🔞🌟✅️Jude Lennox, un talentoso pianista de treinta y cinco años atrapado en un invierno emocional tras la pérdida de su madre. Incapaz de tocar una sola nota, Jude camina sin rumbo bajo el monzón de Bristol hasta que encuentra refugio en una cálida cafetería-librería llamada Le June.
Allí conoce a Alistair, el dueño del local, un hombre robusto de treinta años con una mirada magnética y un hermoso tatuaje musical en su brazo. Entre ellos surge una atracción inmediata y madura. Aunque deciden comenzar a conocerse sin etiquetas, la pasión y la devoción protectora de Alistair se convierten en el cable a tierra que Jude tanto necesitaba.✅️🌟🔞
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Su hombre
La mañana del lunes en el campo despertó con un cielo limpio y un sol radiante que evaporaba el rocío de los pastizales. Jude abrió los ojos en la cabaña de invitados, sintiendo el cuerpo gratamente pesado y la mente libre de la neblina gris de Bristol. A su lado, Alistair ya se estaba vistiendo, colocándose unos vaqueros cómodos y una camiseta sin mangas que dejaba ver toda la fisonomía de sus hombros anchos y sus brazos.//QUE RICO ME LO IMAGINABA😈🤓//
—Buen día —dijo Alistair, inclinándose para darle un beso corto y húmedo en los labios—. Hoy tengo bastante trabajo. Además de venir a verte sonreír en el campo, mi prioridad era ayudar a mi padre a reparar varias cercas rotas del corral y arreglar una filtración en el tejado. Su salud está frágil y no puede encargarse de esas tareas pesadas.
Jude se incorporó en la cama, cubriéndose con la manta de lana. Miró la musculatura del menor, sintiendo una profunda admiración por su madurez y su sentido de la responsabilidad familiar.
—Ve a ayudarlos —respondió Jude con una sonrisa—. Yo me quedaré en la casa principal. Creo que hoy tengo un asunto pendiente que resolver.
Un par de horas más tarde, Alistair se encontraba en la parte trasera de la casa, utilizando un martillo y clavos nuevos para asegurar los tablones de madera del corral. El sol de la mañana hacía que el sudor brillara en su piel bronceada, estirando los músculos de su brazo con cada golpe certero.
Su padre, caminando con pasos lentos y apoyado en su bastón, se acercó al corral. Se detuvo a observar el trabajo de su hijo durante unos minutos, con una mirada llena de orgullo y nostalgia.
—Estás haciendo un buen trabajo, hijo —dijo el anciano, sentándose en un banco de madera cercano para recuperar el aliento—. Esas maderas ya no aguantaban una tormenta más. Gracias por venir a encargarte de esto.
Alistair detuvo el martillo, se limpió la frente con el dorso de la mano y se acercó a su padre, apoyándose en la valla recién reparada.
—Para eso vine, papá. Sé que las cosas se ponen difíciles aquí cuando la salud flaquea. No voy a dejar que la casa se caiga mientras yo estoy en la ciudad.
El anciano asintió, pero luego desvió la vista hacia la casa principal, donde se divisaba la silueta de Jude a través del gran ventanal de la sala.
—Jude es un buen hombre, hijo —comenzó el padre, con un tono maduro y reflexivo—. Estuve hablando con él ayer sobre música y sobre su luto. Lleva una carga muy pesada en la espalda. ¿Qué planes tienes con él? Tu madre ya está puliendo el anillo de plata, pero yo quiero saber qué piensa mi hijo.
Alistair sonrió con calma, mirando sus propias manos grandes. La conversación con su padre requería la mayor de las honestidades.
—Papá, Jude tiene treinta y cinco años y yo treinta. No somos unos niños jugando al romance. Acordamos conocernos sin etiquetas porque él tenía pánico de comprometerse mientras estuviera tan roto por la muerte de su madre. Pero si me preguntas a mí... yo estoy completamente loco por él. Me importa su elegancia, me importan sus dudas y quiero ser el hombre que lo sostenga. Quiero construir un futuro al lado de ese pianista. No me importa cuánto tiempo le tome sanar; yo voy a estar ahí para ponerle el pecho a sus tormentas.
El anciano miró a Alistair a los ojos, reconociendo en el joven la misma firmeza y el mismo sentido de la lealtad que él había tenido toda su vida. Estiró su mano temblorosa y le dio un apretón firme en el brazo a su hijo.
—Entonces no dejes de ser su cable a tierra. Un hombre roto necesita un roble donde apoyarse, y tú saliste fuerte como un roble. Tienes mi bendición para el futuro que quieras armar con él.
Alistair apretó la mano de su padre con gratitud, sintiendo que el peso de la aprobación familiar completaba la paz que necesitaba su corazón.
Mientras tanto, en el interior de la sala familiar, el silencio era absoluto. Jude estaba de pie frente al viejo piano vertical de madera oscura. El sol entraba por el ventanal, iluminando las teclas amarillentas que parecían invitarlo a romper el maleficio de dos años de silencio.
Las palabras del padre de Alistair sobre el ciclo de la vida y el renacer de junio resonaban en su cabeza. Jude miró sus manos largas y delgadas. Recordó el calor de Alistair en la cabaña, la forma posesiva en que el menor lo había tomado en la alfombra y en el sofá, y cómo sus brazos fuertes siempre detenían sus temblores de ansiedad.
—Por ti, Alistair —susurró Jude para sí mismo.
Con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, Jude se sentó en el banquillo de madera. Levantó las manos. Esta vez, la rigidez no apareció. Los recuerdos del cáncer de su madre seguían ahí, pero ya no tenían el poder de congelarle los músculos. La presencia viva, cálida y protectora de Alistair se había convertido en un escudo que bloqueaba los fantasmas del pasado.
Jude posó las yemas de sus dedos sobre las teclas centrales. Inspiró hondo, llenando sus pulmones con aire, y presionó el primer acorde.
Una nota profunda, limpia y melancólica vibró en toda la madera del piano antiguo. El sonido viajó por las paredes de piedra de la casa y salió por las ventanas hacia el patio trasero.
Alistair, que estaba por retomar el martillo, se detuvo en seco al escuchar el sonido. Miró hacia la casa con los ojos avellana abiertos de par en par. Su padre también levantó la cabeza, con una sonrisa dibujándose en sus labios cansados.
—Ve, hijo —le dijo el anciano—. Tu música te está llamando.
Alistair soltó las herramientas y caminó a pasos rápidos hacia la casa, impulsado por una adrenalina pura. Entró a la sala sin hacer ruido, quedándose de pie en el umbral de la puerta.
Lo que vio lo dejó sin aliento. Jude estaba completamente entregado al instrumento. Sus dedos largos y estilizados se movían con una agilidad y una elegancia aristocrática sobre las teclas amarillentas. No era una pieza rápida; era una melodía pausada, cargada de una nostalgia que erizaba la piel. Era una canción que hablaba de tormentas que azotan la tierra, pero que también preparan el suelo para el regreso del sol.
Jude tenía los ojos cerrados, y un par de lágrimas de pura catarsis y liberación resbalaban por sus mejillas. Ya no lloraba de desesperación; lloraba porque la música había vuelto a sus manos. Sus dedos creaban una belleza tan intensa que Alistair sintió un nudo salvaje saltar en el estómago. Ver a su hombre recuperar su esencia como artista era el manjar más grande que sus ojos hubieran presenciado.
Jude presionó el último acorde, dejando que el eco de la nota se desvaneciera lentamente en el aire de la sala. Abrió los ojos grises, respirando de manera agitada, y se giró hacia la puerta. Al ver a Alistair mirándolo, Jude sonrió con una conformidad y una paz que no había tenido en mucho tiempo.
Alistair no aguantó más. Cruzó la habitación con pasos suaves, llegó hasta el banquillo y tomó a Jude por la cintura con sus dos manos fuertes, levantándolo del asiento para pegarlo contra su pecho.
—Lo hiciste... maldita sea, tocaste —jadeó Alistair, hundiendo el rostro en el cuello del pianista, aspirando su olor con una posesividad desbordante.
—Te lo debía —respondió Jude, enredando sus dedos en el cabello castaño del menor, mientras correspondía al abrazo con la misma fuerza—. Tu tiempo, tu familia... pero sobre todo tú. Eres mi inspiración. Tus manos me devolvieron la vida.
Alistair lo separó apenas unos centímetros, mirándolo con un fuego y una ternura que prometían derretir cualquier duda que quedara.
—Esto es solo el comienzo —prometió el menor con voz ronca a su hombre —. Ahora que tus manos volvieron a funcionar, prepárate, porque esta noche en la cabaña te voy a demostrar lo mucho que me enciende escucharte tocar.
Jude soltó una risa, la primera risa de absoluta felicidad en dos años, entendiendo que el trato sin etiquetas estaba a punto de convertirse en la historia de amor más sólida y apasionada que Bristol y en el campo hubieran visto jamás.
Muchas felicidades por la culminación de esta gran obra ☺️ ✨
y si no es mucho pedir una segunda parte 🤭.
Me encanta la madurez y la pasión de su romance 🤭. El cómo avanzo su relación sin la necesidad de una etiqueta desde el principio. ojalá tener más de ellos 💙.
Muchas Gracias autor/a por tu gran dedicación ☺️. me encantan tus novelas. tienes un gran talento muchas gracias por compartirlo con nosotros. Felicidades por una gran obra finalizada. 💐✨
y ya llega alguien a aguar la fiesta 🤦♀️