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El Sustituto

El Sustituto

Status: Terminada
Genre:Romance / Maltrato Emocional / Tú no me amas / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Iris Vega

Valentina Solís carga una herida que nadie ve.

Huérfana a los doce, maltratada por quienes debían protegerla y rescatada por una familia poderosa, aprendió muy pronto que el mundo no regala segundas oportunidades. Solo un chico —Tomás, un pintor de dieciocho años con los ojos más tristes que había visto— le enseñó que existía algo llamado amor. Pero Tomás murió, y con él murió la única parte de Valentina que sabía sentir.

Hasta que conoció a Adrián Montiel.

Adrián es frío, controlador y obscenamente rico. Dirige un imperio con la misma precisión con la que domina cada centímetro del espacio entre ellos. Valentina se convirtió en su amante secreta —sin nombre, sin promesas, sin futuro. Tres años viviendo en las sombras de un hombre que se parece demasiado al fantasma que ella no puede soltar.

Porque Valentina tiene un secreto: Adrián no es el hombre que ella ama. Es solo la sombra del que perdió.

Pero los secretos no duran para siempre.

Cuando la verdad estalla, Adrián descubre que durante tres años fue el sustituto de un muerto. Su orgullo se quiebra. Su mundo se incendia. Y en medio del fuego, sale a la luz otro secreto aún más devastador: Adrián tampoco es quien cree ser. Él también fue comprado, elegido y moldeado para reemplazar a alguien que ya no existe.

Dos sustitutos. Dos máscaras. Y entre los escombros, la pregunta que ninguno de los dos puede responder: ¿queda algo real debajo de todo lo que fingieron ser?

De las calles de San Martín a un pueblo costero donde el mar lava las mentiras, esta es una historia de posesión y libertad, de hombres que destruyen lo que aman y de una mujer que debe decidir si quiere seguir viviendo —y por quién.

NovelToon tiene autorización de Iris Vega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: El fantasma de Tomás

Cuando Mateo se fue, Valentina no abrió la puerta.

Esperó hasta que los pasos desaparecieron por la escalera y solo entonces sacó la carpeta gris del bolso. La puso sobre la cama como quien deja un corazón ajeno encima de una sábana limpia.

Había muchas formas de extrañar a un muerto.

Valentina conocía las peores.

Extrañarlo en silencio mientras otro hombre pronunciaba su nombre. Extrañarlo con la boca ocupada por besos que no le pertenecían. Extrañarlo al ver una mano sin pintura sobre su cintura. Extrañarlo cuando alguien le decía que no tenía que sonreír y el mundo, por un segundo, volvía a tener dieciocho años.

Abrió la carpeta.

La fotografía de Tomás Herrera seguía igual: una sonrisa detenida, pintura azul en la mejilla, el sol de Villa de los Pintores cayéndole sobre el cabello.

Valentina tocó la esquina.

—Yo no te busqué en él —susurró.

La mentira no sobrevivió ni un segundo en la habitación.

La primera vez que Tomás le habló, ella estaba sentada en las escaleras traseras de la Universidad de San Martín con una bolsa de pan dulce intacta sobre las rodillas.

Tenía dieciocho años, acababa de entrar a clases gracias a la insistencia de Doña Carmen y aún no entendía cómo comportarse entre jóvenes que se quejaban de exámenes como si reprobar fuera lo peor que podía pasarle a una persona.

Tomás apareció con una mochila manchada y un cuaderno de bocetos bajo el brazo.

—No estás comiendo —dijo.

Valentina lo miró con desconfianza.

—¿Y tú estás vigilando?

Él sonrió.

—Estoy dibujando.

Le mostró el cuaderno. Había trazado la escalera, las sombras de los árboles, los tenis de una chica que pasaba corriendo. Y, en una esquina, las manos de Valentina apretando la bolsa de pan.

—No pedí que me dibujaras.

—No dibujé tu cara.

—Eso no lo mejora.

—No —aceptó—. Pero puedo invitarte un café como disculpa.

Ella debería haberse ido. En esa época se iba de todas partes antes de que alguien tuviera tiempo de querer algo de ella. Pero Tomás no se acercó más. No insistió. Se sentó dos escalones abajo, abrió su propio pan y mordió con tanta naturalidad que Valentina, sin darse cuenta, abrió la bolsa.

Comió.

No hablaron mucho esa tarde.

Eso fue lo primero que le gustó de él.

Tomás no llenaba el silencio para adueñarse de él. Lo dejaba estar. Si ella respondía con una palabra, él no exigía diez. Si ella se quedaba mirando un punto fijo, él dibujaba. Si alguien se acercaba demasiado, Tomás levantaba la vista antes de que Valentina tuviera que retroceder.

Estudiaba pintura en un programa temporal entre Villa de los Pintores y San Martín. Decía que la ciudad le parecía demasiado gris y que por eso cargaba colores en la mochila, "por defensa personal".

—Eso no es defensa —le dijo ella una vez.

Tomás le enseñó las uñas manchadas de verde.

—Claro que sí. Hay días en que si no pinto algo, golpeo a alguien.

Valentina se rió.

La risa la asustó.

Tomás no la celebró como si hubiera conseguido un premio. Solo siguió mezclando pintura en una tapa de plástico.

—Ahí está —dijo.

—¿Qué?

—Tu cara cuando no estás pidiendo permiso para existir.

Ella dejó de reír.

Él también dejó de pintar.

—Perdón —dijo—. Fue demasiado.

—Sí.

—No vuelvo a decirlo.

Pero no tuvo que hacerlo. Valentina lo recordó igual.

Durante meses se encontraron en lugares pequeños: una biblioteca donde nadie levantaba la voz, un puesto de café junto al metro, un mural abandonado detrás de un mercado donde Tomás pintaba puertas en paredes cerradas. Él decía que las puertas servían aunque no se pudieran abrir, porque obligaban a imaginar salida.

Valentina empezó a escribir allí.

No le dijo a nadie. Ni a Doña Carmen, ni a Mateo, ni a Sebastián. Menos a Luciana. Se sentaba en una caja de madera, con una libreta sobre las rodillas, y escribía sobre una isla roja donde una muchacha despertaba sin saber si quería ser encontrada.

Tomás leía a veces por encima de su hombro.

—Tu protagonista muerde.

—Tiene razones.

—Me cae bien.

—No la conoces.

—Conozco a quien la está escribiendo.

Valentina le lanzó una tapa de marcador. Él la esquivó riendo.

No se enamoraron de golpe. Eso era lo que la gente no entendía de los amores que salvan. No llegan como incendio. Llegan como una taza de café puesta cerca sin obligarte a tomarla. Como un suéter prestado sin comentario. Como alguien que camina del lado de la calle sin anunciar que está protegiendo.

El primer beso ocurrió en Villa de los Pintores, bajo una lluvia ligera que no alcanzaba a mojar de verdad.

Tomás la había llevado a conocer el taller donde aprendió a pintar. Las paredes estaban llenas de manchas, bocetos, fotos viejas y una ventana enorme desde donde se veía la ladera de casas de colores.

—Aquí todo empezó —dijo él.

—¿Tu pintura?

—Mi forma de no odiar al mundo.

Valentina no supo qué responder.

Tomás se acercó despacio.

—Puedo besarte —dijo— o puedo fingir que no quiero hacerlo para que sigamos siendo prudentes.

Valentina lo miró.

—¿Y si digo que no?

—Pinto algo dramático y me recupero en tres días.

Ella soltó una risa breve.

—Qué exagerado.

—Soy artista. Es requisito.

Valentina fue quien lo besó primero.

No hubo promesas. No hubo futuro dicho en voz alta. Con Tomás, incluso la felicidad parecía cuidadosa, como si ambos supieran que las cosas buenas se asustaban con facilidad.

Aun así, durante un año, Valentina aprendió a esperar.

Esperaba sus mensajes con fotos de murales. Esperaba los fines de semana en que él viajaba a San Martín. Esperaba los veranos para ir a Villa de los Pintores y sentarse en el taller con olor a café, madera y trementina. Esperaba su voz diciendo su nombre sin convertirlo en orden.

Luego llegó Roberto Herrera.

Tomás casi nunca hablaba de su padre. Cuando lo hacía, cambiaba la postura, como si alguien hubiera entrado a la habitación aunque no estuviera allí.

—No le gusto —dijo una tarde.

—A muchos padres no les gustan los artistas.

—No es eso.

Valentina esperó.

Tomás frotó una mancha seca en su muñeca.

—Hay gente que no quiere hijos. Quiere extensiones de su voluntad.

La frase le habría sonado a Sebastián años después. En ese momento solo le dio miedo.

—Ven a San Martín —dijo ella—. Quédate.

Tomás sonrió de una forma que no le alcanzó a los ojos.

—No puedo todavía.

—¿Por qué?

—Porque si me voy mal, no me voy solo.

Nunca explicó esa frase.

La última llamada llegó un jueves de lluvia.

Valentina estaba en su cuarto de La Hacienda, corrigiendo un capítulo de la isla roja, cuando el nombre de Tomás apareció en la pantalla. Contestó al segundo tono.

—Te extraño —dijo ella, antes de saludar.

Hubo una pausa.

Demasiado larga.

—Val —respondió él.

Su voz sonaba lejos. No por señal. Por miedo.

Valentina se incorporó.

—¿Qué pasó?

—Nada que sea tu culpa.

El estómago se le cerró.

—Tomás.

—Escúchame. Si alguien pregunta por mí, di que no sabes nada.

—¿Quién va a preguntar?

—Prométemelo.

—No.

Él respiró hondo. Del otro lado se oía viento, agua golpeando algo metálico.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Decir no cuando tienes miedo.

Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Dime dónde estás.

—No puedo.

—Sí puedes.

—Val, por favor.

Era la primera vez que Tomás le pedía algo así.

Ella se quedó muda.

—Hay cosas que no pude contarte —dijo él—. Y tal vez me odies por eso.

—No me importa. Ven.

—Me importa a mí.

La llamada crujió.

Valentina escuchó una voz al fondo. Grave. Furiosa. Luego un golpe.

—Tomás.

—Tengo que colgar.

—No.

—Valentina.

Su nombre, completo, sonó como una despedida.

Ella se levantó de la cama.

—No te atrevas.

Tomás soltó una risa rota.

—Mírate. Dando órdenes.

—Tomás, por favor.

Otra pausa.

Cuando volvió a hablar, su voz estaba más baja.

—Vive bien.

Valentina dejó de respirar.

—No me digas eso.

—Vive bien, Val.

La llamada se cortó.

Esa noche no durmió.

Al día siguiente, una noticia local habló de un auto que cayó por un tramo viejo de carretera cerca de Villa de los Pintores. Lluvia, poca visibilidad, barandal roto. El nombre de Tomás Herrera apareció en un reporte policial que nadie quiso explicarle con claridad. Elena, su madre, no contestó llamadas. Roberto Herrera desapareció de la ciudad durante semanas.

A Valentina no la dejaron ver un cuerpo.

Le dijeron que era mejor así.

Siempre había alguien decidiendo lo que era mejor para ella.

Volvió a San Martín con una caja cerrada, un certificado, una foto y una frase clavada bajo las costillas.

Vive bien.

Valentina cerró la carpeta gris.

En el pasillo de La Hacienda, todo estaba quieto. Mateo ya no estaba en la puerta. Nadie la llamaba. Nadie le pedía explicaciones.

Se acostó sobre la cama sin quitarse los zapatos y apretó la fotografía contra el pecho.

Tomás le había pedido que viviera bien.

Ella, en cambio, había encontrado a Adrián Montiel.

1
Reyes Sánchez
excelente novela, me encantó que aunque es difícil poner límites la protagonista lo logró. gracias
Graciela Saiz
pensé que Sebastián terminaría enamorado de Camila 😂
Graciela Saiz
me da penita Sebastián 😢
Graciela Saiz
y dónde van a vivir 🤔
Graciela Saiz
el por momentos parece que ve , aparte de como escribió la carta 🤔, y eso de estar siempre en la silla de ruedas , si el no tiene nada en las piernas, 🤷
Graciela Saiz
uh está tarada ve a Tomás por todos lados 😏
Clara Eneida Garcia Gonzalez
bueno la llave se la llevó ella que el se la dejo en el banco y resulta que después el se l vuelve a dar, contradictorio, ella nunca se la devolvió.
Graciela Saiz
que boba Renata 🤷
Graciela Saiz
ya le estoy tomando asco a Valentina 😏
Graciela Saiz
no es Carrasco por mal que les pese ,
Graciela Saiz
ella me está cayendo bastante mal 🤬
Graciela Saiz
es una víbora esa Luciana 😏
Franmar Cordova
me gusta la historia .. pero ya la caraja es media pesada .. no quiere nada necesito que se deje de pendejada .. tiene al pobre Adrián jalando le bolas .. más arrastrado no puede estar y ella haciendose que se ahoga
Mary Cabrera
y que paso con Marcos? y el acaso no sigue trabajando en las empresas
Mary Cabrera
pero no entiendo por que sigue en silla de ruedas si él no quedó inválido, fue por sus ojos puede caminar 🤔
Mary Cabrera
Adrian me gustó mucho esa carta🥹 no fue romántica ni con palabras aduladoras,solo palabras que salen de un corazón conciente y con cicatrices 😍🧾
Mary Cabrera
😧hay pobre Adrián siempre fue un reemplazo de alguien ya muerto 🥹 pobrecito un dolor de sentirse que no es su vida su identidad si no de otra persona
Mary Cabrera
si Adrián es adoptado puede ser que fueran hermanos gemelos y por eso el parecido y lo peor no sabían nada 🤔
Mary Cabrera
Renata muy confiada y te puede salir mal 😏 cuidado cuando se busca mucho y no se sabe proteger 🤨
Mary Cabrera
🥹🥹🥹 duró para los dos y todo por un 👻 que no se sabe si es real o no 🤔
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