Nikolai Ivánov es un hombre forjado en el dolor, de ojos duros y manos de hierro. No tolera mentiras y aprendió desde joven que el amor es la mayor debilidad del ser humano.
Envuelto en un frío implacable y pasos calculados, vio en una alianza de sangre solo poder… y cree que nada puede romper su control sobre el mundo.
Helena Lombardi, adelantada a su tiempo, cree en el amor con la misma intensidad con la que vive su libertad. Cada gesto suyo rebosa coraje y determinación, desafiando todo lo que Nikolai considera inquebrantable.
Cuando dos mundos tan opuestos chocan, las certezas se transforman en dudas, y los deseos que antes parecían imposibles irrumpen como una tormenta. Entre dolor y entrega, pasión y desafío, alguien tendrá que ceder…
Pero nadie saldrá ileso.
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Capítulo 22
Helena
Me despierto con la cama vacía. El lado de Nikolai aún guarda su calor, pero él ya salió de casa. Me quedo unos segundos mirando al techo antes de levantarme.
Voy hacia el baño y, en medio del camino, todo gira. Me agarro a la pared, respiro hondo. El mareo pasa, pero el malestar se queda. Ya hace tres días. Tres días que lo ignoro.
Fingo normalidad.
Bajo para el desayuno. La mesa está puesta, el olor a pastel recién hecho me golpea de lleno. Estoy hambrienta. Como rápido, casi con urgencia, como si mi cuerpo estuviera cobrando algo atrasado.
Y entonces la náusea sube.
No da tiempo a pensar. Corro hasta el lavabo más cercano. Me apoyo en el lavabo y vomito… una vez, dos, hasta que mis piernas fallan y pierdo las fuerzas.
Oigo pasos apresurados.
—¡Niña! —exclama Rosario, entrando a toda prisa. Es la cocinera más antigua de la casa, aquella que ya ha visto generaciones nacer y crecer allí.
Ella me ayuda a levantarme, pasa un paño frío por mi rostro, sujeta mis hombros con firmeza. Sus ojos me analizan con una calma que asusta más que el mareo.
Ella me mira profundo. Sonríe de un modo contenido, casi respetuoso.
—Mi hija… —dice bajo. —Creo que el heredero Ivanov está en camino.
Mi cuerpo se congela en el mismo instante.
El mundo se para.
—¿Qué? —susurro, la voz fallando.
Ella no repite. No necesita. Aquella certeza antigua, de mujer que ya ha visto eso suceder decenas de veces, pesa en el aire.
Llevo la mano al vientre sin percibirlo.
Miedo.
Choque.
Y algo más… algo caliente, inesperado.
Mi corazón comienza a latir demasiado fuerte.
Porque, de repente, todo cambia.
Me giro hacia Rosario con el corazón disparado.
—Por favor… trae un test de farmacia —pido en un hilo de voz. —Y… nadie puede saberlo. Nadie.
Ella me mira por un segundo largo, serio, y asiente sin hacer preguntas. Desaparece por el pasillo como si entendiera la urgencia mejor que yo misma.
Los minutos se arrastran. Cuando ella vuelve, trae una bolsa simple, discreta. Me la entrega sin decir una palabra. Nuestras miradas se cruzan y, en el fondo de su mirada, hay una certeza que me niego a aceptar.
Subo para el cuarto con las piernas débiles.
Me encierro en el baño.
Las manos tiemblan tanto que casi dejo el test caer. Sigo las instrucciones en automático, como si estuviera fuera de mi propio cuerpo. Después me siento en el borde de la bañera, codos apoyados en las rodillas, la cabeza baja.
—Por favor, Dios… —murmuro. —Por favor, que sea negativo.
El tiempo no pasa.
Él pesa.
El despertador suena.
Mi corazón se dispara tan fuerte que llega a doler. Me levanto despacio, como si el suelo pudiera desaparecer bajo mis pies. Me acerco al lavabo, cierro los ojos por un segundo antes de mirar.
Cuando abro…
Mi castillo de arena se derrumba.
Positivo.
Llevo las manos a la cabeza, el aire huye de mis pulmones, las piernas ceden. Resbalo hasta el suelo frío del baño, la espalda apoyada en la puerta.
—No… no… —repito, la voz quebrada.
Las lágrimas vienen sin control.
—Nikolai nunca me perdonará… —murmuro una vez. —Nunca… —repito, como si decir muchas veces pudiera tornar eso verdad.
Lloro en silencio, con miedo hasta de las paredes. Con miedo del futuro. Con miedo del hombre que amo… y más aún del hombre que él es cuando se siente traicionado.
La mano va sola hasta el vientre.
Y allí, en medio del pánico, existe algo pequeño demasiado para tener nombre — pero grande lo suficiente para cambiar todo.
Solo que ahora…
Yo solo consigo sentir miedo.
Me siento en el suelo frío del baño, la espalda apoyada en la puerta, el test aún tirado en el lavabo como si pudiera acusarme en cualquier momento. Las manos tiemblan mientras cojo el celular.
Marco para Natalia casi sin ver la pantalla.
Ella atiende rápido.
— ¿Helena?
Abro la boca y el llanto viene antes de las palabras.
—Natalia… he hecho una gran tontería…
La voz sale cortada, ahogada por los sollozos.
Del otro lado de la línea, el tono de ella cambia en el momento.
—¿Qué tontería? ¿Qué has hecho?
Respiro hondo, pero no sirve de nada. Todo se derrumba de una vez.
—He mentido… —confieso. —No he usado ningún método contraceptivo. Estaba en el contrato… yo lo sabía… pero no lo he usado porque siempre he querido ser madre.
El silencio de ella dura segundos largos de más.
—Helena… —ella dice despacio.
—¿Estás embarazada?
No consigo responder con palabras.
Lloro.
Lloro alto, dolido, como si el aire estuviera rasgando mi pecho. Aprieto el celular contra el rostro y, entre un sollozo y otro, digo:
—Sí… estoy embarazada.
Del otro lado de la línea, Natalia no dice nada por un instante. Solo escucho su respiración. Cuando ella vuelve a hablar, la voz no viene dura. Viene firme.
— Respira —ella dice.
— Escúchame… respira. No estás sola. ¿Has oído?
Pero yo me siento.
Sola.
Asustada.
Demasiado enamorada para no tener miedo.
—Él me va a odiar… —susurro.
—Nikolai me va a odiar.
—No.
Natalia responde, con una certeza que yo no consigo sentir aún.
—Él va a flipar. Se va a enfadar. Va a perder el suelo. ¿Pero odiarte? No. Nunca.
Cierro los ojos, apoyando la frente en las rodillas.
Quería creerla.
Pero en aquel momento, todo lo que consigo ver es el abismo entre el amor que hemos construido…
Y la verdad que voy a tener que contar.
—Helena… necesitas contárselo —ella dice, con la voz baja, pero firme.
Mi cuerpo entero reacciona como si ella me hubiera empujado de un peñasco.
—Ahora no —respondo demasiado rápido.
—No consigo… no ahora.
—Lo sé —ella dice. —Pero esconderlo solo va a empeorar. Nikolai necesita oírlo de ti. No de mí. No de otra persona. De ti.
Cierro los ojos con fuerza, las lágrimas continúan cayendo.
—Él dejó eso claro en el contrato —digo, casi en un susurro. —Yo acepté. Yo firmé. Yo mentí, Natalia… yo le mentí.
—Te equivocaste —ella concuerda, sin ahorrarme nada. —Pero eso no te hace un monstruo. Te hace humana.
Llevo la mano al vientre de nuevo, el gesto ahora consciente.
—Tengo miedo —confieso. —Miedo de él. Miedo de perderlo todo.
—Escucha —Natalia habla, y ahora suena como hermana, no como mediadora.
—Nikolai puede ser muchas cosas. Pero cuando ama… él ama entero. Y él te ama.
Balanceo la cabeza, aun sabiendo que ella no puede ver.
—Cuéntaselo —ella repite.
—Cuéntaselo antes de que él lo descubra por otro camino. Antes de que eso se convierta en una herida más entre vosotros.
El silencio se instala. Solo el sonido de mi respiración falla.
—Lo haré… —digo por fin, la voz fraca.
—Lo contaré.
No sé cuándo.
No sé cómo.
Pero sé que, a partir de aquel instante, no existe más vuelta atrás.
Apago el teléfono despacio y me quedo allí sentada en el suelo del baño, abrazando las rodillas, sintiendo el miedo pulsar junto con algo nuevo — pequeño, invisible… y ya tan poderoso.
Porque ahora no es solo sobre mí.
Es sobre lo que crece dentro de mí.