Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capitulo l
En el imperio de Soldier de Norum, la prosperidad no dependía de ejércitos ni de oro, sino de un único principio sagrado:
el matrimonio elegido por los dioses.
Desde tiempos antiguos, se creía que si la unión designada por el templo se rompía, la tierra se marchitaría, la vegetación perecería y las enfermedades caerían sobre el pueblo como una maldición inevitable. No era una superstición, sino una verdad que la historia había confirmado más de una vez.
Por ello, el sumo sacerdote del templo de Norum estableció un pacto con las grandes casas nobles: los herederos debían sellar matrimonios santos para garantizar la continuidad del imperio. De esas uniones nacerían cosechas abundantes, tierras fértiles y un equilibrio que ningún ejército podía asegurar.
El emperador aceptó el juramento sin titubear, ofreciendo a su único hijo, el príncipe heredero Evans, como pilar de ese destino inevitable.
La elegida fue Rubí Demor.
Una dama criada bajo principios religiosos estrictos, educada para ser una esposa devota y virtuosa. Sus padres, profundamente creyentes, la prepararon desde niña para cumplir su rol con dignidad y paciencia. Para ellos, aquel anuncio fue una bendición. Para Rubí… una esperanza.
No soñaba con poder ni con una corona. Solo deseaba amar y ser amada. Creía, como le habían enseñado, que incluso un matrimonio arreglado podía florecer si ambos corazones aprendían a caminar juntos.
Sin embargo, el destino no tuvo piedad con esas ilusiones.
Durante el banquete organizado para anunciar oficialmente la unión, el príncipe Evans se levantó de su asiento. El murmullo del salón se apagó de inmediato. Su voz no tembló, pero sus manos sí, apenas perceptible para quien supiera observarlo.
—No me casaré con ella —dijo—. No la amo.
El silencio que siguió fue asfixiante. Evans era conocido por su franqueza, por no esconder lo que sentía. Fuerte, decidido… y profundamente leal a aquello que llamaba amor. Su corazón pertenecía a otra mujer, una doncella de origen humilde, ajena a la nobleza y al peso de los juramentos sagrados.
—Lo siento, Lady Demor —continuó, desviando la mirada apenas un segundo—. No puedo prometer mi vida a alguien cuando mi corazón ya pertenece a otra.
Rubí no dijo nada. No podía. Cabellos dorados como el sol sin nubes en el cielo, rasgos firmes, ojos esmeralda que reflejaban convicción… y algo más. Algo quebrado. No vio crueldad en él, sino un dolor mal contenido.
Aun así, decidió no rendirse. No por orgullo, sino porque creía que el amor también podía aprenderse. Que convivir no era una condena, sino una oportunidad.
El emperador no cedió.
La humillación pública no solo fue una ofensa a la casa Demor, sino al propio imperio. Aquella desobediencia no sería perdonada con facilidad.
—¿Comprendes lo que está en juego? —le dijo a su hijo más tarde, en privado—. Esta unión es necesaria para salvar Norum. Una vez casados, ustedes serán el pilar que sostenga al reino.
Evans apretó los puños.
—Lo sé. Sé que es mi deber —respondió con voz baja—. Pero ¿cómo espera que cumpla un juramento cuando hacerlo significa traicionar a la única persona que amo?
El emperador suspiró, cansado.
—No permitas que ese amor nuble tu juicio. He estado enamorado antes, hijo. Y esa mujer… solo se interesa por tu posición.
—¡Eso no es verdad! —exclamó Evans, herido.
—Te casarás con la elegida —sentenció—. Si no lo haces, el pueblo pagará el precio de tu egoísmo.
Las palabras cayeron como una sentencia irreversible.
Esa misma noche, Evans citó a su amada en secreto.
—No deberíamos vernos —dijo ella apenas lo vio—. Tu matrimonio…
—No me casaré con ella —interrumpió él, desesperado—. Yo te amo.
Intentó acercarse, besarla, pero ella se apartó. Ese gesto fue suficiente para que él comprendiera que algo había cambiado.
—Me iré de la capital —confesó Cecilia—. Vine solo a despedirme. Perdóname.
Evans negó con la cabeza.
—Dime por qué —pidió—. Dime qué hice mal.
—Porque no soportaría verte con otra mujer, aunque sea tu deber —respondió ella—. Prefiero irme antes que vivir así.
Cuando Evans le propuso huir juntos, incluso él supo que estaba cruzando una línea peligrosa. Y aun así, lo hizo.
—No —dijo Cecilia—. No destruiré un imperio por amor. Adiós.
La vio marcharse sin poder seguirla.
Aquella noche, Evans aceptó su destino… creyendo erróneamente que el distanciamiento sería la única forma de proteger a quien se convertiría en su esposa.
Tiempo después, Cecilia aceptó las monedas de platino ofrecidas por un emisario imperial. El emperador, al verla tomar el dinero, creyó confirmar su sospecha.
Evans jamás lo supo.
El matrimonio se celebró con gran gozo. Rubí y Evans heredaron el trono bajo la bendición del sumo sacerdote. El juramento sagrado despertó dones extraordinarios: ella dominó la oscuridad, las cosechas y los cielos; él se convirtió en la luz sanadora del imperio.
Pero el pacto exigía algo más que poder. Exigía cercanía. Evans mantuvo la distancia, convencido de que así evitaría herirla. Ignoraba que su frialdad rompía el equilibrio mismo del juramento. Rubí intentó acercarse, comprenderlo, acompañarlo… sin éxito.
Con el tiempo, su cuerpo comenzó a debilitarse. Cuando Rubí murió, el imperio comenzó a caer. Y Evans comprendió, demasiado tarde, que el verdadero pecado no fue amar a otra mujer… sino no aprender a amar a quien intentó caminar a su lado.