Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XI Soy tu dueño
Punto de vista de Alexander
Llegué al apartamento pasadas las ocho de la noche. El silencio que me recibió no fue el habitual silencio de paz que tanto valoraba, sino uno que se sentía vacío, casi insultante. Dejé las llaves sobre la consola de mármol y caminé hacia la sala, esperando ver a Isabella desparramada en alguno de mis sofás de diseñador con una copa de vino en la mano o escuchando su risa estridente por teléfono.
Pero no había nada. Solo la penumbra de la ciudad filtrándose por los ventanales.
—¿Isabella? —llamé, y mi voz resonó con una autoridad que nadie respondió.
Caminé hacia su habitación y abrí la puerta sin pedir permiso. La cama estaba deshecha, pero ella no estaba. Un rastro de su perfume, ese que ahora empezaba a resultarme extrañamente adictivo, flotaba en el aire, pero la estancia estaba desierta.
Sentí una punzada de irritación que rápidamente se transformó en una furia fría. Mi mente, entrenada para prever los peores escenarios en los negocios, empezó a tejer una red de suposiciones venenosas. ¿A dónde iría una mujer como ella a estas horas?
La cabra siempre tira al monte, pensé con amargura.
Seguramente no había aguantado ni un solo día de sobriedad y disciplina. Recordé su reputación, los titulares de los periódicos, las fotos borrosas de ella saliendo de clubes exclusivos a altas horas de la madrugada. Mi ego, ese que tanto me había costado proteger de los chismes de la alta sociedad, se sintió herido. Me había humillado firmando ese contrato y ella, en menos de doce horas, ya estaba por ahí, probablemente en los brazos de algún amante o alimentando su necesidad de atención en cualquier antro de mala muerte.
—¿Crees que puedes burlarte de mí, Isabella? —susurré para la habitación vacía, apretando los puños.
Me imaginé a la prensa captándola en una situación comprometedora justo el día en que anunciábamos nuestro compromiso. Imaginé la cara de mi abuelo, la burla en el rostro de mis socios. Me sentí como un estúpido por haber creído, aunque fuera por un segundo, que los ojos que me miraron en la cena tenían algo de honestidad. Eran solo los ojos de una actriz consumada.
Serví un whisky doble y me senté en la oscuridad de la sala a esperarla. Cada minuto que pasaba era una capa más de hielo que cubría mi juicio.
Estaba decidido: en cuanto cruzara esa puerta, le recordaría que ahora me pertenecía por contrato, y que no iba a permitir que su vida libertina arrastrara mi apellido al fango.
Mi orgullo herido no buscaba explicaciones; buscaba control. Y cuando Isabella regresara —porque regresaría—, se encontraría con un hombre que no iba a aceptar más excusas.
Punto de vista de Elena
Llegué a la clínica con el corazón en la garganta. Una enfermera me condujo rápidamente hasta la habitación de mi madre. Al entrar, vi a mi padre sentado junto a la cama; su rostro cansado se iluminó, pero luego se transformó en una mueca de total desconcierto. En mi prisa por salir, olvidé que ya no lucía como la Elena que él conocía.
—¿Hija... eres tú? —preguntó mi papá, recorriéndome con una mirada cargada de extrañeza.
—Sí, papá, soy yo —respondí, intentando suavizar la voz para que me reconociera a través del disfraz de seda y maquillaje.
—No pareces tú. Esa ropa se ve demasiado cara... y esta clínica también. ¿De dónde estás sacando el dinero, Elena?
Sabía que este interrogatorio llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto. Por suerte, Isabella me había entrenado para mentir con convicción.
—Estoy trabajando, papá. Conseguí un puesto en una empresa muy importante y ellos me están ayudando adelantándome el sueldo para cubrir los gastos. Por eso debo vestir así; es parte de mi nueva imagen profesional.
Mi padre guardó silencio, pensativo. Sé que en su mundo nadie regala tanto dinero por nada, y agradecí profundamente que la puerta se abriera antes de que sus dudas se convirtieran en preguntas que no sabría responder.
—Buenas noches —dijo un hombre joven y de presencia imponente—. Soy el doctor Miguel Salvatierra, y estaré a cargo del caso de la señora Josefina.
—Buenas noches, doctor. Soy Elena Fernández, y él es mi padre, Héctor —dije, extendiendo la mano.
—Un placer, señorita Fernández. Por fin la conozco —respondió el doctor, sosteniendo mi mano un segundo más de lo necesario mientras clavaba sus ojos en los míos.
—¿Cómo ve a mi madre? —pregunté, ignorando el tono personal de su saludo.
—El caso es difícil —explicó con seriedad—. Debemos disminuir la inflamación cerebral antes de operar. No les mentiré: será un proceso largo y solo espero que ella resista el tratamiento. Ahora, si me disculpan, debo seguir con mis rondas.
Antes de irse, el doctor se giró y me pidió mi número de contacto "para emergencias". Se lo di sin pensarlo dos veces; cualquier cosa por ella. Pero al mirar mi reloj de pulsera, el pánico regresó. Era tardísimo. Me despedí de mis padres con un beso rápido y salí volando de la clínica.
Conduje el deportivo de vuelta al apartamento de Alexander, devorando las calles vacías. Sabía que si él había llegado antes, se desataría la tercera guerra mundial. Estaba nerviosa, pero tenía que enterrar a Elena y sacar a Isabella a flote.
Al entrar, el apartamento estaba sumido en una oscuridad absoluta. Solté un suspiro de alivio que solo duró un segundo. De pronto, las luces de la sala se encendieron de golpe, cegándome. Alexander estaba allí, sentado en la penumbra, con una copa en la mano y una mirada gélida que prometía destrucción.
—¿Dónde estabas? —preguntó, y su tono de voz era tan bajo y peligroso que el vello de mis brazos se erizó.
Me quedé helada, pero recuperé la postura de inmediato, arrojando mi bolso sobre el sofá con la arrogancia que Isabella usaría.
—No sabía que ahora tenía que marcar tarjeta de entrada y salida, Alexander. ¿Acaso me pusiste un GPS mientras dormía?
Él se levantó lentamente, dejando la copa sobre la mesa. Se acercó a mí con la elegancia sabiendo que no tenía a donde escapar.
—No juegues conmigo —sentenció, deteniéndose a solo unos centímetros de mi rostro. Su aliento olía a whisky y a una furia contenida—. Firmaste un contrato de exclusividad y decencia. Te mudas hoy y lo primero que haces es desaparecer durante horas sin responder el teléfono. ¿En qué antro estabas? ¿O es que ya extrañabas tanto a tu amante que no pudiste esperar ni una noche?
—Cuidado con lo que asumes, Volkov —respondí, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una chispa de rabia—. Mi vida no gira en torno a lo que tu ego herido imagina. Tenía asuntos personales que atender, algo que un hombre frío como tú probablemente no entendería.
Alexander soltó una carcajada amarga y me tomó del brazo, no con fuerza para lastimarme, pero sí para obligarme a mirarlo.
—Tus "asuntos personales" suelen terminar en las portadas de los periódicos. No voy a permitir que arruines este trato. Si vuelves a salir sin avisar, o si vuelves a oler a otro hombre, te juro que te sacaré de aquí y dejaré que tu padre se pudra en sus deudas. ¿Te queda claro, Isabella?
Lo miré fijamente, sintiendo el impulso de gritarle que estaba en un hospital salvando una vida, no destruyéndola. Pero me tragué las palabras. La verdad era mi sentencia de muerte.
—Perfectamente claro —susurré, soltándome de su agarre con un tirón—. Pero recuerda una cosa, Alexander: puedes comprar mi tiempo y mi apellido, pero no eres mi dueño.
Me di la vuelta para irme a mi habitación, pero sus siguientes palabras me detuvieron en seco.
—Entonces, ¿cómo explicas el olor a hospital que emanas, Isabella? ¿Acaso tu nueva diversión es seducir médicos ahora?
Me quedé paralizada. Alexander no solo estaba furioso; estaba observando detalles que yo había pasado por alto. La cacería acababa de empezar.
ojalá no bajen la Guardia