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Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 18
El hombre llevó a Nox a la habitación de Killa en silencio. Solo se escuchaban las botas sobre el cemento y la respiración agitada de ella. Al llegar, el subordinado le quitó las esposas sin mirarla a los ojos. Las muñecas de Nox estaban marcadas, rojas, doloridas. Pero ella no dijo nada. Entró a la habitación y la puerta se cerró a sus espaldas con un sonido metálico. Estaba sola.
La habitación de Killa no era lo que esperaba. No había paredes grises ni suelo de cemento. Había una cama grande, de sábanas oscuras. Una alfombra que amortiguaba sus pies descalzos. Una ventana alta que dejaba ver la noche. Y un silencio distinto al de la celda. Un silencio íntimo. Peligroso.
Nox no sabía qué hacer. No sabía dónde sentarse. No sabía si debía estar de pie, arrodillada, invisible. Así que hizo lo único que su cuerpo le pedía: se fue a una esquina, se dejó caer al suelo, abrazó sus piernas y apoyó la frente en las rodillas. Quería desaparecer. Quería ser tan pequeña que él no la encontrara. Pero sabía que eso era imposible.
Una hora después, la puerta se abrió.
Killa entró con paso firme, pero en sus ojos había algo nuevo. Algo caliente. Algo que nunca había estado ahí antes.
—Que nadie me moleste hasta mañana —le dijo a alguien afuera, y cerró la puerta sin esperar respuesta.
Se quedó un momento en el umbral. Mirando la esquina. Mirándola a ella, acurrucada como un animal herido. Y en lugar de enfadarse, sonrió. Una sonrisa suave. Casi tierna.
—Amor —dijo, caminando hacia ella—. ¿Qué haces en el suelo? Hace frío.
Nox no levantó la cabeza. Killa se arrodilló frente a ella. Le tocó el pelo con una suavidad que dolía.
—Vayamos a tomar un baño —dijo, con la voz baja, íntima—. Tenemos toda la noche por delante. Aún me quedé con muchas ganas de hacerte el amor.
Nox sintió náuseas. O quizás no. Quizás era otra cosa. Algo que no quería nombrar.
Killa la levantó del suelo como si no pesara nada. La cargó en brazos hasta el baño. La luz era tenue. El vapor empezaba a empañar los espejos.
—¿Estás tímida? —preguntó él, riendo bajo—. Ya lo hicimos.
Y luego, con una lentitud que era casi una caricia, lamió su rostro. Desde la mejilla hasta la sien. Como un animal marcando a su cría. Como un hombre que no sabe pedir ternura de otra manera.
Nox se quedó quieta. No correspondió. No rechazó. Solo existió.
Él le quitó la ropa. Prenda por prenda. Sin prisa. Sin violencia. Como si desembalara un regalo que había esperado toda la vida. La metió en la bañera. El agua caliente le mordió la piel. Luego él se metió con ella. Se bañaron juntos en silencio.
Sus manos recorrían su cuerpo sin descanso. No era lujuria. Era necesidad. Como si necesitara memorizar cada centímetro de ella para no olvidarlo nunca. El agua caía. El vapor los envolvía. Y él la miraba como si fuera la única persona en el mundo.
Después, la llevó a la cama.
Y ahí, entre sábanas oscuras que olían a él, la noche se volvió eterna.
La hicieron una vez. Dos veces. Tres. Las horas se derritieron como cera. Killa no podía parar. Cada vez que terminaba, necesitaba volver a empezar. Se había vuelto adicto a su piel. A su cuerpo. A lo que ella le hacía sentir. Nunca había experimentado algo así. Nunca había sentido que alguien pudiera llenar ese vacío gris que llevaba dentro desde niño.
Nox dejó que pasara. No dijo que sí. No dijo que no. Solo cerró los ojos y pensó en Sofía. En su hermana. En la promesa que se había hecho de salir de ahí con vida. Y aguantó.
Cuando el sol empezó a asomar por la ventana, Killa por fin se detuvo. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes, el pecho desnudo cubierto de sudor y de ella. La abrazó por detrás. Enterró la cara en su cuello. Respiró su olor.
—Nunca había sentido nada así —susurró—. No sé cómo se llama. Pero no quiero que se me quite nunca.
Nox no respondió. Se quedó mirando la ventana. El amanecer. Las primeras luces grises sobre la ciudad ocupada.
—Vas a ser mía —dijo él. No era una pregunta. No era una amenaza. Era un hecho—. No por la fuerza. Porque vas a querer.
Ella cerró los ojos. Y por primera vez, no supo si él estaba equivocado.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...