Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 5: El último adiós
La mañana llegó sin pedir permiso.
Valentina seguía sentada junto a la cama de los niños cuando la luz comenzó a entrar por la ventana. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz del médico y volvía a ver a Gabriel inmóvil en la camilla.
A su lado, Isabella despertó primero. Se incorporó despacio y miró a su madre.
—¿Ya es de día?
—Sí, mi amor.
—¿Hoy vamos a ver a papá?
Valentina respiró hondo.
—Hoy será el funeral.
Isabella bajó la mirada y apretó la manta entre sus dedos. Emilia, que había despertado al oírla, se sentó junto a su hermana. Ninguna habló. Las dos se abrazaron, todavía pequeñas para comprender por qué el mundo podía cambiar tanto de un día para otro.
Los trillizos seguían dormidos, aunque Tomás se movió inquieto cuando Valentina se levantó. Ella quiso preparar el desayuno, pero al entrar en la cocina se quedó mirando la silla vacía de Gabriel. Amalia, que ya estaba despierta, se acercó y le tomó una mano.
—Déjame hacerlo a mí.
—Tengo que preparar a los niños.
—Yo los ayudo. Tú intenta comer algo.
Valentina quiso decir que no tenía hambre, pero Amalia la miró con firmeza.
—No puedes sostenerlos si no te sostienes tú también.
Aceptó sentarse. Elvira preparó café y unas tostadas, aunque Valentina apenas pudo probarlas. Cada bocado parecía quedarse detenido en su garganta.
Teresa llegó a media mañana. Llevaba una bolsa con ropa oscura para los niños y otra con algunas cosas que pensó que podían necesitar. En cuanto entró, abrazó a Valentina con fuerza.
—La funeraria ya está organizando todo —dijo—. La ceremonia será esta tarde.
Valentina asintió. Las decisiones se habían tomado durante las últimas horas, entre llamadas y documentos, mientras ella sentía que observaba su vida desde muy lejos. Teresa había ayudado con los trámites. Amalia y Elvira habían cuidado a los niños. Valentina había firmado papeles sin recordar qué decían.
—¿Quieres que te acompañe a vestirte? —preguntó Teresa.
Valentina miró a su suegra. El dolor también la había golpeado a ella. Había perdido a su único hijo, pero aun así se mantenía en pie para ayudar a su nuera y a sus nietos.
—Sí. Gracias.
En la habitación, Teresa acomodó sobre la cama la ropa negra. Valentina se cambió con movimientos lentos. No quería mirarse al espejo. No reconocía a la mujer que tenía delante: no porque hubiera cambiado por fuera, sino porque la vida que la esperaba ya no se parecía a la que había tenido apenas un día antes.
—Gabriel estaba orgulloso de ti —dijo Teresa mientras le abrochaba una manga.
Valentina cerró los ojos.
—Yo estaba orgullosa de él.
—Lo sé.
—No sé cómo voy a hacer esto.
—Hoy no tienes que resolver toda tu vida. Solo tienes que despedirte de él.
La frase le permitió respirar. Solo eso. Despedirse. Lo demás podía esperar.
La capilla estaba llena cuando llegaron.
Familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos habían ido a acompañarlos. Algunos abrazaban a Valentina sin palabras. Otros le decían que lo sentían, que Gabriel era un buen hombre, que siempre estaba dispuesto a ayudar. Ella agradecía cada gesto, aunque apenas lograba recordar los rostros.
El féretro permanecía al frente, rodeado de flores blancas. Valentina se detuvo en la entrada. No pudo avanzar de inmediato.
Amalia le puso una mano en la espalda.
—Estoy aquí.
Teresa tomó la otra mano.
—Y yo también.
Valentina caminó hasta la primera fila. Los niños se sentaron a su lado, muy juntos. Isabella sostenía la mano de Emilia. Samuel apoyaba la cabeza en el hombro de su abuela. Tomás miraba todo con el ceño fruncido, serio y confundido. Julieta mantenía los ojos fijos en el ataúd.
La ceremonia comenzó con unas palabras del sacerdote. Habló del amor, de la familia y de la vida de Gabriel. Valentina escuchó, pero las frases le llegaban como desde otra habitación. Su atención estaba en las manos de sus hijos, en sus movimientos pequeños y en los momentos en que alguno de ellos contenía el llanto.
Cuando invitaron a los familiares a compartir un recuerdo, Teresa se puso de pie.
—Gabriel fue un hijo maravilloso —dijo, con la voz temblorosa—. Desde pequeño tenía un corazón grande. Si veía a alguien triste, buscaba la forma de hacerlo reír. Si alguien necesitaba ayuda, él era el primero en acercarse. Cuando conoció a Valentina, supe que había encontrado a la persona con quien quería compartir su vida.
Teresa miró a su nuera.
—No siempre se lo dije, pero te agradezco haberlo hecho tan feliz. Y te prometo que no estarás sola. Gabriel nos unió a todos, y yo voy a cuidar de ti y de mis nietos mientras me necesiten.
Valentina se cubrió la boca. Los niños se acercaron más a ella.
Luego habló Ramírez, el compañero de Gabriel. Contó que era exigente con las medidas de seguridad y que siempre defendía a los trabajadores cuando alguien intentaba apresurar una tarea peligrosa. No lo describió como un héroe perfecto, sino como el hombre que conocían: responsable, firme y leal.
—Ese día estaba haciendo lo que siempre hacía —dijo Ramírez—: cuidando que todos volvieran a sus casas. Lamento muchísimo que no pudiéramos traerlo de vuelta a la suya.
Valentina bajó la cabeza. Aquella última frase abrió de nuevo la herida.
El sacerdote terminó la ceremonia y la gente comenzó a acercarse para despedirse. Valentina permaneció sentada, incapaz de levantarse. Sus hijos fueron los primeros en pedir acercarse al féretro.
—¿Podemos decirle algo? —preguntó Isabella.
Valentina asintió.
Los cinco se acercaron acompañados por Teresa. Isabella habló primero, en un susurro que apenas se oyó.
—Te voy a extrañar, papá. Voy a cuidar a mis hermanos.
Emilia le tomó la mano.
—Yo también te voy a extrañar. No te olvides de mí.
Tomás se quedó en silencio. Después, con la voz apretada, dijo:
—Todavía no terminé de enseñarte mi dibujo.
Samuel no dijo nada. Apoyó una mano pequeña sobre el borde del ataúd y cerró los ojos. Julieta, en cambio, lloró sin intentar ocultarse.
—Papá, dijiste que ibas a volver temprano.
Valentina se inclinó y la abrazó.
—Ven aquí, mi amor.
Julieta se aferró a ella. Los otros niños regresaron poco a poco a su lado. Valentina los sostuvo a todos como pudo, sintiendo que sus brazos no alcanzaban para protegerlos de un dolor tan grande.
Cuando llegó su turno, se acercó sola.
Durante unos segundos, no pudo hablar. Miró a Gabriel y recordó la mañana en que se habían conocido. Él la había esperado afuera de un salón de clases porque ella olvidó una carpeta. Le había hecho una broma para que dejara de preocuparse por un examen y, al despedirse, le preguntó si podía invitarla a tomar un café.
No había sido una historia perfecta. Habían tenido discusiones, dificultades y días agotadores. Pero siempre habían vuelto a elegirse.
—No sé cómo despedirme de ti —murmuró—. Pensé que tendríamos muchos años más. Pensé que veríamos crecer a nuestros hijos juntos. Que te quejarías cuando llenaran la casa de ruido y que tú serías el primero en defenderlos cuando yo los regañara.
Una lágrima cayó sobre su mejilla.
—No sé qué voy a hacer con todo lo que soñamos. Pero voy a cuidar de ellos. Te lo prometo.
Se inclinó y apoyó la mano sobre el ataúd.
—Y voy a seguir amándote.
No dijo nada más. Regresó junto a sus hijos y tomó la mano de Isabella.
El cementerio estaba tranquilo. El cielo se había cubierto y una brisa fresca movía las hojas de los árboles. Valentina se mantuvo junto a los niños mientras el féretro era bajado.
Cuando Julieta empezó a llorar con más fuerza, Teresa la levantó en brazos. Amalia abrazó a Emilia y Elvira se ocupó de Samuel. Tomás seguía tomado de la mano de Valentina.
—¿Ahora sí se fue? —preguntó él.
Ella se inclinó para quedar a su altura.
—Su cuerpo va a descansar aquí. Pero todo lo que vivimos con él sigue con nosotros.
Tomás frunció el ceño.
—Eso no es lo mismo.
—No. No es lo mismo —admitió ella—. Y está bien que estés enojado. Puedes llorar, puedes hacer preguntas y puedes hablar de papá cuando quieras.
—¿Y tú también vas a llorar?
—Sí, mi amor. Yo también voy a llorar.
Tomás apoyó la cabeza contra ella. Valentina lo abrazó mientras la tierra cubría el lugar donde descansarían los restos de Gabriel.
No sabía cómo continuar. No sabía cómo pagarían las cuentas, cómo llenaría el espacio que él había dejado o qué haría cuando los niños preguntaran por su padre a la hora de dormir.
Solo sabía que tenía cinco manos pequeñas buscando las suyas.
Y por ellos, tendría que dar el siguiente paso, aunque todavía no supiera hacia dónde.
Al regresar a casa, la silla de Gabriel seguía en el mismo sitio. Nadie había movido su taza ni su chaqueta. Valentina se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre el respaldo.
La casa estaba llena de gente, pero sin la voz de Gabriel parecía vacía.
Esa noche, los niños volvieron a dormir en la habitación de su madre. Teresa se quedó con ellos y Amalia preparó una olla de sopa que casi nadie probó. Elvira recogió los platos en silencio.
Valentina se acostó entre Isabella y Julieta. Los demás se acomodaron cerca, sobre colchones y mantas. Por primera vez desde el accidente, cerró los ojos sin mirar la puerta esperando que Gabriel entrara.
No porque hubiera dejado de esperarlo.
Sino porque comprendió que no podía vivir aguardando un regreso imposible.
El último adiós ya había ocurrido. El duelo apenas comenzaba.