Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capítulo 1
Las luces del set apuntan a un presentador de noticias frente a las cámaras.
—Buenas noches —dice el presentador con tono sombrío—. Hoy se cumplen cinco años de la absolución de Rubí Vicentelli, la mujer acusada y luego declarada inocente por la muerte de sus dos primeros esposos. Hoy, contra todo pronóstico, Rubí regresa a la opinión pública al anunciar su tercer matrimonio… Esta noche, el misterio se viste de gala.
La noche golpea los vitrales de una imponente cripta antigua. Entre las tumbas, una figura vestida con un traje de novia completamente negro y un velo espeso camina en silencio. Lleva en sus manos una rosa de cristal. Se detiene ante una tumba vacía que tiene una inscripción recién tallada: “Reservado mi próximo pecador”.
Una recepción ostentosa está en pleno desarrollo. Periodistas y guionista se aglomeran detrás de un cordón de seguridad. Entre los invitados, Alejandro intercepta a Elena en un rincón.
—¿Dónde está ella? —pregunta Alejandro, tenso—. La prensa está devorándonos vivos afuera. Si Rubí no sale ya, este matrimonio va a parecer una farsa antes de empezar.
—Cálmate, Alejandro —responde Elena, ocultando su nerviosismo tras una sonrisa falsa—. Rubí sabe exactamente cómo manejar el drama. Además, Julián es el único hombre que puede salvarnos de la ruina con su fortuna.
—O el próximo en terminar bajo tierra —sentencia Alejandro con amargura.
El crujido del candelabro cediendo bajo el peso del cuerpo de Julián es el único sonido que compite con la tormenta afuera. Los invitados están aglomerados contra las paredes, asfixiados por el pánico. El olor a hierro y lluvia inunda el lugar.
Elena cae de rodillas, arrastrando las faldas de su costoso vestido sobre el charco que se expande por la alfombra.
—¡Bajenlo! —grita Elena, con la voz rota, perdiendo toda la compostura aristocrática—. ¡Por el amor de Dios, Alejandro, haz algo! No puede quedarse ahí colgado… ¡No en mi casa!
Alejandro ni se inmuta. Tiene los ojos clavados en Rubí, quien permanece de pie, inmóvil como una estatua de mármol negro.
—Nadie va a tocar ese cuerpo —sentencia Alejandro, con la mandíbula apretada y los puños temblando—. Si lo tocamos, la policía nos acusará a todos. Especialmente a ella.
Los fotógrafos de la prensa escrita, atrapados en el salón, no paran de disparar sus cámaras. Los flashes iluminan de forma intermitente el rostro pálido del cadáver y la silueta de Rubí.
Berenice dio un paso al frente, tambaleándose. A sus cincuenta años, la tía de la familia todavía conservaba una elegancia afilada, aunque el temblor en sus manos y la mirada vidriosa delataban demasiadas noches sostenida por calmantes.
—Fuiste tú… —acusa Berenice, con los ojos desorbitados—. Eres una maldición para esta familia. Desde que entraste por esa puerta hace años, solo traes ataúdes. ¡Diles a todos cómo convenciste a Julián de cambiar el testamento esta misma tarde!
Los murmullos estallan entre los invitados. La sospecha se contagia como una peste en el salón.
Rubí gira la cabeza lentamente hacia Berenice. No hay ira en su rostro, solo una profunda y desgarradora lástima que incomoda a los presentes.
—Si yo fuera la asesina, tía Berenice… —su voz es baja, rasposa, profundamente humana—, usted no estaría viva para cobrar las deudas que Julián le perdonó ayer. Busque el veneno en sus propias copas antes de mirar las mías.
Las enormes puertas de roble crujen bajo los golpes de los guardias de seguridad desde el exterior, intentando romper las cadenas que alguien colocó minuciosamente.
Santiago se abrió paso entre la multitud. Era joven para cargar con tantos secretos ajenos, pero la libreta arrugada entre sus manos y la forma en que miraba a Rubí dejaban claro que no estaba allí solo como periodista.
—Esto no es coincidencia, Rubí —dice Santiago, tratando de mantener la voz firme, aunque la respiración lo delata—. El mismo patrón de hace cinco años. La rosa de cristal, el cortejo fúnebre antes del crimen… Hay alguien afuera que imita tus tragedias, o tú finalmente perdiste la cabeza.
Rubí lo mira a los ojos. Por primera vez, se nota una grieta en su armadura de hielo; sus ojos brillan, cargados de un dolor antiguo.
—Santiago, tú me conoces mejor que nadie en este maldito pueblo —le susurra, tan cerca que solo él puede escucharla—. Sabes perfectamente que yo amaba a Julián. Él era mi salida de este infierno. ¿Por qué destruiría mi única oportunidad de ser libre?
—Porque la libertad para ti siempre viene con sangre —responde Santiago, con una mezcla de amargura y fascinación.
Un golpe seco retumba. Las cadenas de la entrada principal ceden y las puertas se abren de par en par, dejando entrar una ráfaga de viento helado que apaga varias velas del salón.
El silencio vuelve a ser palpables. En el umbral de la puerta, empapado por la tormenta, En el umbral apareció el detective Marcano, empapado por la tormenta. La gabardina le goteaba sobre el suelo de madera y su rostro tenía el desgaste de un hombre que había visto demasiados cadáveres en casas demasiado elegantes.
Marcano camina despacio, ignorando los flashes de los fotógrafos. Sus ojos viajan desde el cadáver colgante en el candelabro hasta detenerse, inevitablemente, en Rubí y su vestido de novia negro.
—Vaya, vaya… —dice Marcano, quitándose el sombrero mojado—. Cinco años sin vernos, Rubí. Veo que el negro sigue siendo tu color favorito para las bodas.
Elena se levanta del suelo, limpiándose las lágrimas con rabia.
—Detective, arrestela. Ella lo planeó todo. Estaba arriba antes de que Julián muriera.
Marcano camina alrededor de Rubí, observando los detalles: el encaje, las manos limpias, la rosa de cristal que aún yace en el suelo tras haber caído de las manos de la víctima.
—Para acusar a una Vicentelli se necesita más que el odio de su suegra, señora Elena —dice Marcano, deteniéndose frente a Rubí—. Pero dígame una cosa, muchacha… ¿Qué se siente ser la novia más cotizada del cementerio?
Rubí sostiene la mirada del detective sin pestañear. La tensión en el aire es tan densa que casi se puede cortar.
—Se siente… —responde Rubí, con una sonrisa triste y enigmática— como si el verdadero asesino estuviera disfrutando de este interrogatorio en este mismo salón. Mire a su alrededor, detective. Todos aquí tenían una razón para ver a Julián colgado.
Marcano sonríe con ironía, pero sus ojos denotan preocupación. Sabe que la mujer del velo ha vuelto, y esta vez, el juego apenas comienza.