Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 12
(Sara)
La oscuridad de la noche envolvía el campus cuando Jhon me guió por el pasillo trasero del estadio de hockey.
El silencio en el gran complejo deportivo era absoluto, roto únicamente por el eco de nuestras botas sobre el suelo de hormigón.
Jhon sacó un juego de llaves doradas de su bolsillo, abrió la pesada puerta de metal que conducía directamente al área de la pista y encendió solo una fila de luces del techo.
El hielo perfecto brillaba bajo la luz tenue, liso y desierto, como un espejo congelado.
—Jhon, esto está cerrado al público —dije, deteniéndome al borde de la barrera de madera—. Si el encargado de seguridad nos descubre aquí dentro a estas horas, te van a meter en problemas graves.
—El encargado de seguridad es mi amigo y sabe que el capitán necesita horas extra de hielo para no perder el ritmo, genio —respondió Jhon con una sonrisa ladeada, sentándose en el banco para ajustarse los patines—. Pero hoy no vine a entrenar mis tiros a la red. Vine a enseñarte a moverte en mi espacio tridimensional.
Toma estos.
Me tendió un par de patines blancos de figura que lucían completamente nuevos.
Tragué saliva, sintiendo que los nervios me traicionaban, pero ver la calidez en sus ojos grises me obligó a sentarme a su lado y cambiar mis botas.
Cuando pisé el hielo por primera vez, mis piernas temblaron como gelatina y estuve a punto de colapsar de espaldas, pero los brazos masivos de Jhon me rodearon la cintura de inmediato, pegando mi cuerpo al suyo con una firmeza que me devolvió el aliento.
—Te tengo, Sara. No te voy a soltar —susurró Jhon, inclinando la cabeza para mirarme a través de mis gafas de marco negro—. Solo relaja las rodillas y déjate llevar.
—Esto desafía las leyes básicas de la fricción, Jhon. Mis pies no tienen ningún punto de agarre estable en esta superficie —protesté, aferrándome a sus hombros con una fuerza salvaje mientras empezábamos a deslizarnos lentamente por el centro de la pista vacía.
—Olvida las leyes de la física por cinco minutos, Miller. Siente el movimiento —Jhon se deslizó hacia atrás, tomándome de ambas manos y guiándome con una gracia asombrosa—. Mira el frente. Mira mis ojos.
No mires al suelo.
Hice lo que me pidió. Clavé mi mirada en la tormenta gris de sus ojos y, de repente, el miedo a caer desapareció por completo.
Nos mecimos juntos en el centro de la pista helada, rodeados por la inmensidad del estadio vacío, bajo la luz azulada del techo.
Jhon redujo la velocidad hasta detenernos por completo, pero no me soltó las manos; se acercó tanto que pude sentir el calor de su aliento a menta en mis labios.
Una chispa inconfesable de sentimientos profundos me quemó el pecho.
Me estaba enamorando de él a una velocidad que ninguna progresión geométrica podía calcular, pero me obligué a guardar silencio, disfrutando de la inmensa paz de estar a salvo entre sus brazos.
(Jhon)
El lunes por la mañana el sol brillaba con fuerza sobre el campus, comenzando a derretir la nieve acumulada de la semana anterior.
Recordé nuestra conversación en el apartamento sobre sus waffles favoritos de Boston, así que me levanté a las seis de la mañana para conducir hasta una pastelería del centro de la ciudad.
Entré a la cafetería central de la universidad cargando una caja gigante de cartón y busqué la mesa del rincón, donde Sara ya estaba sentada organizando sus apuntes de química.
—Buenos días, genio. Traje el combustible necesario para que tu sistema mantenga el equilibrio térmico hoy —dije, dejando la caja sobre la mesa y abriéndola para revelar un plato gigante de waffles con doble porción de chocolate fundido y fresas frescas.
Sara abrió los ojos de par en par detrás de sus gafas, y una sonrisa limpia y hermosa iluminó su rostro por completo.
—No puede ser, Jhon. ¿Fuiste hasta el centro solo por esto? —preguntó, tomando un tenedor con una emoción que intentó disimular sin éxito.
—Te dije que tomaba nota de tus gustos, Miller. El capitán siempre cumple sus promesas —respondí, sentándome frente a ella y sirviéndome una taza de café—. Además, quería que tuvieras un buen desayuno antes de que viéramos el final de la ecuación de hoy.
Mira hacia la entrada.
Sara giró la cabeza justo en el momento en que Carter cruzaba la puerta doble de la cafetería.
Llevaba una chaqueta civil en lugar de su jersey del equipo y en su mano derecha sostenía un sobre beige oficial del rectorado.
Su rostro estaba completamente pálido y sus ojos reflejaban una furia impotente. Al vernos juntos, se detuvo en seco, apretando el sobre con tanta fuerza que el papel se arrugó.
—Esto es tu culpa, King —escupió Carter, acercándose a nuestra mesa a una distancia prudente, cuidando de no romper la regla de seguridad—. La expulsión definitiva del programa llegó a mi correo esta mañana. Me destruiste la carrera por defender a esta muerta de hambre.
—Tú te destruiste la carrera solo, Carter, el día en que pensaste que podías usar tu tamaño para asustar a la gente en este campus —respondí, levantándome de la silla lentamente, cubriendo a Sara con mi cuerpo—. La expulsión del equipo es solo el inicio. El decano ya envió tu expediente de Boston al tribunal civil del estado.
Tienes exactamente dos horas para vaciar tu casillero del vestuario antes de que la seguridad de la universidad te escolte fuera de los límites de Minnesota.
Lárgate de mi vista.
Carter tragó saliva, mirando el moretón que aún decoraba mi pómulo, y dio la vuelta con brusquedad, saliendo de la cafetería de prisa. Me senté de nuevo y miré a Sara; ella estaba completamente tranquila, disfrutando de un trozo de waffle con chocolate.
El miedo ya no existía en su sistema; la victoria de nuestra estrategia era absoluta.
(Sara)
Por la tarde nos reunimos en nuestro cubículo habitual de la biblioteca para terminar la revisión de los vectores hiperbólicos.
La atmósfera entre nosotros se sentía ligera, llena de una complicidad romántica que no requería de declaraciones formales para confirmarse.
Jhon estaba respondiendo el último problema del cuaderno cuando su teléfono celular comenzó a vibrar con insistencia sobre la mesa de madera, mostrando el nombre de su madre en la pantalla.
—Es Eleanor. Si no respondo ahora, es capaz de llamar al departamento de policía del campus para saber si sigo vivo —bromeó Jhon, presionando el botón de altavoz y dejando el aparato en medio de nosotros—. Hola, mamá. Estoy en medio de una sesión de estudio muy importante.
—Hola, Jhonny —la voz alegre de su madre resonó con claridad en el cubículo silencioso—. Solo llamaba para confirmar los detalles de la cena del viernes. Tu padre y yo ya compramos los boletos de avión desde Ottawa. Pero el verdadero motivo de mi llamada es otra variable que necesito resolver de inmediato. ¿La señorita Sara Miller va a asistir a la cena como tu tutora oficial o ya puedo empezar a llamarla mi nuera oficial? Porque tus últimos mensajes solo hablan de lo brillante que es sus ojos y de lo bien que explica las matemáticas.
Jhon sintió cómo el color subía por todo su cuello de golpe, poniéndose completamente rojo de la vergüenza en un segundo. Golpeó la mesa con el lápiz y se apresuró a tomar el teléfono para quitar el altavoz, tartamudeando sin saber qué responder.
—¡Mamá! Por Dios, cierra la boca, Sara está justo aquí escuchando todo —exclamó Jhon, tapando el micrófono con la palma de su mano mientras me miraba con una timidez extrema que me pareció la cosa más tierna del planeta.
Yo me quedé congelada en mi lugar, sintiendo que las mejillas me quemaban por el rubor, pero una risa ligera y feliz se me escapó de los labios al ver el pánico del gran capitán de hockey. Mis sentimientos por él ya no eran una hipótesis sin comprobar; eran un hecho absoluto y monumental en mi realidad.
—Dile a tu madre que acepto la invitación a la cena, Jhon —dije en voz alta para que el teléfono alcanzara a escucharme, mirándolo por encima del marco de mis gafas con una chispa de profunda calidez—. Y dile que el capitán todavía necesita repasar mucho su geometría si quiere mantener su estatus en mi mesa.
Jhon soltó un suspiro de alivio, sonriéndome con una devoción silenciosa que me confirmó que, sin importar las sombras del pasado o las opiniones del campus, nuestra perfecta ecuación de amor y supervivencia ya había encontrado su resultado definitivo.