Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 16: Dirección
El sobre llegó a las 9:17 am al penthouse. Negro, sin remitente, con lacre rojo. Adentro, una hoja sola escrita a mano con esa letra inclinada que Lía ya reconocía: la de Belial.
“Depósito 3B. Puerto Nuevo. Pregunten por Varela. – B.”
Abajo, más chico: “Él empujó el auto. Yo solo firmé la orden.”
Damián leyó la nota dos veces. Después la quemó en el cenicero de obsidiana de la cocina. No quedó ni ceniza.
—Voy solo —dijo.
Lía estaba descalza, con la camisa de él puesta porque la suya seguía con olor a sótano y sal. Tenía el pelo mojado de la ducha y el anillo frío.
—No.
—Lía…
—No. —Se cruzó de brazos—. Anoche dijiste que el contrato es nuestro. Si es nuestro, decidimos los dos. Y yo decido que no vas a pararte delante de Belial otra vez para que te rompa algo.
Damián se apoyó en la mesada. La marca nueva en la espalda no se veía, pero Lía sabía que estaba ahí. Latía cada vez que él respiraba hondo.
—Varela es cascarón. De los viejos. De los que no hablan: muerden. —Se pasó la mano por el pelo—. No quiero que estés cerca cuando saque lo que tenga dentro.
—Y yo no quiero enterarme por Lilith que volviste con otra cicatriz y media ciudad sin luz. —Se acercó y le puso la mano en el antebrazo. No arriba, no abajo. A la altura—. Si vamos, vamos juntos. O no voy y vos tampoco.
Se miraron.
El anillo y la marca se encendieron un segundo, tibios. No como alarma. Como sí.
Damián soltó el aire.
—Está bien. —La miró de arriba abajo—. Pero no vas así.
—¿Así cómo?
—Como mi esposa. Vas como mía.
Lía levantó una ceja.
—Definí “mía”.
Él le acomodó el cuello de la camisa —su camisa— y no contestó. Solo le dio un beso rápido en la comisura de la boca. No fue romántico. Fue promesa.
11:40 – Puerto Nuevo. Depósito 3B.
Olor a pescado, gasoil y óxido. El depósito tenía la puerta entreabierta. Adentro, cajas apiladas, una luz amarilla colgando de un cable y un escritorio de metal con un tipo flaco, de unos sesenta, traje barato y manos temblorosas.
Varela.
Levantó la vista cuando entraron y se quedó blanco. No por Damián. Por Lía.
—Vos… —dijo—. Sos igual a ella.
—¿Elena? —preguntó Lía.
Varela asintió y buscó algo bajo el escritorio. Damián dio un paso y el tipo frenó.
—Tranqui, príncipe. Solo esto. —Sacó una foto doblada. Se la tiró sobre la mesa—. Me la dio tu padre. Para que no olvidara a quién empujaba.
Lía la agarró. Elena, embarazada, sonriendo a la cámara en la cocina. La misma de la polaroid. Detrás, desenfocado, Belial con la mano en su hombro.
No Damián. Belial.
—Tu padre me dijo: “si firma con mi hijo, empujala. Si firma conmigo, dejala vivir”. —Varela se rió sin ganas—. Firmó con los dos. Así que hice lo que me pagaron. Y después me escondí veinte años porque sabía que algún día vendrías a cobrar.
Damián no se movió. Pero la sombra detrás de él sí. No alas completas. Solo el contorno, como si la habitación no soportara verlo entero.
—No vine a cobrar —dijo Damián. Voz baja—. Vine a preguntar una cosa.
—¿Cuál?
—Si te arrepentís.
Varela lo miró. Después miró a Lía.
—Todos los días. —Se tocó el pecho—. No porque fuera buena. Porque después me enteré de la nena. —Señaló a Lía—. Y porque desde esa noche sueño con el auto dando vueltas y no puedo frenarlo.
Lía sintió el anillo enfriarse. No rabia. Pena. Peor que rabia.
Damián dio un paso más.
—Entonces decime quién te pagó después de mi padre. Porque Belial no paga dos veces por el mismo trabajo.
Varela abrió la boca.
No llegó a contestar.
La luz amarilla explotó. Vidrios. Un segundo de oscuridad total.
Y cuando la luz volvió —ahora roja, de emergencia—, Varela estaba en el piso con un agujero limpio en la frente. No sangre. Humo.
Malphas estaba apoyado en la puerta, con el cuerpo del chico rubio, traje blanco impecable, soplando la punta de un dedo como si fuera un revólver.
—Ups —dijo—. Se me escapó.
Damián se interpuso delante de Lía en un movimiento. La marca en su espalda brilló a través de la camisa. El anillo de Lía respondió al instante. Calor. Escudo.
—No la toques —dijo Damián, y la voz tenía eco otra vez.
—No vine por ella, hermano. Vine por el testigo. —Malphas pateó el cuerpo—. Hablaba demasiado. Papá se enoja cuando los cascarones tienen conciencia. —Miró a Lía—. Perdón por interrumpir la terapia familiar.
Lía no retrocedió. Dio un paso al lado de Damián, no detrás.
—Ya sabemos lo que queríamos —dijo—. Belial firmó la orden. Belial la empujó. Vos solo limpiaste.
Malphas sonrió.
—Lista la chica. —Señaló a Damián con la cabeza—. ¿Y vos qué vas a hacer? ¿Matarnos a todos hasta que te quedes solo otra vez?
Damián no contestó. Levantó la mano. No para golpear. Para que Lía se quedara quieta.
—¿Por qué lo mataste ahora? —preguntó.
—Porque iba a decir el nombre del que le pagó a Belial para que firmara Elena la primera vez. —Malphas se encogió de hombros—. Spoiler: no fui yo. No fue papá. Fue alguien que todavía respira y te mira en los espejos.
Se deshizo antes de que Damián pudiera alcanzarlo. No ceniza. Nada.
Silencio.
Lía tenía las manos heladas. El anillo volvió a tibio.
—Mintió —dijo.
—Sí —contestó Damián—. Pero no en todo.
Se agachó junto al cuerpo. Revisó los bolsillos. Sacó una llave vieja con una etiqueta: Caja 217 – Banco del Sur.
La miró.
—Mi padre no guarda nada en bancos humanos.
—¿Entonces?
—Entonces alguien quiere que vayamos ahí.
Lía le quitó la llave de la mano.
—Entonces vamos.
Damián la miró. Largo.
—No te obligo.
—Ya sé. —Le devolvió la llave—. Por eso voy.
Penthouse – 14:30.
Lilith escuchó todo sin interrumpir. Cuando terminaron, tiró la llave sobre la mesa y la miró como si fuera una cucaracha.
—Caja 217. —Chasqueó la lengua—. Eso es cebo con luces y cartel.
—¿De quién? —preguntó Lía.
—De quien sea que movió a Elena del primer contrato al segundo. —Lilith miró a Damián—. Y tu padre no fue. Él cobra. No convence.
Damián se sentó. Por primera vez desde que volvieron, se pasó las manos por la cara. Cansado.
—Si vamos, vamos los tres.
—No —dijo Lilith—. Si van, van ustedes. Yo me quedo cuidando que Belial no queme el edificio por deporte.
Lía se sentó enfrente de Damián. Le puso la mano sobre la suya en la mesa. El anillo y la marca latieron una vez.
—Decimos que sí al mismo tiempo —dijo.
Damián la miró. No había máscaras. Solo él.
—Sí.
Lía sonrió apenas.
—Sí.
El sello no brilló. No hizo falta.