El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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El agua no debería estar ahí
La primera vez que Valeria Díaz lo notó, pensó que era una exageración.
El agua siempre había estado ahí. En las calles cuando llovía demasiado, en los charcos que los niños saltaban sin cuidado, en las goteras que nunca se arreglaban del todo. Era normal. Molesto, sí, pero normal.
Por eso, cuando esa mañana salió de casa y vio que la esquina estaba cubierta por una capa delgada de agua, apenas le prestó atención.
—Otra vez se taparon los drenajes —murmuró, ajustando la mochila de su hijo Tomás sobre sus hombros.
El niño, medio dormido todavía, apoyó la cabeza contra su brazo.
—Mamá… —dijo con voz suave— ¿llovió mucho?
Valeria miró el cielo. Gris, pero no especialmente oscuro.
—No tanto —respondió—. Vamos, que llegamos tarde.
Caminaron con cuidado. El agua les cubría apenas las suelas de los zapatos, Pero aún así podía sentir que estaba fría, más de lo que debería para esa hora del día. Valeria sintió un leve escalofrío, pero lo ignoró. No era nada. No podía ser nada... Sin embargo, algo no encajaba. No había llovido, lo sabía porque se hubiera despertado con el golpeteo de las gotas al caer en el techo de su casa, no había alcantarillas rebosando, eso indicaba que aquello no era por culpa del gobierno y su mala administración, no había ruido de tormenta reciente, solo agua… quieta... Demasiado quieta para su gusto.
Tomás levantó un pie, observando cómo el agua se abría a su alrededor.
—Está fría —dijo cuando una gota cayó sobre su mano.
—Es agua, Tomi. Es normal.
Pero no lo era y en el fondo ella lo sabía, pero no podía demostrar inquietud al lado de su hijo.
Valeria lo supo en el momento en que levantó la vista y notó que otras personas también caminaban más despacio, mirando el suelo, murmurando entre ellas. Una mujer al otro lado de la calle sostenía su celular en alto.
—No hay reportes de lluvia fuerte —decía, claramente alterada—. Nada. Esto no tiene sentido.
Valeria apretó la mano de su hijo, tratando de sacar de su pecho aquella sensación de "mal presentimiento" ahora sentía que lo que su madre le decía sobre el sexto sentido de las madres, tal vez... Solo tal vez no estaba siendo una paranoica ¿oh sí?
—Vamos —insistió, acelerando el paso.
No quería quedarse ahí y por supuesto que no quería seguir pensando en eso.
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Dejó a Tomás en la escuela con una sonrisa que no sentía del todo.
—Pórtate bien, ¿sí?
—Siempre me porto bien —respondió él, rodando los ojos con una seriedad que la hizo sonreír, aunque fuera por un segundo.
Cuando lo vio alejarse, sintió ese vacío habitual. Ese pequeño tirón en el pecho que nunca se iba del todo.
Pero hoy era distinto... Hoy… no quería irse.
Miró hacia el patio del colegio. Todo parecía normal. Niños corriendo, maestros organizando filas, voces, risas, normal y aun así…
—Señora —le dijo la maestra del niño sintiendo su preocupación—, no se preocupe. Está todo bien.
Valeria asintió rápidamente.
—Sí… sí, claro.
Se dio la vuelta antes de poder decir algo más, sintió enseguida que el agua en la calle parecía haber subido un poco, solo un poco, pero lo suficiente para que una persona como ella que llevaba rato analizando la situación, lo notara.
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El resto del día fue incómodo... Y en el trabajo de Valeria, nadie hablaba de otra cosa.
—Dicen que es una fuga —comentó un compañero.
—¿Una fuga? ¿De dónde? ¿Del océano? —respondió otro con una risa burlona.
—Yo escuché que fue una represa.
—No hay represas cerca.
—Entonces no sé.
Nadie sabía exactamente que estaba sucediendo y las noticias no ayudaban, solo habían imágenes de otras ciudades, comenzaban a aparecer: calles inundadas, autos varados, personas caminando entre el agua con expresiones confundidas más que asustadas.
Aún no había pánico, solo duda, solo incomodidad... Solo esa sensación de que algo… no estaba bien.
Valeria intentó concentrarse en su trabajo, pero cada cierto tiempo miraba por la ventana. El agua seguía ahí y no se movía. No corría como debería, no bajaba, no desaparecía. Simplemente… permanecía.
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A las tres en punto, no aguantó más y se levantó de golpe.
—Tengo que ir por mi hijo —dijo, recogiendo sus cosas sin esperar respuesta.
Nadie la detuvo, ya que muchos estaban esperando a alguien que se levantara para hacer exactamente lo mismo.
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El camino de regreso fue peor, el agua ahora le llegaba a los tobillos y estaba más fría, mucho más. La gente hablaba más alto, caminaba más rápido. Algunos incluso comenzaban a correr.
—Esto no es normal —escuchó a alguien decir—. Esto no es normal.
Y Valeria sabía que no, no lo era.
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Cuando llegó a la escuela, el ambiente cálido de la mañana había cambiado.
Los niños estaban siendo sacados antes de tiempo. Algunos lloraban. Otros se aferraban a sus padres.
Tomás apenas la vio salió corriendo hacia ella.
—¡Mamá!
Valeria se agachó para abrazarlo con fuerza.
—Ya estoy aquí.
—La profe dice que nos vayamos rápido.
—Sí. Vamos a casa.
Se despidieron de la maestra, tomó su mano y comenzaron a caminar hasta el único lugar seguro que le pareció en ese momento, su casa.
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El silencio fue lo primero que la inquietó, menos autos, menos ruido, demasiado espacio entre los sonidos.
El agua hacía pequeños movimientos alrededor de sus piernas, Valeria frunció el ceño, no había viento, no había corrientes. Y aun así… El agua se movía, muy levemente, pero lo hacía. Fue entonces cuando Tomás se detuvo de repente.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
Ella se detuvo junto a él y lo observo. El niño sin embargo miraba fijamente el suelo.
—Sentí algo.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué cosa?
Tomás dudó.
—Como… como si algo me tocara.
Ella tragó saliva.
—Es tu imaginación.
Pero apretó su mano con más fuerza, dieron unos pasos más, entonces lo vio, había un objeto flotando, un juguete, un pequeño carrito de plástico girando lentamente sobre sí mismo.
Valeria lo miró por un segundo… dos… Y luego notó algo.
El agua a su alrededor no estaba quieta, formaba círculos, muy suaves, muy lentos, como si algo debajo… Estuviera respirando
—No mires —dijo de repente, tirando suavemente de Tomás.
—Pero—
—No mires.
Caminaron aún más rápido.
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Esa noche, Valeria no podía dormir, el agua había llegado hasta la entrada de su casa. No entraba, pero estaba ahí. Esperando, como si supiera, como si estuviera… observando.
Se levantó varias veces para mirar por la ventana.
Nada cambiaba, todo seguía igual, demasiado igual para su gusto.
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Cerca de la medianoche, escuchó un sonido suave, como un pequeño golpe, frunció el ceño y se acercó lentamente a la puerta, Otro golpe, más claro esta vez desde abajo, desde el otro lado.
Valeria contuvo la respiración, no podía ser, no había nadie. Nadie podría estar ahí, el agua cubría todo, entonces lo vio.
A través de la pequeña rendija inferior de la puerta.
Una sombra moviéndose lentamente como si algo estuviera pasando… Justo al otro lado.
Tomás habló desde detrás de ella, con voz temblorosa
—Mamá…
Valeria no se giró, no podía, sus ojos estaban fijos en aquel movimiento.
—¿Sí, amor?
Silencio y luego, en un susurro casi inaudible dijo
—El agua… quiere entrar.
Fue entonces que el golpe se repitió, más fuerte esta vez. Y la puerta… tembló.