Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que ya no puede esperar
El silencio de la granja, que durante el día era simplemente opresivo, se transformó por la noche en algo vivo y amenazante. Samira, tras terminar su cena de pan y leche, se quedó inmóvil en la penumbra. Esperó escuchar el crujido de la cama de Dominic o el sonido de sus botas en el pasillo, pero la casa se sentía hueca, como un cuerpo sin alma.
La oscuridad comenzó a cerrarse sobre ella. No era la oscuridad de Orlando, filtrada por las luces de la ciudad y el brillo de los dispositivos electrónicos; era una negrura absoluta, espesa, que parecía devorar las paredes. Samira se levantó, su corazón golpeando con fuerza contra sus costillas. Cada pequeño crujido de la madera vieja sonaba como un disparo, y el silbido del viento en las rendijas de las ventanas se convirtió en voces que susurraban su nombre.
—¿Dominic? —llamó con un hilo de voz.
Nadie respondió.
El pánico, frío y pegajoso, la invadió. Empezó a caminar a tientas por la estancia, con las manos extendidas, temerosa de que en cualquier momento alguien —un criminal, un animal, un fantasma— irrumpiera por la puerta desprotegida. Necesitaba luz. Necesitaba ver para convencerse de que seguía viva.
Llegó hasta la repisa donde Dominic guardaba las lámparas de aceite. Sus dedos temblorosos palparon el cristal frío y el metal. Nunca había encendido una; siempre había dado por sentada la luz con solo tocar un interruptor. Intentó manipular el encendedor de piedra y mecha, pero su torpeza, alimentada por la ansiedad, la traicionó.
El cristal de una de las lámparas se resbaló de sus manos, chocando contra el suelo y estallando en mil pedazos. En el caos, un borde afilado le cortó la palma de la mano.
—¡Maldita sea! —gritó, soltando un sollozo seco mientras lanzaba el resto de la lámpara lejos, presa de un ataque de histeria.
Se dejó caer en el suelo, rodeada de fragmentos invisibles. El dolor en su mano era agudo, pero el frío que sentía en los huesos era peor. Se abrazó a sí misma, encogiéndose en un rincón de la cocina. Tenía hambre, tenía frío, y deseaba, con una desesperación que le quemaba la garganta, un baño caliente y el aroma de las sábanas limpias de su mansión.
Se sentía abandonada en el fin del mundo. A kilómetros de su madre, de su comodidad, de su nombre. En esa oscuridad, Samira Johnson no era nadie. No era la heredera, no era la socialité; era solo una mujer herida y asustada en la casa de un hombre que parecía haberla olvidado en medio del campo.
Mientras las lágrimas inundaban sus ojos, se preguntó si Dominic volvería alguna vez, o si la noche se la tragaría allí mismo, entre el olor a tierra y la sangre que goteaba de su mano sobre el suelo de madera. Por primera vez en toda su vida no había nadie para auxiliarla, no había nadie para hacer el trabajo sucio.
Samira se levantó después de un rato, esperaba ver llegar a Dominic pero la oscuridad de la noche parecía habérselo tragado.