Valeria es una abogada, cuya carrera va en ascenso. Pero, en la vida personal, ella es la esposa secreta del heredero Alcázar, Sebastian Alcázar.
Durante tres años, ella ha vivido en el anonimato, mientras que su esposo, Sebastian, se pasea con Lina, una amiga de la familia, con quien todos especulan tiene una relación amorosa.
Valeria, ante tanta indiferencia por largos años, decide que ya fue suficiente, así que le pide el divorcio a Sebastian, quien solo se lo toma como un berrinche de Valeria, sin imaginar, que es él mismo quien la empuja cada día mas, a que ella tenga una decision mas firme de dejarlo.
En medio de todo este proceso, Mateo Del Río, un compañero de la universidad, regresa a la vida de Valeria, y a diferencia de Sebastian, Mateo siempre esta cuando lo necesita, la apoya, le da comprensión, seguridad, y respeto.
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Capítulo 18
Capítulo 18
Mateo desapareció dos días.
No era asunto mío.
Me lo repetí varias veces.
No era asunto mío si el 1501 permanecía en silencio, si no olía a café en el pasillo, si el guardia decía que el señor Del Río había salido con maleta pequeña.
Aun así, cuando O tardó más de lo normal en contestar un mensaje de trabajo, sentí una inquietud rara.
Valeria: ¿Todo bien con las láminas?
O respondió hasta la noche.
O: Sí. Perdón. Tuve asuntos familiares.
Valeria: ¿Graves?
O: Molestos.
Valeria: Suena familiar.
O: Las familias ricas se parecen en lo peor.
Me quedé mirando la pantalla.
Valeria: ¿Tú eres rico?
O: Soy ilustrador. Obviamente vivo de aire y café.
Me reí.
Al tercer día, Mateo volvió.
Lo encontré en el elevador con el rostro más pálido de lo normal y una carpeta bajo el brazo.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Asuntos familiares.
La misma frase.
Sentí un golpe pequeño en el estómago.
—Qué horror.
Mateo sonrió apenas.
—Sí.
El elevador subió.
—¿Te gusta el café? —soltó de pronto.
—Ya hemos tomado café.
—Me refiero a salir por uno. Afuera. Un lugar neutral donde no parezca que intento aprovecharme de vivir frente a ti.
Lo dijo tan serio que casi me atraganté con mi propia saliva.
—Mateo...
—Si no quieres, está bien.
—No es eso.
—Sigues casada.
La palabra no sonó como reproche.
Sonó como límite.
Asentí.
—Sí.
—Entonces café de vecinos. Sin prisa.
Las puertas se abrieron.
—Café de vecinos —acepté.
Fuimos a una cafetería pequeña a dos calles, con mesas de madera y música baja. Mateo pidió americano. Yo, latte con canela.
Hablamos de cosas simples.
La ciudad.
El tráfico.
La pintura.
Mis novelas.
—No sabía que leías romance —dije.
—Leo lo que dibujo.
—¿Dibujas romance?
—A veces.
—¿Y qué te parece?
Mateo removió el café.
—Que la gente confunde sufrir con amar.
Me quedé callada.
—Perdón —dijo—. No era indirecta.
—Sí era.
—Un poco.
No me enojé.
Quizá porque no lo dijo para humillarme.
Quizá porque era verdad.
Al salir de la cafetería, vi a Lina al otro lado de la calle.
No estaba sola. Un fotógrafo la seguía de cerca, demasiado cerca para ser casualidad.
Mateo también la vio.
—¿Quieres irnos por atrás?
—No.
—Bien.
Caminamos normal.
Lina fingió sorpresa.
—Valeria. Mateo. Qué coincidencia.
—Demasiadas coincidencias últimamente —dije.
El fotógrafo levantó la cámara.
Mateo dio un paso, no para cubrirme como si yo fuera débil, sino para quedar a mi lado.
—Señorita Noriega —saludó.
Lina sonrió.
—No sabía que se conocían tanto.
—Ahora somos vecinos —respondí.
—Qué cómodo.
Mateo la miró.
—Mucho.
La sonrisa de Lina se tensó.
Yo seguí caminando.
No corrí.
No me escondí.
El fotógrafo tomó fotos.
Que las tomara.
Por primera vez, no sentí miedo de que alguien me viera.
Sentí miedo de lo contrario.
De haber pasado años aceptando ser invisible.
Las fotos no salieron de inmediato.
Eso me inquietó más.
Mateo y yo regresamos caminando sin hablar mucho. En la entrada de Lirio, el guardia nos saludó con esa cara de quien sabe que vio algo pero no sabe si debe fingir.
—Buenas tardes, licenciada. Señor Del Río.
—Buenas —respondimos al mismo tiempo.
En el elevador, Mateo miró los números subir.
—Puedo pedir que hablen con el fotógrafo.
—No.
—No sería difícil.
—No quiero que borres algo que no hice mal.
Mateo me miró.
—Bien.
Otra vez esa palabra.
Bien.
Como si mi decisión bastara.
Al llegar al piso, nos quedamos entre las dos puertas.
—Si publican algo, no tienes que responder hoy —dijo.
—¿Y mañana?
—Mañana tampoco, si no quieres.
—¿Siempre eres tan razonable?
—No.
—¿No?
Mateo sonrió apenas.
—Solo parezco.
La frase me siguió hasta la noche.
Solo parezco.
Mateo no era simple. Nadie con esa familia, ese dinero y esa calma podía serlo. Pero había una diferencia entre alguien complicado y alguien que te usaba para no enfrentar su propia vida.
Sebastián era complicado y me arrastraba al centro de su desorden.
Mateo era complicado y mantenía la puerta abierta para que yo eligiera quedarme fuera.
Cuando las fotos aparecieron, yo estaba lavando una taza.
El celular vibró tanto que pensé que era una emergencia del despacho.
No.
Era mi nombre junto al de Mateo.
Y, por primera vez, también junto al de Sebastián como "esposa secreta".
Secreta.
La palabra que él había construido y que ahora la prensa usaba como piedra.
No tuve que hacer nada.
El secreto empezó a morder a su dueño.
Julia llamó furiosa.
—No respondas todavía.
—No iba a hacerlo.
—Bien. Porque mi primer impulso es demandar hasta al community manager de esa cuenta.
—Tomé café, Julia.
—Lo sé.
—Entonces no voy a pedir perdón por café.
Hubo un silencio al otro lado.
—Estoy orgullosa de ti.
La frase me agarró desprevenida.
—No exageres.
—No. Te conozco. Hace un mes habrías estado redactando una explicación de tres páginas para que nadie pensara mal de Sebastián.
Miré la nota en mi celular.
Esposa secreta.
—Ya pensé bastante bien de todos menos de mí.
Julia suspiró.
—Al fin.
Después de colgar, abrí la publicación.
Los comentarios ya estaban divididos. Unos me llamaban interesada. Otros preguntaban por qué Sebastián nunca había dicho que estaba casado.
Esa pregunta fue la primera bocanada de aire.
No todos miraban hacia donde Lina quería.
Algunos, por fin, miraban hacia él.
Mateo me escribió una hora después.
Mateo: ¿Necesitas algo?
Valeria: Que nadie toque el timbre.
Mateo: Hablo con seguridad.
Valeria: Era broma.
Mateo: Yo no.
Me quedé mirando la pantalla.
No era una frase grande. No prometía salvarme de la vida ni pelear contra el mundo. Solo decía que si yo no quería abrir la puerta, él podía ayudar a que nadie la forzara.
Valeria: Gracias.
Mateo: De nada.
Después de eso, el timbre no sonó en toda la noche.
Tampoco escribió Sebastián.
Quizá estaba ocupado apagando el incendio. Quizá su madre lo tenía encerrado en otra discusión. Quizá por fin entendió que tocar una puerta cerrada no la convertía en suya.
Me acosté temprano.
No dormí pronto, pero descansé.