Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 21: Esta vez no fallo.
Harold entró al cuarto quince minutos después.
Vincent lo escuchó venir por el pasillo: el golpeteo del bastón contra el concreto, los pasos lentos de un hombre que no tiene prisa porque cree que tiene todo el control. La puerta se abrió y la luz del pasillo le dio en la cara como una bofetada.
El viejo se quedó parado en el marco mirándola en el colchón con esa sonrisa que era la cosa más repugnante que Vincent había visto en dos vidas, y eso incluía cadáveres en el East River.
—Cambié de opinión, cariño. Tu marido no quiere pagar más y yo no quiero esperar más. Así que vamos a tener nuestra noche de bodas ahora. Mejor tarde que nunca.
Se acercó al colchón apoyándose en el bastón. Los dos hombres se quedaron en la puerta, mirando hacia otro lado con la indiferencia profesional de tipos que han visto cosas peores y que no cobran extra por tener conciencia.
Vincent retrocedió en el colchón hasta que la espalda le pegó contra la pared. Las manos atadas a la espalda le ardían. El corazón le latía en la garganta. Pero la cabeza estaba fría, porque Vincent Moretti no perdía la cabeza ni atado, ni encerrado, ni con un viejo asqueroso avanzando hacia él en un cuarto que apestaba a muerte.
Gana tiempo. Cada segundo cuenta.
—Harold, piénsalo bien. Si me tocas, Antonov te va a encontrar y lo que te va a hacer no se lo desearías a nadie.
—Antonov no sabe dónde estoy.
—Rastreó la llamada. Tú lo llamaste, imbécil. Le diste tu ubicación en bandeja.
Algo cruzó la cara de Harold. No miedo todavía, pero sí la primera grieta de duda, la de un hombre que acaba de darse cuenta de que cometió un error pero que no quiere admitirlo.
—Mis hombres vigilan la entrada. Si alguien se acerca, lo sabré.
—¿Tus hombres? ¿Los dos que fuman en la puerta como si estuvieran en un picnic? ¿Esos van a detener a la gente de Antonov?
Harold apretó el bastón y siguió avanzando. No quería escuchar. No quería pensar. Quería lo que había venido a buscar y llevaba semanas imaginando este momento con la obsesión de un hombre que fue humillado en su propia cama y que no piensa morirse —otra vez— sin cobrar.
Se inclinó sobre el colchón y le agarró el tobillo.
Vincent le escupió en la cara.
—¡Maldita perra! —Harold se limpió con la manga y levantó el bastón para golpearla.
El disparo vino de afuera.
No uno. Tres. Secos, rápidos, seguidos del sonido de algo pesado cayendo al piso y de gritos que no eran de rabia sino de pánico. Los dos hombres de la puerta se giraron hacia el pasillo y uno de ellos alcanzó a sacar la pistola antes de que una ráfaga de disparos lo tirara contra la pared como un muñeco de trapo. El segundo levantó las manos y se arrodilló tan rápido que las rodillas le sonaron contra el concreto.
Harold se quedó congelado con el bastón en el aire y la cara de un hombre que acaba de entender que la conversación sobre rastrear llamadas no era un farol.
La puerta del cuarto se abrió de golpe y Vicente Antonov entró como quien entra en su propia casa: sin pedir permiso, sin dudar, con una pistola en la mano derecha y tres hombres detrás de él que se movían con la precisión de gente que hace esto para ganarse la vida.
Antonov miró la escena en medio segundo: su esposa en un colchón sucio con las manos atadas, el viejo encima de ella con un bastón levantado, el cuarto que apestaba, la oscuridad, todo. Lo procesó con la velocidad de un hombre acostumbrado a tomar decisiones que cuestan vidas, y lo que Vincent vio en su cara no fue alivio ni preocupación sino una rabia pura, limpia, sin filtro, del tipo que no grita sino que susurra porque es demasiado grande para caber en un grito.
—Aléjate de ella —dijo Antonov con una voz que cortaba como vidrio roto.
Harold retrocedió del colchón con las manos arriba y el bastón cayéndose al piso. La sonrisa había desaparecido y lo que quedaba debajo era un viejo asustado con una cicatriz en la sien y la certeza tardía de que jugó un juego que le quedaba grande.
—Espera, espera, podemos hablar, ya tengo el dinero, te la devuelvo, no la toqué, no le hice nada...
Antonov lo ignoró. Se acercó a Vincent, sacó un cuchillo del bolsillo y cortó las esposas de plástico con un movimiento limpio. Las manos de Vincent cayeron libres y el dolor de la circulación volviendo le arrancó un quejido que se tragó apretando los dientes.
—¿Estás bien? —le preguntó Antonov, y lo preguntó mirándola a los ojos con una intensidad que no tenía nada de profesional ni de funcional.
—Estoy viva —dijo Vincent, frotándose las muñecas—. Dame un segundo.
Se puso de pie. Las piernas le temblaban. Los hombros le ardían. Pero se puso de pie porque Vincent Moretti siempre se ponía de pie, le doliera lo que le doliera.
Miró a Harold, que estaba contra la pared con las manos arriba y los ojos saltando entre Antonov y la puerta buscando una salida que no existía. Y luego miró la pistola en la mano de su marido.
—Dame el arma —dijo.
Antonov la miró.
—Emilia...
—Dame. El. Arma.
Algo pasó entre los dos en ese momento, una conversación entera comprimida en tres segundos de contacto visual. Antonov buscando en sus ojos la duda, la histeria, el miedo, cualquier cosa que le dijera que no debía darle una pistola a su esposa en un cuarto con un hombre desarmado. Y Vincent devolviéndole una mirada que no tenía ninguna de esas cosas, que solo tenía la certeza fría y antigua de alguien que ha hecho esto antes.
Antonov le dio la pistola.
Vincent la tomó con la mano derecha. Pesaba más de lo que recordaba porque los revólveres de su época eran diferentes, pero el principio era el mismo: apuntar y apretar. Así de simple. Así de limpio.
Se giró hacia Harold.
El viejo la miró y lo que vio en la cara de Emilia le vació el color de las mejillas como si alguien le hubiera abierto un grifo. Porque lo que estaba mirándolo desde detrás de esos ojos grandes de color miel no era una mujer asustada ni una víctima atada a una silla. Era algo más viejo, más frío, más peligroso que cualquier cosa que Harold Whitmore había enfrentado en su vida.
—Espera. Espera, por favor. No me mates. Fue un error. No te toqué. No te hice nada. Por favor.
—La primera vez te di un golpe en la cabeza y sobreviviste —dijo Vincent, levantando la pistola—. No voy a cometer el mismo error dos veces.
—¡POR FAVOR!
El disparo fue uno solo.
Le dio en el centro del pecho y Harold se deslizó por la pared dejando una marca roja en el concreto hasta quedar sentado en el piso con los ojos abiertos, la boca abierta y una expresión de sorpresa que se fue apagando como una vela a la que le quitan el oxígeno.
Esta vez no hubo duda. Esta vez no iba a levantarse.
Vincent bajó la pistola. Le temblaba la mano pero la cara estaba quieta, inmóvil, con la calma de alguien que acaba de cerrar una puerta que debió cerrarse hace mucho tiempo.
Se dio la vuelta y le devolvió el arma a Antonov. Él la tomó sin decir nada, se la pasó a uno de sus hombres y miró el cuerpo de Harold en el piso con la misma emoción con la que miraría un mueble roto: ninguna.
—Limpio esto —le dijo a su equipo—. Que no quede rastro. El viejo ya estaba muerto oficialmente. Que siga así.
Se quitó la chaqueta y se la puso a Vincent sobre los hombros. Ella no se la quitó. Pesaba como una armadura y era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Salieron de la bodega. El aire de afuera le golpeó la cara con una frescura que le supo a libertad, y Vincent respiró profundo por primera vez en horas, llenándose los pulmones con algo que no apestaba a muerte ni a colchón podrido ni al perfume barato de un viejo que quiso cobrar una deuda que nunca existió.
El auto los esperaba afuera. Se subieron. Las puertas se cerraron. El motor arrancó.
Vincent miraba por la ventanilla con la chaqueta de Antonov sobre los hombros y las muñecas rojas y la cabeza llena de un silencio que no era paz sino el vacío que queda después de que algo terrible termina y todavía no sabes qué viene después.
Antonov no habló durante los primeros diez minutos. Luego, sin mirarla, sin girar la cabeza, dijo:
—¿Dónde aprendiste a disparar así?
Vincent no contestó.
No podía.
Porque la respuesta verdadera era imposible de dar y cualquier mentira que inventara iba a sonar exactamente como lo que era.
Se quedaron en silencio el resto del camino, los dos mirando por ventanillas opuestas, los dos pensando que la persona al otro lado del asiento era mucho más de lo que aparentaba y que esa verdad, fuera la que fuera, iba a cambiar todo.
Ahora se tiene que cuidar mucho mas!
Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.
El viejo Reencarno!