Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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La sonrisa de la pequeña hermana
La puerta del quirófano seguía cerrada.
Julian llevaba casi tres horas sentado en el suelo.
No había querido irse.
No había querido llamar a su padre.
No había querido hablar con nadie.
Solo esperaba.
Esperaba que aquella puerta se abriera y un médico apareciera diciendo que Gigi estaba bien.
Que todo había sido una pesadilla.
Que su hermana volvería a molestarlo.
Que volvería a preguntarle por Sara.
Que volvería a robarle los chocolates.
Pero la puerta finalmente se abrió.
Y el médico no sonrió.
Julian se puso de pie.
—¿Mi hermana?
El médico se quitó lentamente la mascarilla.
—Lo siento.
Julian dejó de respirar.
—No.
—Hicimos todo lo posible...
—No.
—Tenía una hemorragia cerebral demasiado grave.
Julian negó con la cabeza.
—No.
—Julian...
—¡No!
El grito retumbó por el pasillo.
Leonor comenzó a llorar.
Julian se quedó inmóvil.
Miró al médico.
Luego miró la puerta.
—Quiero verla.
—Julian...
—Quiero verla.
El médico dudó.
Finalmente asintió.
Gigi estaba acostada sobre la camilla.
Parecía dormida.
Demasiado tranquila.
Julian entró solo.
Cerró la puerta.
Se acercó lentamente.
—Gigi...
Nada.
Se sentó junto a ella.
Tomó su mano.
Estaba fría.
—Me prometiste que ibas a conocer a Sara.
Silencio.
Julian sonrió débilmente.
—Te habría caído bien.
Sus labios temblaron.
—Es rara.
Una lágrima cayó sobre la sábana.
—Muy rara.
Otra.
—Habla conmigo como si no supiera quién soy.
Julian bajó la cabeza.
—Y me dice bebé.
Su voz se quebró.
—¿Puedes creerlo?
Nada.
—Tú te habrías burlado de mí durante meses.
Julian apretó los dedos de Gigi.
—Así que despierta.
Silencio.
—Vamos.
Su respiración comenzó a temblar.
—Despierta, Gigi.
La abrazó.
—¡Despierta!
Y entonces se quebró.
No como el heredero Bradenford.
No como el muchacho elegante que caminaba por los pasillos del instituto.
No como el estudiante brillante.
Solo como un hermano mayor que acababa de perder a la niña que había intentado protegerlo.
—Perdóname...
Julian cerró los ojos.
—Debí protegerte yo.
Sara llegó al hospital minutos después.
Había corrido por los pasillos preguntando por Julian.
Pero cuando lo encontró, se detuvo.
Estaba sentado frente a la habitación.
Solo.
Con las manos manchadas de sangre seca.
Sara caminó hacia él.
—Julian...
Él levantó la mirada.
Y Sara se quedó helada.
No había lágrimas.
No había rabia.
Había vacío.
—¿Dónde está Gigi?
Julian no respondió.
Sara entendió.
Se arrodilló frente a él.
—Julian...
Él la miró.
—Murió.
Dos palabras.
Nada más.
Sara sintió que se le cerraba la garganta.
Lo abrazó.
Esta vez Julian no lloró.
No se aferró a ella.
No buscó consuelo.
Simplemente permaneció inmóvil.
Como si ya no sintiera nada.
Sara le acarició el cabello.
—Estoy aquí.
Julian cerró los ojos.
—Ella murió por mí.
—No fue tu culpa.
—Sí.
—Julian...
—Si yo no hubiera ido...
Sara se quedó callada.
—Si yo hubiera dejado que ese hombre me golpeara...
—No digas eso.
Julian abrió los ojos.
—Gigi estaría viva.
Sara quiso responder.
Pero no encontró palabras.
Porque el dolor no necesitaba argumentos.
Unos metros más allá, un policía hablaba con Leonor.
—Señora, tenemos suficientes pruebas. Su esposo fue detenido. Hay testimonios y cámaras.
Julian levantó lentamente la cabeza.
—¿Dónde está?
El policía lo miró.
—¿Torrealba?
Julian se puso de pie.
—Sí.
Sara le tomó el brazo.
—Julian.
Él la miró.
—Quiero verlo.
—No.
—Sara.
Su voz no era agresiva.
Eso era lo aterrador.
Era tranquila.
Demasiado tranquila.
—No quiero matarlo —dijo.
Sara respiró aliviada.
Hasta que terminó la frase.
—Quiero que viva.
Sara frunció el ceño.
—¿Qué?
Julian miró hacia la puerta del hospital.
—Quiero que viva muchos años.
Sus ojos esmeralda estaban completamente vacíos.
—Quiero que cada mañana recuerde que mató a su hija.
Sara sintió un escalofrío.
—Julian...
—Quiero que cada vez que cierre los ojos escuche su voz.
Apretó los puños.
—Y quiero que cada vez que mire a sus otros hijos recuerde que Gigi murió por culpa de su odio.
Sara negó con la cabeza.
—Eso no eres tú.
Julian la miró.
—¿No?
—No.
—Hoy murió mi hermana.
Silencio.
—Y yo no pude protegerla.
Sara intentó acercarse.
Julian retrocedió.
—No vuelvas a decirme que soy bueno, Sara.
Ella se quedó inmóvil.
—Porque no sé si quiero seguir siéndolo.
Esa noche, Julian no regresó a casa.
Adrián llegó al hospital.
Encontró a su hijo sentado solo en una sala privada.
No preguntó nada.
Se sentó frente a él.
Durante varios minutos ninguno habló.
Finalmente, Julian levantó la cabeza.
—Papá.
—Aquí estoy.
—Quiero que lo destruyas.
Adrián lo observó.
—¿A Torrealba?
—Sí.
—Ya está detenido.
—No es suficiente.
Adrián guardó silencio.
Julian continuó.
—Quiero que pierda todo.
—Julian...
—Quiero que recuerde a Gigi todos los días.
Adrián lo observó durante varios segundos.
—Hijo, estás herido.
—No.
Julian negó lentamente.
—Estoy aprendiendo.
Aquella frase hizo que Adrián frunciera el ceño.
—¿Aprendiendo qué?
Julian miró por la ventana.
—Que querer a alguien es darle a otros una forma de destruirte.
Adrián no respondió.
—Gigi me quería —continuó Julian—. Y murió por mí.
Sus ojos se endurecieron.
—Nunca volverá a pasar.
Adrián comprendió algo.
Su hijo no estaba hablando de Torrealba.
Estaba hablando del futuro.
—Julian...
—No.
Julian se levantó.
—Ya entendí cómo funciona este mundo.
Se acomodó la chaqueta.
—La gente no respeta la bondad.
Miró a su padre.
—Respeta el miedo.
Adrián sintió un peso extraño en el pecho.
Había escuchado esas palabras antes.
Las había pronunciado él mismo.
Muchos años atrás.
—No conviertas este dolor en una excusa para convertirte en alguien que no eres.
Julian sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sin calor.
—¿Y quién soy, padre?
Adrián no respondió.
Julian salió de la habitación.
Tres días después fue el funeral.
La pequeña fotografía de Gigi estaba rodeada de flores.
Julian permaneció de pie frente al ataúd.
No lloró.
Leonor lloraba desconsoladamente.
Albert permanecía apartado.
Y cuando llegó el momento de cerrar el ataúd, Julian colocó algo dentro.
Un pequeño envoltorio de caramelos.
—Te los debía.
Bajó la cabeza.
—Perdón.
El ataúd comenzó a descender.
Julian observó cómo desaparecía.
Y algo dentro de él murió también.
Esa noche regresó a la mansión Bradenford.
Se quitó el saco.
Lo dejó sobre una silla.
Frente al espejo, se observó durante largo rato.
El muchacho que estaba allí seguía teniendo dieciocho años.
Pero sus ojos parecían mucho mayores.
Recordó a Gigi.
Recordó la sangre.
Recordó a Torrealba.
Recordó todas las veces que había ayudado a su familia.
El dinero.
Los medicamentos.
Las colegiaturas.
Los viajes.
Y aun así...
Gigi había muerto.
Julian cerró los ojos.
—Nunca más.
Abrió el cajón de su escritorio.
Sacó una libreta.
En la primera página escribió:
Regla número uno: nunca depender de nadie.
Debajo:
Regla número dos: quien quiera hacerte daño debe tener más miedo de perder que tú.
Y finalmente:
Regla número tres: jamás permitas que alguien que amas sea utilizado contra ti.
Julian cerró la libreta.
Su teléfono vibró.
Era Sara.
¿Estás bien?
Julian observó el mensaje durante varios segundos.
Escribió:
Sí.
Borró.
Escribió otra vez:
No te preocupes.
También lo borró.
Finalmente respondió:
Estoy bien, bebé. Duerme.
Envió el mensaje.
Y apagó el teléfono.
Porque por primera vez desde que había conocido a Sara...
Julian decidió ocultarle una parte de sí mismo.
En el cuarto rosa, Sara recibió el mensaje.
Lo leyó.
Una vez.
Dos veces.
Frunció el ceño.
—No está bien.
El sistema apareció.
Pero no hizo ningún sonido alegre.
No, heroína.
Sara levantó la mirada.
—¿Qué está pasando?
La pantalla mostró una sola línea.
[DESVIACIÓN DEL DESTINO: 37%]
Sara palideció.
—¿Treinta y siete?
Gigi era uno de los vínculos emocionales más importantes de Julian.
La pantalla parpadeó.
Y acaba de perderlo.
Sara apretó el teléfono contra su pecho.
—Entonces todavía puedo detenerlo.
El sistema guardó silencio.
Después apareció una última advertencia.
[CAMINO DEL VILLANO: INICIADO]
Sara cerró los ojos.
En algún lugar de la ciudad, Julian Bradenford estaba sentado frente a una ventana, observando las luces.
Y por primera vez...
No estaba pensando en cómo ser amado.
Estaba pensando en cómo volverse imposible de destruir.
El hijo del destino acababa de dar su primer paso hacia convertirse en el villano.