🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Emperatriz
Dos meses de lunas pálidas y lluvias invernales pasaron sobre las tejas doradas del Palacio de la Primavera Eterna. Sesenta días de una rutina medicinal tan rígida como asfixiante, donde cada amanecer y cada crepúsculo estaban marcados por el aroma terroso del aceite de loto salvaje caliente y el tintineo de las agujas de plata. El tratamiento diario, doloroso y profundo, comenzó a cobrar su cuota de restauración en la anatomía delgada de Li Xiaowei. Los masajes implacables de Yan Jincheng rompieron los nudos de la carne, y el alineamiento forzado de los tendones permitió que el desgarro interno cerrara de forma definitiva. El paso del nuevo Emperador recuperó la simetría; la cojera, antes evidente, se redujo a una sutil rigidez que solo aparecía tras las largas horas en el consejo, oculta con éxito bajo el peso de sus pesadas túnicas doradas.
Físicamente, el monarca sanaba, y con esa mejoría, su espíritu de jade cedió solo un milímetro. Xiaowei ya no soltaba gemidos de pánico cuando el general se aproximaba a la cama, pero la sumisión de su cuerpo no significaba la entrega de su alma. La desconfianza seguía latiendo en sus ojos como una llaga abierta.
Durante esas semanas, Jincheng se transformó en una sombra, un espectro militar que custodiaba la existencia del joven las veinticuatro horas del día. El general no hablaba a menos que fuera estrictamente necesario, pero su presencia dominante era el aire que llenaba las estancias imperiales. Cuando el viejo médico militar aplicaba la acupuntura, introduciendo las finas agujas de plata en los puntos de energía de la cadera y el vientre de Xiaowei, Jincheng permanecía de pie al pie del lecho, con los brazos cruzados y la mirada fija en el rostro del Emperador, absorbiendo cada espasmo de dolor del joven como un castigo propio.
La obsesión del general llegó al extremo de vigilar incluso los momentos más íntimos del soberano. Cuando los sirvientes reales y el viejo Lao Chang preparaban el baño imperial en la tina de mármol blanco, inundando el ambiente con vapor caliente y pétalos de crisantemo, Jincheng se apostaba junto a la puerta de madera lacada. No miraba con lujuria; sus ojos enrojecidos observaban la delgadez del cuerpo de Xiaowei y las marcas moradas que ya se desvanecían en su piel de manera culposa, como un verdugo que vigila que su obra no vuelva a romperse. Xiaowei soportaba esa vigilancia en silencio, sumergido en el agua caliente, manteniendo los ojos cerrados para no encontrarse con la mirada del hombre que había desgarrado su carne, pero asumiendo que la sombra del general era ahora el precio de su seguridad política.
En el exterior de los aposentos privados, la reconstrucción de la corte imperial avanzaba bajo un clima de extrema tensión. Los ministros supervivientes, aristócratas refinados que habían recuperado sus asientos tras la purga de la plaza pública, se reunieron en el Salón del Consejo Supremo. Sentados en sus banquetas, los sabios de la corte murmuraban entre dientes, frotándose las manos dentro de sus largas mangas de invierno. La dinastía Li se mantenía en el trono, pero los ministros veían con profunda preocupación la falta de un heredero y la alarmante influencia del ejército sobre las decisiones del nuevo monarca.
Li Xiaowei presidía la reunión desde su sitial de madera tallada. Vestía sus ropas oficiales dorada con los nueve dragones bordados en los hombros. Su rostro, aunque recuperaba el color sutil de la salud, mantenía esa fijeza fría e inalcanzable que caracterizaba su gobierno.
—Majestad —comenzó el Ministro de Ritos, un anciano de barba blanca larga que se adelantó al centro del salón con una reverencia que rozó el suelo pulido—. El imperio ha recuperado la paz tras la tormenta, pero la estabilidad de una dinastía no solo depende del acero de las fronteras. Un Emperador sin descendencia es un trono expuesto a la ambición de los rebeldes. La corte solicita formalmente que Su Majestad elija una Emperatriz entre las hijas de las grandes familias de las provincias del sur antes de que termine la primavera.
Un murmullo de aprobación corrió entre los consejeros oficiales. Los sabios buscaban desesperadamente introducir una mujer de su propia facción en el lecho imperial, una estrategia política para desplazar la influencia militar y debilitar el control que el general ejercía sobre el palacio.
—El palacio periférico de la Gruta Azul ya ha sido preparado para recibir a las candidatas —continuó el ministro, elevando la voz al notar el silencio del monarca—. Un soberano que ha sufrido... un paso quebrado debido a los avatares de la guerra, necesita asegurar la sucesión de forma rápida. Una Emperatriz traerá la pureza que este salón necesita.
El insulto indirecto a la cojera del príncipe y la clara alusión a su debilidad desataron un pánico del protocolo inmediato en el salón del consejo. Los ministros contuvieron el aliento, mirando de reojo hacia la sombra de las columnas de laca roja.
No tuvieron que esperar mucho.
Las pesadas puertas de madera del salón no se abrieron, sino que vibraron bajo el impacto de un paso firme y pesado. Yan Jincheng avanzó desde la penumbra del corredor, irrumpiendo en la reunión del consejo con una violencia feroz que congeló la sangre de todos los presentes. El general vestía su uniforme oficial de Comandante Supremo, con su capa militar negra flotando tras él y su mano derecha apoyada firmemente sobre la empuñadura de su espada. Su rostro era la viva imagen de un demonio de la guerra; sus ojos completamente rojos brillaban con una furia posesiva y salvaje, y la cicatriz de su mejilla izquierda se tensaba cada vez que apretaba la mandíbula.
Jincheng caminó por el pasillo central, ignorando por completo el protocolo que prohibía a los oficiales militares interrumpir el consejo de sabios sin una invitación formal. Se detuvo justo al lado del Ministro de Ritos, superándolo en altura de forma intimidante.
—¿Una Emperatriz? —la voz dominante de Jincheng resonó en todo el salón, amplificada por los altos techos y cargada de un desprecio que hizo temblar a los consejeros más viejos—. ¿Qué facción de este salón podrido cree que tiene el derecho de decidir quién entra en la alcoba del soberano?
El general desenvainó la mitad de su espada con un sonido metálico, seco y cortante que hizo que el Ministro de Ritos diera tres pasos hacia atrás, tropezando con sus propias túnicas.
—Escúchenme bien, escorias —rugió Jincheng, barriendo el salón con una mirada letal que infundía más terror que un decreto de muerte—. Li Xiaowei es el único dueño de este imperio. Su corona fue purificada con la sangre de los traidores en la plaza pública, y soy yo quien comanda las setenta mil lanzas que protegen estas murallas. El lecho del Emperador ya tiene un guardián, y ese guardián soy yo. A partir de hoy, el próximo ministro que ose pronunciar la palabra "Emperatriz" o que se atreva a mencionar la salud de Su Majestad para cuestionar su legitimidad, perderá la lengua antes del anochecer. ¡La dinastía Li no necesita la sangre de sus hijas para mantenerse en pie mientras mi acero siga afilado!
La intervención posesiva del general desató una tremenda conmoción silenciosa. El pánico del protocolo era absoluto: ver al comandante del ejército rebelde reclamar de forma tan cruda, pública y violenta el lecho del monarca rompía todas las reglas morales de la corte imperial. Los ministros se postraron de inmediato, pegando la frente al suelo, temblando ante la certeza de que Jincheng no estaba bromeando.
Desde su sitial, Xiaowei observó la escena con los dedos clavados en los brazos de su trono. El esfuerzo por mantener la compostura aristocrática hizo que su respiración se volviera rápida y superficial. La demostración de posesión de Jincheng, aunque lo protegía de las intrigas de los ministros corruptos, desató un nuevo choque en su pecho. El trauma regresó con fuerza; esa furia posesiva del general le recordaba con demasiada crudeza la embriaguez de poder con la que el hombre lo había reclamado como su consorte cautivo. La desconfianza eterna seguía allí: ¿lo defendía por amor, o porque seguía considerándolo una propiedad exclusiva de su botín de guerra?
—El consejo ha terminado por hoy —anunció Xiaowei. Su voz suave fue un hilo de agua helada que recorrió el salón, carente de cualquier calor—. Retírense. El General Yan tiene asuntos militares que discutir conmigo en privado.
Los ministros abandonaron el salón a toda prisa, arrastrando sus túnicas en un silencio frío, dejando a los dos esposos solos bajo la inmensidad de los dragones de oro, listos para regresar a la penumbra de los aposentos imperiales, donde el Trono seguía siendo el escenario de una batalla interminable entre un soberano que sanaba en el cuerpo pero temblaba en el alma, y la sombra posesiva de un esposo que aún buscaba la redención en la distancia de sus propios pecados.