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La Promesa De Jade.

La Promesa De Jade.

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:523
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Un milagro de Dios.

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Ecos en el silencio.

La lluvia repicaba contra el ventanal como un redoble de nudillos impacientes. Daniel observaba los regueros de agua descender, fusionándose, separándose, en un baile caótico que reflejaba sus propios pensamientos. Diecisiete años. La cifra danzaba en su mente, no como un número, sino como un peso, una acumulación de cicatrices invisibles que ambos llevaban tatuadas en el alma. Diecisiete años de despertar en la misma cama, con la misma mujer, con el mismo vacío acunado entre ellos.

Volvió la vista hacia Valeria. Sentada en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, ella tejía. Un clic metálico, hipnótico, que llenaba el silencio. Era una bufanda diminuta, de un verde tierno, color esperanza. La había empezado una década atrás, la había deshecho mil veces y vuelto a empezar, como si cada punto fuera un conjuro, una oración que el tiempo se encargaba de desbaratar. Sus dedos, ágiles y pálidos, trabajaban con una mecánica triste. Ya no le preguntaba para quién era. Sabía que la respuesta era un fantasma.

—¿Otro café? —La voz de Daniel sonó más áspera de lo que pretendía.

Valeria negó con la cabeza sin levantar la vista. Un mechón de cabello castaño, prematuramente salpicado de hebras plateadas, le cubría la mitad del rostro. En sus sienes, Daniel podía ver el mapa de un dolor callado. El mismo dolor que se acumulaba en las comisuras de su boca, en la flacidez incipiente de su cuello, en la manera en que sus hombros se curvaban como un sauce vencido por la tormenta.

El ambiente de la casa era denso, como si el aire se hubiera solidificado. Los muebles, los libros, los cuadros en las paredes, todo parecía estar colocado con un orden meticuloso, un intento de controlar el exterior cuando el interior era un torbellino. Pero en las repisas no había fotografías de vacaciones ruidosas, ni dibujos infantiles sujetos con imanes a la nevera. Esa ausencia era un grito ensordecedor. Era el fantasma de la habitación del fondo, la que oficialmente era el “estudio”, pero que en los planos del corazón de Valeria siempre sería el “cuarto del bebé”. Una puerta perpetuamente cerrada que Daniel evitaba mirar.

Se acercó al sofá y se sentó en el extremo opuesto, creando un abismo de cuero frío entre los dos. Tomó el control remoto, lo giró entre sus dedos, pero no lo encendió. El silencio era preferible a la banalidad de una telerrealidad, un cruel recordatorio de la vida que no tenían.

—Tu madre llamó —dijo Valeria finalmente. Su voz era un hilo, apenas audible sobre el tamborileo de la lluvia—. Preguntó si íbamos a la cena de Navidad.

Daniel resopló. La cena de Navidad. Un evento anual donde los primos exhibían a sus crecientes proles, donde las preguntas indiscretas se disfrazaban de interés familiar. “¿Y ustedes para cuándo?”. La pregunta que, después de diecisiete años, ya nadie formulaba en voz alta, pero que resonaba en cada mirada de lástima.

—Dile que tenemos otros planes —murmuró él, sabiendo que era una excusa patética. No tenían ningún plan. Nunca lo tenían.

—Ya le dije que iríamos —respondió ella, y su tono no admitía réplica. Era una declaración de guerra a su propio orgullo, una penitencia anual que Valeria se imponía. Una forma de fustigarse, de mantener viva la herida.

—Vale, ¿para qué? ¿Para ser los tíos raros de nuevo? ¿Para ver cómo tu hermana mira a sus mellizos con esa suficiencia que...?

—Basta —lo interrumpió ella. Su mandíbula se tensó. Un solo hilo de la lana verde se tensó también, a punto de romperse. El punto que sus agujas creaban era un pequeño universo de tensión controlada.

Daniel se mordió la lengua. La injusticia de su comentario le quemaba en la garganta. La hermana de Valeria, Claudia, era un alma sencilla, sin malicia. Era él quien proyectaba en ella su propia envidia corrosiva, su sensación de fracaso masculino. Tres fertilizaciones in vitro fallidas. “Factor masculino severo”, había dictaminado el andrólogo con una frialdad clínica que aún le helaba los huesos. Sus espermatozoides, escasos y perezosos, eran incapaces de completar la más primaria de las misiones. Era un hombre incompleto, una máquina defectuosa. Y Valeria, con su vientre sano, sus óvulos fértiles, era la tierra baldía que su semilla estéril no podía fecundar. Esa culpa, no dicha pero omnipresente, era la tercera presencia en su matrimonio.

Diecisiete años. Primero, dos años de ilusión y espera natural. Luego, la consulta, las pruebas, el diagnóstico. La palabra “infertilidad” cayó sobre ellos como una lápida. Luego vino el peregrinaje: el primer especialista, el segundo, la clínica de renombre en la capital, las agujas, las hormonas, el llanto de Valeria en el baño, su rostro desfigurado por la hinchazón y la angustia, las inyecciones que Daniel aprendió a ponerle con manos temblorosas, la culpa de saber que era su cuerpo el que fallaba. La espera agónica de dos semanas, la prueba de embarazo, una sola raya. Siempre una sola y maldita raya.

Tres veces. Tres veces la ilusión se elevó como un castillo de naipes y se derrumbó con una sola palabra: “Negativo”. La primera vez, lloraron juntos. La segunda, Valeria lloró y Daniel rompió una silla contra la pared. La tercera, no lloró nadie. Solo hubo un silencio sepulcral y la decisión tácita de no volver a intentarlo. El dinero se había esfumado, pero lo peor era que la esperanza también.

—Lo siento —susurró Daniel, sin mirarla.

Ella no respondió. Las agujas siguieron su danza, tejiendo y destejiendo el futuro de un fantasma. La lluvia arreció, difuminando el mundo exterior en un borrón gris. La escena era un vivo retrato de su vida: dos personas solas, juntas en una misma habitación, unidas por una ausencia. Daniel miró sus propias manos. Eran manos de arquitecto, acostumbradas a trazar líneas, a levantar planos, a construir mundos de papel y cemento. Manos que podían diseñar escuelas y parques, pero que eran completamente inútiles para engendrar un hijo. Una cruel ironía.

—A veces pienso —murmuró Valeria, con la voz tan baja que él tuvo que inclinarse—, que Dios se ha olvidado de nosotros.

Era la primera vez en años que mencionaba a Dios. Habían sido criados en una fe cultural, tibia, de domingos de misa en la infancia y bodas y funerales en la adultez. Pero las tres FIV fallidas habían sepultado su fe bajo un alud de cinismo. ¿Qué clase de Dios permitía que una drogadicta en la calle pariera un bebé sano y a ellos, que tanto amor tenían para dar, les negara el pan de la vida? Daniel no tenía respuesta. Su amigo, el padre Mauro, un sacerdote joven y atípico con quien jugaba al ajedrez, le había dicho una vez: “Dios no es una máquina expendedora de deseos, Daniel. Su silencio no es ausencia, sino un misterio que no comprendemos”. En aquel momento, las palabras le parecieron una evasiva teológica, una excusa para el absurdo. Hoy, en el ruido de la lluvia, le sonaron como un eco lejano, casi olvidado.

—No es que se olvide —dijo Daniel, más para sí mismo que para ella—. Es que tal vez no existimos para él.

Valeria levantó la vista por primera vez. Sus ojos, de un marrón profundo y líquido, estaban secos, pero en sus pupilas había un abismo de desolación que a Daniel le partió el alma. No había reproche, solo una inmensa fatiga cósmica.

—No, Daniel. No es Él quien no existe. Somos nosotros los que estamos dejando de existir el uno para el otro.

La frase cayó entre ellos como una losa de granito. Era la verdad más aterradora, la que nunca se habían atrevido a nombrar. La infertilidad no solo les había robado a los hijos que no vinieron; les estaba robando el amor que los había unido. Cada mes, cada tratamiento fallido, era un ladrillo en el muro que se alzaba entre los dos. Ya no hacían el amor, hacían la guerra contra sus propios cuerpos. Sus encuentros eran programados, clínicos, despojados de todo deseo y cargados de una presión insoportable. El sexo se había convertido en una obligación y el amor, en un recuerdo amargo.

Daniel abrió la boca para protestar, para negarlo, para construir un argumento sólido como un edificio. Pero no encontró los planos. Porque ella tenía razón. Él se refugiaba en su trabajo, en las interminables horas en el estudio. Ella, en su silencio y en las novelas románticas que devoraba, viviendo pasiones vicarias que él ya no podía darle. Eran dos náufragos aferrados a los restos de un mismo barco, pero mirando hacia diferentes horizontes.

El timbre de la puerta los sobresaltó. Un sonido tan inusual a esa hora y con ese tiempo que ambos se miraron con extrañeza. Daniel se levantó, casi agradecido por la interrupción que rompía la tensión insoportable. Caminó hacia la puerta, sintiendo el frío de la tarima flotante bajo sus pies descalzos.

Abrió. Una ráfaga de viento húmedo le golpeó el rostro. En el umbral, calada hasta los huesos, estaba una mujer que no encajaba en el pulcro vecindario. Era anciana, pero su edad era indescifrable. Vestía varias capas de ropa raída y colorida, como un arcoíris desteñido. Llevaba un pañuelo en la cabeza anudado bajo la barbilla, del que escapaban mechones de un pelo blanco y sucio. En sus manos, sorprendentemente limpias para su aspecto, sostenía un pequeño envoltorio de tela vieja.

—Buenas noches, joven —dijo, y su voz sonó como el crujir de hojas secas, pero con un timbre extrañamente cálido—. Disculpe la molestia en una noche tan desapacible. ¿Podría darme un poco de pan duro y un vaso de agua? El Señor se lo pagará.

Daniel la miró, desconcertado. No era un mendigo común. Sus ojos, del color del chocolate derretido, lo miraban con una intensidad luminosa, limpia, que contrastaba con su apariencia harapienta. No había súplica en ellos, sino una serena certeza, como si supiera que él la atendería.

—Claro... pase, no se quede bajo la lluvia —balbuceó él, apartándose.

La mujer entró, dejando un reguero de gotas en el suelo. Su presencia llenó la estancia de inmediato con un aroma a tierra mojada y a algo más, algo antiguo y dulzón, como a incienso o a flores secas. Valeria, desde el sofá, la observaba con una mezcla de sorpresa y aprensión.

—Que Dios bendiga esta casa —dijo la anciana, deteniéndose en mitad del salón y mirando directamente a Valeria. Su mirada se clavó en el ovillo verde de lana que descansaba en el regazo de la mujer. Una sonrisa desdentada se dibujó en su rostro—. Y que bendiga, sobre todo, a la que está por venir.

Un escalofrío recorrió la espalda de Valeria. La anciana no miraba la bufanda a medio hacer. Miraba su vientre. Un vientre que, ella lo sabía con la certeza de mil ecografías y análisis, estaba vacío.

—Iré a por el pan —murmuró Daniel, turbado, encaminándose a la cocina.

Cuando regresó, con un trozo de hogaza en una mano y un vaso de agua en la otra, la mujer seguía de pie en el mismo sitio. No había dado un solo paso. Valeria la observaba, pálida y en silencio.

—Tome, señora —dijo Daniel, ofreciéndole el pan.

La anciana tomó el pan con sus manos sarmentosas. Luego, cogió el vaso y bebió un pequeño sorbo. Sus ojos nunca se despegaron de Valeria. Dejó el vaso a medio beber sobre la mesa de centro, con una lentitud ceremonial. Luego, alargó el pequeño envoltorio de tela que llevaba.

—Para ti —dijo, dirigiéndose a Valeria—. No es mucho, pero es lo que tengo. Es un regalo para la niña.

Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Extendió la mano mecánicamente y recibió el envoltorio. La tela era áspera, pero el tacto le produjo un extraño calor en la palma de la mano.

—Gracias —logró articular—. Pero... ¿qué niña?

La anciana no respondió. Ya se dirigía hacia la puerta, con un andar renqueante pero firme. Daniel la siguió, profundamente desconcertado.

—Señora, la lluvia... ¿Quiere que le pidamos un taxi?

—No se preocupe, joven. A mí no me moja la lluvia que viene del cielo, sino la que cae de los ojos tristes. Y en esta casa, veo que ha llovido mucho. Pero pronto saldrá el sol. Muy pronto.

Y dicho esto, se perdió en la oscuridad de la calle, como si la noche se la hubiera tragado. Daniel cerró la puerta, con el corazón latiéndole con fuerza. Un miedo irracional se mezclaba con una agitación extraña, como una premonición.

Se giró hacia Valeria. Ella, con manos temblorosas, había desenvuelto el paquete. Sobre la tela áspera descansaba una piedra. Era pequeña, irregular, pero de un color verde imposible, translúcido en sus bordes, con una luz interior que parecía palpitar. Era una jadeíta en bruto, hermosa y simple.

—Una piedra de jade —musitó Valeria, hipnotizada—. Es preciosa.

—¿Jade? —preguntó Daniel, acercándose.

—Sí. Es una piedra... Dicen que trae buena suerte, que atrae la abundancia... y la fertilidad —su voz se quebró en la última palabra.

Daniel se arrodilló frente a ella. Vio la piedra y, luego, miró los ojos de su esposa. Por primera vez en años, vio algo nuevo en ellos. Las lágrimas que antes no estaban, ahora brotaban, silenciosas, mientras sus dedos se cerraban alrededor de la gema verde con una fuerza casi convulsiva. No era solo esperanza. Era algo más primitivo, más poderoso. Era una fe que nacía del absurdo, un “sí” pronunciado contra toda evidencia. Esa noche, en el silencio de su dormitorio, se abrazaron sin decir nada. No hicieron el amor. Simplemente se abrazaron, y el calor de la piedra de jade parecía irradiar entre sus dos cuerpos, un tercer corazón de silicio y misterio. El eco de la visita resonaba en las paredes, un contrapunto al repicar de la lluvia, que ahora sonaba distinto. Ya no era un redoble fúnebre. Era un repique de nudillos en una puerta que, quizás, empezaba a abrirse. No sabían cómo, no sabían por qué. Pero por primera vez en diecisiete años, el silencio de su casa se había llenado con la palabra “niña”.

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JOGXANDY BELLO
si el es esteril y ppr lo que veo ella lo aceptó asi, para que esperar un milagro. No tiene mucho amor disponible cuando no es capaz de darlo a un niño que lo necesite
Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️👏
Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bella 😍
Norys Alvarez Alfonso
👏
Norys Alvarez Alfonso
👏🥰 Bella
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