantó una de sus manos, pálida y manchada de carmesí, para acariciar la mejilla de Isabella. Sus dedos rozaron la piel suave de la mujer que tanto amaba, dejando un rastro de su propia sangre en ella.
—Isa... bella... —susurró él con un hilo de voz casi imperceptible. Sus ojos, antes llenos de vida y brillo, comenzaban a perder intensidad gradualmente.
—Quédate conmigo, por favor. La ayuda ya viene, vas a ponerte bien. Nos vamos a casar, ¿me escuchas? Nos vamos a casar —gritaba ella desconsolada, buscando desesperadamente pulso en su cuello mientras apretaba su cuerpo contra el suyo.
La mano de Alexander que acariciaba su rostro perdió la fuerza y cayó inerte sobre el frío suelo de mármol. Su pecho dejó de elevarse. El brillo de sus ojos se apagó por completo, dejando una mirada fija e inexpresiva volcada hacia el techo de la iglesia.
—¡No! ¡Alexander, despierte! ¡No me dejes, por favor! —clamó Isabella, abrazando el cuerpo inerte de su prometido mientras rompía en un llanto desgarrador que resonó por todo el recinto desolado.
El día que debía marcar el inicio de su vida juntos se había transformado en una pesadilla bañada en sangre. Isabella se quedó allí, de rodillas sobre el altar destruido, aferrada al cuerpo del amor de su vida, sin saber que aquel trágico final no era más que el comienzo de una oscura trama de secretos y traiciones.