A sus 36 años, Alessandro De Luca es el heredero del imperio de moda más importante de Italia. Dueño de una prestigiosa agencia de modelos con sedes en Milán y Colombia, vive rodeado de lujo, poder y mujeres. Es un hombre frío, arrogante y mujeriego. Ninguna mujer ha logrado conquistar su corazón.
Desde niño, su padre decidió su futuro. Lo comprometió con Bianca Conti, una reconocida modelo italiana e hija de su mejor amigo y socio de la empresa. Para Alessandro, Bianca nunca ha sido el amor de su vida, solo la mujer perfecta para mantener la imagen de la familia ante la alta sociedad.
Antes de entregarle el control absoluto del imperio familiar, su padre le impone una última condición:
—Si quieres convertirte en el único dueño del Grupo De Luca, tendrás que casarte con Bianca. De lo contrario, jamás recibirás la presidencia ni la totalidad de la herencia.
Lo que Alessandro desconoce es que Bianca nunca ha permanecido a su lado por amor. La fortuna de su familia ha desaparecido y están
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1Capítulo 18: Un beso que no cambia las reglas
Valentina
Sentía la mirada de Alessandro clavada en mí desde hacía rato.
Sabía que su ego debía estar muriéndose al ver que no corría detrás de él, pero yo no era de esas mujeres. Mucho menos iba a hacerlo con alguien tan mujeriego como él.
Ya era hora de irnos.
Los modelos con los que habíamos compartido la noche comenzaron a despedirse. En ese momento vi cómo una de las modelos que había estado coqueteándole desde que llegó se acercó a él y le susurró algo al oído. Fingí no haber visto nada. Después de todo, eso confirmaba exactamente la clase de hombre que era.
Alessandro
Una de las modelos se acercó sonriendo.
—¿Te provoca que sigamos la fiesta, pero los dos solos?
La miré unos segundos.
Cualquier otra noche habría aceptado sin pensarlo.
Pero esa noche negué con la cabeza.
—Será en otra ocasión.
Aunque me doliera rechazar semejante invitación, mi atención estaba puesta en otra mujer.
Quería acercarme más a Valentina.
Y estaba decidido a conseguirlo.
Esa mujer no me iba a quedar grande de conquistar... ni de ganar la apuesta que tenía con Marco.
Al salir de la discoteca, Juliana se volvió hacia Valentina.
—Amiga de mi corazón, ¿te pides un taxi? Es que hoy no voy a dormir en casa... me voy con mi modelo.
Valentina soltó una risa.
—Juli, eres terrible. Está bien, no te preocupes. Yo tomo un taxi.
En ese momento me acerqué.
—¿Qué pasa? ¿Necesitas un taxi?
—Sí, gracias.
Juliana sonrió de inmediato.
—Ay, jefe, si usted la puede llevar se lo agradecería muchísimo.
Valentina le lanzó una mirada fulminante.
—No te preocupes. Yo puedo irme sola.
—Para nada. Yo te llevo.
—Gracias, jefe —respondió Juliana con una sonrisa traviesa.
Antes de irse abrazó a Valentina.
—Nos vemos mañana.
—Está bien. Cuídate mucho, por favor.
Juliana se acercó a su oído y le susurró:
—Aprovecha y sácate una espinita de las que tu novio te ha hecho pasar.
Valentina solo negó con la cabeza mientras sonreía.
Marco apareció acompañado de una de las modelos.
Se acercó a mí y, aprovechando que Valentina hablaba con Juliana, murmuró:
—Llévala con cuidado... y mira a ver si ganas la apuesta.
Sonreí de lado.
—No cantes victoria todavía.
Marco soltó una carcajada.
—Eso está por verse.
—Chao, Valentina —se despidió.
—Chao, Marco. Que te vaya muy bien.
La acompañé hasta mi automóvil.
—Ven, ahí está mi carro.
—De verdad no tienes que molestarte. Puedo ir perfectamente en taxi.
La miré con una sonrisa desafiante.
—¿O será que te da miedo quedarte a solas conmigo?
Ella levantó una ceja.
—Ay, por favor, señor De Lucca... está bien, vamos.
Le abrí la puerta como todo un caballero.
Cuando entró al lujoso automóvil, rodeé el vehículo y ocupé mi lugar al volante.
—Regálame la ubicación.
Ella me mostró la dirección y emprendí el camino. Detrás de nosotros, como siempre, venía el vehículo de los escoltas.
Durante el trayecto la conversación fluyó con naturalidad.
Hablamos de su familia, de sus estudios, de los proyectos que tenía para el futuro y de muchas cosas más.
Cada respuesta hacía que quisiera conocerla un poco más.
Cuando llegamos a su edificio estacioné el automóvil.
—Qué lástima... ya llegamos.
Ella sonrió.
—Muchas gracias por traerme.
—No. Gracias a ti por permitirme disfrutar un rato más de tu compañía.
—Bueno... que descanses.
Cuando iba a abrir la puerta, la detuve.
—Espera.
Me miró.
—¿Qué pasó?
—¿No te vas a despedir bien?
Ella arqueó una ceja.
—¿Y cómo es despedirse bien?
Sonreí.
—Por lo menos... con un besito.
Ella soltó una pequeña risa.
—Señor De Lucca... quedó muy antojado porque el beso de la discoteca le supo a poco.
—Quiero uno de verdad... uno más largo.
—¿Y si no se lo doy?
—Nada. Solo voy a seguir pensando que sí te intereso.
—Qué chantajista.
—No. Solo estoy diciendo la verdad.
Ella negó divertida.
—Está bien... pero solo en la mejilla.
Se inclinó hacia mí.
Cuando estuvo cerca giré ligeramente el rostro y nuestros labios terminaron encontrándose.
Llevé una mano a su mejilla y profundicé el beso.
Para mi sorpresa...
Ella me correspondió.
Fue un beso lento, intenso y lleno de tensión acumulada.
Por unos segundos ninguno de los dos pensó en nada más.
Cuando intentó separarse, la sostuve un instante más, dejando mi frente cerca de la suya antes de soltarla.
Ella respiró hondo.
—¿Ya quedó satisfecho, señor De Lucca?
Sus labios estaban ligeramente enrojecidos.
Sonreí.
—¿Satisfecho? Para eso necesitaría muchos besos más.
Ella soltó una risa.
—Usted pide demasiado. Pase buena noche.
Antes de que bajara del automóvil le pregunté:
—Solo dime una cosa...
Ella volvió a mirarme.
—¿Qué sentiste con ese beso?
Por unos segundos guardó silencio.
—Besa delicioso... no puedo negarlo.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero eso no cambia absolutamente nada entre nosotros.
Que descanse, señor De Lucca.
Salió del automóvil sin mirar atrás.
La observé entrar al edificio.
Apoyé la cabeza sobre el volante y cerré los ojos.
—¿Qué demonios tienes, Alessandro?
Con cualquier mujer todo era fácil.
Pero Valentina...
Ella era diferente.
Y precisamente por eso cada vez la deseaba más.
No solo quería ganar la apuesta.
Quería demostrarme que también podía conquistar a la única mujer que parecía completamente inmune a mi encanto.
Valentina
Entré al apartamento, cerré la puerta y solté una pequeña risa.
Todavía podía sentir el calor de aquel beso.
—Dios... qué hombre.
Negué con la cabeza.
—No, Valentina. Basta.
Tienes novio.
Y Alessandro De Lucca no es el hombre para ti.
Por más bien que bese.
Me di una ducha, me desmaquillé y me acosté.
Justo cuando estaba por cerrar los ojos, el celular vibró.
Era un número desconocido.
Abrí el mensaje.
Alessandro:
"Espero que puedas dormir... porque yo no creo poder pegar un ojo. Cada vez que cierro los ojos vuelven a mi mente tus labios sobre los míos."
Sonreí sin poder evitarlo.
—Seguro eso mismo se lo escribe a todas...
Guardé el número y respondí con total tranquilidad.
Valentina:
"Yo sí puedo dormir. Buenas noches, señor De Lucca."
Apagué el celular y lo dejé sobre la mesa de noche.
No pensaba darle más importancia.
Alessandro
Leí su respuesta y sonreí.
Era la primera vez que escribía algo tan cursi.
Porque mientras más indiferente se mostraba Valentina, más quería derribar ese muro.
Y, aunque ella todavía no lo supiera...
Yo no pensaba rendirme.