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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:866
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: El reemplazo

El aire acondicionado de la Universidad de Kensington olía a papel viejo, café rancio y al perfume de trescientos dólares que Alexander Vance llevaba impregnado en la solapa de su saco de corte italiano.

Para un hombre acostumbrado a dominar juntas directivas desde el piso cincuenta y cuatro de un rascacielos de cristal en el centro financiero, estar de pie tras un podio de madera gastada se sentía como una burla. Había aceptado la sustitución solo por un favor personal y urgente a Julian —cuyas explicaciones atropelladas por teléfono antes de desaparecer de la ciudad sonaban más a pánico que a enfermedad—, pero el ambiente le resultaba asfixiante.

Alexander ajustó el reloj de oro en su muñeca izquierda. Faltaban diez minutos para que terminara la clase de Literatura Comparada y Criminología Aplicada.

—La premisa del crimen pasional —habló Alexander, y su voz, un barítono denso y aterciopelado, resonó con una autoridad natural que hizo que varias estudiantes en las primeras filas contuvieran el aliento— no radica en la pérdida del control. Radica en la ganancia de una convicción. El deseo que destruye no es accidental; es la forma más pura de posesión.

Recorrió el aula con una mirada helada y penetrante. En las primeras filas estaban los de siempre: los hijos de diplomáticos y empresarios que vestían ropa de diseñador y fingían tomar apuntes mientras lo devoraban con los ojos.

Pero en la última fila, a la sombra de la esquina izquierda, había una anomalía.

Elena Marín.

Llevaba tres clases observándola en silencio, estudiando la anatomía de su cansancio. Tenía la cabeza apoyada sobre la palma de su mano izquierda, la piel pálida casi transparente bajo la luz fluorescente del aula y ojeras oscuras que delataban noches enteras sin dormir. Su cabello castaño oscuro caía en mechones desordenados sobre un suéter demasiado grande y descolorido que olía, desde donde él estaba, a lluvia reciente y a jabón neutro barato.

A diferencia del resto, ella no lo miraba con fascinación ni deseo. Lo miraba con una apatía distante, casi insultante.

—Señorita Marín —dijo Alexander, rompiendo el murmullo de la clase.

Elena se erizó imperceptiblemente. Levantó la vista lentamente, encontrándose con la mirada de acero de su nuevo profesor.

—Dígame —respondió ella. Su voz era áspera, rasposa por el cansancio, pero extrañamente magnética.

—¿Coincide con la teoría de que la obsesión es una enfermedad de la mente?

Elena sostuvo la mirada sin parpadear. Un silencio tenso se apoderó del aula. Los demás estudiantes giraron la cabeza para ver a la chica de fondo que apenas solía hablar.

—No —dijo ella con firmeza tranquila—. La obsesión no es una enfermedad. Es un síntoma de vacío. Solo se obsesiona quien no tiene nada por dentro y busca desesperadamente llenar esa nada con otra persona.

Un murmullo recorrió el aula. Alexander sintió una descarga eléctrica recorrerle la espina dorsal. La audacia de esa chica rota, la precisión poética y cruel de sus palabras, encendieron algo oscuro y adormecido en lo más profundo de su pecho. Su pulso, normalmente metódico y controlado, se aceleró imperceptiblemente.

—Interesante postura —murmuró él, dando un paso fuera del podio, manteniendo los ojos fijos en los de ella—. Lástima que su rendimiento académico refleje que pasa más tiempo especulando que estudiando. Su último ensayo fue mediocre, Señorita Marín. Un D menos.

Vio el golpe directo en sus ojos. Elena apretó los dientes, pero no bajó la cabeza. Su orgullo era una armadura delgada pero infranqueable.

El timbre de fin de clase resopló por el sistema de altavoces. El aula se transformó de inmediato en un caos de mochilas, murmullos y sillas arrastrándose.

—Tienen las lecturas en la plataforma. Nos vemos el jueves —anunció Alexander sin quitarle la vista a Elena.

Ella recogió sus cosas con prisa torpe. Guardó un cuaderno de pasta dura con los bordes desgastados, se calzó la mochila al hombro y caminó hacia la salida entre la marea de estudiantes. Alexander esperó a que el espacio se vaciara por completo. La puerta se cerró con un chasquido sordo.

Solo en el aula, Alexander caminó lentamente hacia la última fila, guiado por un impulso posesivo que empezaba a salirse de su control habitual. Se detuvo junto al pupitre donde ella había estado sentada durante las últimas dos horas.

Allí, bajo la pata de madera de la mesa, vio un pequeño pedazo de papel doblado en cuatro que debió caerse de su libreta rota.

Alexander se agachó. Sus dedos largos, pulidos por anillos de plata y un cuidado impecable, recogieron el papel arrugado. Lo desdobló con lentitud casi ritual.

La caligrafía de Elena era apresurada, elegante y dolorosamente inclinada. No era un apunte de clase. Era una nota personal, escrita con la fuerza de quien sangra sobre el papel:

"El turno de esta noche paga la diálisis de la semana. Si descubren lo que hago de noche, no terminaré este semestre. Si pierdo la beca, me muero."

Alexander releyó la nota tres veces. La textura del papel humedecido por el sudor de la mano de Elena parecía conservar el calor de su piel. Una sonrisa lenta, oscura y devastadora se dibujó en la comisura de sus labios.

La tenía.

Guardó la nota en el bolsillo interior de su saco de seda, junto a su corazón acelerado, y sacó su teléfono personal.

—Glover —dijo al contestar su jefe de seguridad—. Consígueme el expediente completo de la estudiante Elena Marín. Y averigua a qué club entra a trabajar esta noche.

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