⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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Travis Ostis
La advertencia de Arthur Grimhand quedó flotando en el aire como una sentencia de muerte. El silencio en la sala de juntas era tan pesado que el zumbido de los servidores parecía un grito. Estaban atrapados. No podían cruzar la puerta principal sin que los guardias de las cámaras los detectaran, y ahora, por orden directa del patriarca, su acceso a internet estaba restringido.
Hendrik golpeó la mesa de metal con el puño, haciendo que los vasos de cristal vibraran.
—¡Maldita sea! Uno de esos idiotas de la costa nos vendió. Les dimos nuestra confianza y fueron corriendo a lamerle las botas a tu padre.
Zen, sin embargo, no se movió. Estaba de pie, con la mirada fija en la pantalla apagada. Sus ojos no mostraban miedo, sino una concentración gélida. El "Príncipe de Hielo" no estaba asustado; estaba calculando.
—La rabia no nos va a servir de nada, Hendrik —dijo Zen con una calma que erizaba la piel—. Quienquiera que haya sido, no lo hizo por lealtad a mi padre. Si hubiera sido así, ya estaríamos en una celda. Lo hizo por dinero o por miedo. Y si fue por dinero, dejó un rastro.
Joel entró en la sala, cerrando la puerta con cuidado. Su rostro reflejaba una preocupación que rara vez mostraba.
—He bloqueado los puertos de salida de la casa según las órdenes de su padre, pero he dejado un "túnel" oculto en el sistema de seguridad de las cámaras. Es un canal estrecho, pero suficiente para enviar y recibir datos encriptados si sabemos dónde buscar.
—Joel, necesito que accedas a las cámaras de la villa en la costa —ordenó Zen, sentándose frente a la computadora—. No a las de seguridad oficial, sino a las de los semáforos y los negocios cercanos.
Hendrik se acercó, confundido.
—¿Para qué? Estuvimos dentro de la casa todo el tiempo.
—Para ver quién salió después de nosotros —explicó Zen, sus dedos empezando a volar sobre el teclado—. Hicimos el pacto a las cuatro de la mañana. Salimos a las cinco. Si alguien hizo una llamada o se reunió con un mensajero de mi padre, tuvo que hacerlo inmediatamente después de que nos fuimos para que la información llegara a la oficina central tan rápido.
Durante las siguientes tres horas, la oficina se convirtió en una trinchera. Joel, usando sus códigos de seguridad de alto nivel, logró triangular las señales de los celulares que estuvieron activos en la zona de la villa en esa franja horaria.
—Aquí está —dijo Joel, señalando un punto rojo en el mapa—. Tres minutos después de que su coche abandonara la zona, hubo una ráfaga de datos enviada desde un dispositivo dentro de la villa. El destino: un servidor privado que pertenece a la firma de abogados personal de Arthur Grimhand.
Hendrik gruñó, inclinándose sobre el monitor.
—¿De quién es el teléfono?
Zen comparó el número de serie del dispositivo con la lista de sus socios. El resultado hizo que su sangre se congelara por un segundo.
—Es de Travis Ostis.
Travis había sido el mejor amigo de Zen en la academia. El Alfa que siempre decía que los Grimhand eran una tiranía que debía caer. El que más entusiasmo mostró al firmar el acta de "Aura".
—Ese malnacido... —susurró Hendrik, su aroma a madera quemada volviéndose amargo por la traición—. Lo voy a matar con mis propias manos.
—No —dijo Zen, y su sonrisa fue tan afilada como un bisturí—. Si lo matas, confirmas que la información es real. Tenemos que hacer algo mucho más inteligente. Tenemos que usar a Travis para alimentar a mi padre con mentiras.
Zen trazó el plan en cuestión de minutos. No podían salir de la casa, pero podían usar el canal de Joel para "filtrar" información falsa.
—Hendrik, llama a Travis —ordenó Zen—. Joel, asegúrate de que la línea parezca segura, pero deja una brecha lo suficientemente grande para que el sistema de escucha de mi padre la detecte.
Hendrik tomó el teléfono, respirando hondo para controlar su furia. Cuando Travis contestó, Hendrik usó su mejor tono de "Alfa preocupado".
—¿Travis? Soy Hendrik. Escúchame bien, el plan de "Aura" ha cambiado. Zen se ha acobardado. Dice que la biotecnología es demasiado arriesgada. Vamos a mover todo el capital a una inversión de bienes raíces en el sur. Mañana a primera hora vamos a borrar todos los servidores de la startup. Si el viejo Grimhand pregunta, dile que todo fue un malentendido y que no hay ninguna empresa nueva.
Del otro lado, la voz de Travis sonó nerviosa, pero intentó fingir calma.
—Entiendo, Hendrik. Es una lástima, pero si Zen tiene miedo, es mejor retirarse a tiempo. No se preocupen, yo me encargo de limpiar los rastros aquí.
En cuanto colgaron, Zen empezó a teclear con furia.
—Ahora, mientras Travis corre a contarle a mi padre que "ganó" y que nos hemos rendido, nosotros vamos a mover la sede de Aura a un servidor en la nube que Joel tiene oculto. Mi padre recibirá el informe de que nos retiramos y bajará la guardia.
—¿Y qué pasa con Travis Ostis? —preguntó Hendrik—. No podemos dejarlo libre después de esto.
—Joel —dijo Zen, mirando al Beta—, ¿tienes todavía los archivos del fraude de seguros que el padre de Travis cometió hace cinco años? Ese que mi padre usó para chantajearlos.
Joel asintió con una sombra de sonrisa.
—Los tengo guardados en un disco que "no existe".
—Envíalos de forma anónima a la fiscalía mañana al mediodía —sentenció Zen—. Si Travis quiere jugar a la traición, que aprenda que los Grimhand no son los únicos que saben destruir familias.
La tensión en la casa no desapareció, pero cambió. Pasaron el resto de la noche trabajando, moviendo cada pieza de su empresa fantasma a lugares donde nadie pudiera encontrarlas. Estaban agotados, con los ojos rojos por la luz de los monitores, pero sentían una descarga de adrenalina pura.
Cerca del amanecer, Joel se retiró a vigilar la entrada, dejándolos solos en la oficina.
Hendrik caminó hacia Zen y lo giró en su silla, obligándolo a mirarlo. El rubio se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz. Estaba exhausto.
—Lo logramos, ¿verdad? —preguntó Hendrik, acariciando la mejilla de Zen con el pulgar.
—Por ahora —respondió Zen, apoyando la cabeza en el pecho de Hendrik—. Pero mi padre no es tonto. Esta victoria nos da tiempo, tal vez unos meses, pero tarde o temprano querrá ver resultados de la fusión.
Hendrik lo rodeó con sus brazos, levantándolo de la silla para llevarlo a la cama.
—Entonces usaremos esos meses para hacernos tan fuertes que, cuando se dé cuenta de la verdad, ya no pueda tocarnos.
Se acostaron entrelazados, pero la paz era frágil. Mientras cerraban los ojos, ambos sabían que la casa de la frontera ya no era solo una prisión o un nido de amor; era el centro de comando de una guerra que apenas comenzaba.
A kilómetros de allí, Travis Ostis recibía un mensaje en su teléfono que lo hacía palidecer. Sus cuentas bancarias estaban siendo congeladas. El Príncipe de Hielo no perdonaba la traición, y el lobo de los De Vries no dejaba enemigos vivos a sus espaldas.
La rebelión había pasado de las palabras a los hechos. Y bajo la mirada vigilante de Joel, los dos Alfas empezaron a soñar con el día en que ya no tuvieran que esconderse para ser libres.
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