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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: Entre excusas y culpables

El ambiente era tan pesado que juraría que el aire tenía consistencia.

En serio, si alguien hubiera aventado una cuchara al techo, probablemente se habría quedado pegada.

Nadie hablaba. Bueno... nadie hablaba todavía. Todos evitaban mirarse directamente, como si con eso pudieran convencer al universo de que la reunión jamás había empezado.

Day me hizo una pequeña seña con la mano desde el fondo de la sala. "Ven para acá."

Negué con la cabeza.

Las dos sabíamos perfectamente que esconderme detrás de veinte personas no iba a cambiar absolutamente nada.

Si iba a estallar una bomba, prefería verla desde la primera fila.

Además... giré un poco la cabeza. Ahí estaba la rubia oxigenada.

Sentadita como si no hubiera roto un plato en toda su vida, qué bonita se veía cuando estaba nerviosa.

Sonreí para mí misma.

Sí.

Definitivamente me iba a sentar enfrente de ella.

Tomé una silla y la arrastré con toda la tranquilidad del mundo, el rechinido resonó por toda la sala.

Varias personas levantaron la vista.

Me senté justo enfrente de Alejandrina.

Ella evitó mirarme y en cambio yo le regalé mi sonrisa más amable. Bueno... la más amable que pude fingir. Solo quería ponerla más incómoda y funcionó.

Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y bajó la vista hacia sus papeles.

《Punto para mi》

La reunión comenzó o al menos eso intentaban hacernos creer.

Porque durante los siguientes minutos no pasó absolutamente nada útil.

El director hablaba, Alejandrina asentía.

Alguien intentaba justificarse, otro culpaba al departamento de diseño, después al de fotografía, luego al de edición, después otra vez a diseño.

Era como ver una lavadora. Todo daba vueltas y terminaba exactamente en el mismo lugar.

A los cinco minutos dejé de prestar atención, no porque fuera irresponsable. Bueno... tal vez un poquito.

Pero era imposible concentrarse cuando llevaban media hora diciendo exactamente las mismas tonterías.

Empecé a jugar con una de mis trenzas. La hice girar alrededor de mi dedo.

《Mmm...》

《Necesito retocarme el cabello, las puntas ya no estaban tan bonitas. Quizá debería cortarlo o plancharlo.》

Bajé la vista hacia mis uñas y en automático arrugué la nariz.

—Qué horror...

《Melocotón con negro. ¿En qué momento pensé que aquello era una bonita combinación?》

《Creo que debo traer un esmalte negro dentro del bolso.》

Mientras planeaba mi próxima manicura, el director seguía hablando. No tenía idea de qué estaba diciendo y mucho menos ganas de hacerle caso.

Hasta que una frase logró atravesar todo mi desinterés.

—Es culpa de Dayana.

Levanté lentamente la cabeza.

Ah...

Ya salió la cobarde.

Miré a Alejandrina, no hacía falta ser detective para entender lo que estaba pasando.

La señorita perfecta acababa de decidir que era mejor lanzar a alguien más al fuego antes que admitir que ella había cometido un error.

Toda la sala quedó en silencio, me giré hacia Day.

Seguía completamente concentrada en su libreta, ni siquiera estaba escuchando.

Con una mano sostenía el bolígrafo mientras trazaba líneas rápidas sobre una hoja llena de anotaciones.

La conocía demasiado bien.

Cuando hacía eso era porque prefería avanzar trabajo antes que desperdiciar el tiempo escuchando estupideces.

Entonces levantó la cabeza y con toda la calma del mundo.

—¿Y ahora yo qué hice?

Tuve que morderme el labio. Si me reía, el viejo iba a explotar antes de tiempo y eso no iba a ser divertido para mi.

—¡Dayana! —rugió el director golpeando la mesa—. ¿Estás al menos escuchando?

Ella lo miró apenas un segundo.

—No.

Un enorme silencio se impuso. Sentí que hasta el aire acondicionado dejó de hacer ruido. Un simple "no" había provocado más impacto que toda la reunión.

—¿Cómo que no? —preguntó el director.

—La verdad... esto me parece una pérdida de tiempo.

Bajé inmediatamente la cabeza.

《No debo reirme... No... No debo》

Sentía los hombros temblándome, si levantaba la vista iba a soltar la carcajada.

Alejandrina abrió los ojos como si acabara de presenciar un asesinato. El director respiró tan fuerte que por un momento pensé que iba a darle algo.

—¡Pero al menos sabes por qué tienes la culpa!

Dayana apoyó el bolígrafo sobre la libreta.

—La verdad... no me interesa saberlo.

—¿No te interesa?

—No.

El pobre hombre parpadeó varias veces.

Creo que su cerebro estaba intentando aceptar que alguien acababa de decirle, en toda su cara, que su sermón le importaba exactamente cero.

—¿Cómo que no te interesa?

—Porque sé que no hice nada.

Sonreí.

Conocía perfectamente esa mirada.

Después de tantos años trabajando juntas ya podía reconocer cuándo Day estaba tranquila...

Y cuándo estaba a punto de romperse aquella calma no era verdadera.

Era cansancio el cual lo llevaba acumulando desde hace años.

Hacia el trabajo de como cinco personas, corregía errores ajenos, la obligaban a aceptar proyectos imposibles.

Y todavía encontraba tiempo para ayudarme cuando yo olvidaba entregar algo.

Nunca se quejaba o casi nunca.

Por eso aquella tranquilidad me preocupó, por que cuando Dayana dejaba de discutir...

Era porque ya había tomado una decisión, solo que yo todavía no sabía cuál.

El director siguió hablando, más bien gritando. Intentó convencer a todos de que el desastre era culpa de Dayana.

Que si los archivos, que la edición, que los tiempos.. puras tonterías. Y yo lo puedo confirmar, yo estaba ahí y habia visto quién salió tarde durante casi una semana.

Había visto quién corrigió documentos hasta tarde. Había visto quién rehízo una campaña entera mientras la rubia se iba temprano porque tenía "otro compromiso".

Así que antes de que pudiera pensarlo... dije con toda la intención.

—Porque yo recuerdo perfectamente quién se quedó hasta las nueve de la noche corrigiendo esos documentos.

Toda la sala giró hacia mí y Alejandrina me fulminó con la mirada.

—Noox, nadie te preguntó.

Sonreí.

—Y aun así tengo razón.

Me encogí de hombros, no era mi culpa que la verdad tuviera tan mala fama.

Algunas personas comenzaron a reír bajito. Muy bajito. Como cuando en la escuela alguien hacía enojar al maestro y todos intentaban disimular.

El director golpeó la mesa otra vez.

—¡Cállense todos! El problema aquí es que el cliente está enojado y debemos resolverlo.

Sí, claro. " Resolver" es una bonita palabra. Lástima que nadie estuviera resolviendo absolutamente nada.

Dayana dejó finalmente la libreta sobre la mesa. La observé de reojo, se masajeó una sien. Eso tampoco era buena señal pues últimamente sufría dolores de cabeza demasiado seguido.

Y yo sabía perfectamente por qué. Dormía y comía poco. Vivía a base de café y pura terquedad. Respiró hondo antes de hablar.

—Dígame quién es el cliente.

El director tardó unos segundos en responder. Como si estuviera decidiendo cuánto dramatismo añadir.

—El con el que trabajan siempre.

Vi cómo Day arqueaba una ceja.

—¿Siempre? ¿A poco sí?

Abrió nuevamente su cuaderno yrRevisó un par de hojas.

—Entonces... ¿es el gimnasio?

—No.

—¿La editorial médica?

—No.

—¿La campaña de turismo?

—No.

Cerró la libreta de golpe.

—Entonces dígalo de una vez.

La paciencia de Dayana se estaba agotando y la del director también. Finalmente soltó el nombre.

—Es la agencia del señor Amati.

Fruncí el ceño.

《Amati... Amati... Amati...》

No me sonaba absolutamente de nada, qué raro. Yo era quien organizaba buena parte de la planeación interna, si existía un cliente tan importante, al menos debía haber escuchado su nombre alguna vez.

Nop, nada. Mi cerebro seguía completamente en blanco.

《Qué extraño...》

Solo se me ocurrió una teoría. Tal vez alguien quiso aprovecharse de la fama de un empresario importante. Prometieron alguna campaña espectacular y aceptaron un proyecto que claramente no podían manejar.

O simplemente se inventaron algún chisme y eso afecto la reputación. Quién sabe que sucedió pero algo queda claro. Todo salió y ahora necesitaban un chivo expiatorio.

Mi sonrisa volvió.

Ah...

Ahora todo tenía sentido, ya entendía hacia dónde iba el espectáculo.

—Ah... —dije entre risas—. Lo que quiere decir... es que quieren echarle la culpa a alguien.

Toda la sala volvió a girarse hacia mí, Alejandrina fue la primera.

—Noox...

Su tono sonó como una advertencia. Le sonreí, con una de las típicas que anunciaba problemas.

—Y ese alguien... —continué sin ningún tipo de vergüenza—... va a ser Alejandrina.

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