Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
NovelToon tiene autorización de La Griss para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: La clase que nunca terminó
— No la mires así.
- Es que parece que está viva.
- Primero los chicas ahora los maestros.
- Tengo miedo.
- Yo no quiero venir a la escuela.
Las voces no desaparecen. Siempre las escucho, en mi cabeza, pero esta vez no eran en mi cabeza, esta vez si eran voces reales.
Antes eran risas.
ntes eran burlas.
Antes eran ellas… contra mí.
Ahora no.
Ahora son susurros.
Ahora es miedo.
Y ese miedo…
Ahora me pertenece.
Estoy en el pasillo.
Como siempre.
mientras escucho las voces, sigo caminando, como si nada pasará.
Con el trapeador arrastrándose lento contra el piso.
Shhhh…
Shhhh…
El sonido se repite, constante.
Hipnótico.
Como si marcara un ritmo… como si guiara algo dentro de mí.
Pero esta vez… No estoy sola.
— Daniela…
Cierro los ojos con fuerza y aprieto los dientes.
— Cállate…
Lo digo en voz baja, casi sin aire, pero la voz…
No se calla.
— Ayuda… por favor…
Mi mano se tensa sobre el palo del trapeador.
— No…
Respiro hondo, el aire entra frío y pesado.
— Yo no soy esa.
Silencio, un segundo, dos y luego…
— Sí lo eres.
Abro los ojos de golpe, como siempre, estoy solo, el pasillo está vacío, largo, frío.
Solo somos mi trapeador y yo, bueno ahora estas voces, no sé bien si solo es Daniela, siento que ay alguien más, alguien me mira mientras camino. sé que no estoy solo, ya nada es igual.
me acerco nuevamente al curso.
Pero mi pecho… Sigue apretado.
Sigue latiendo demasiado rápido.
El aula está acordonada.
La cinta amarilla se mueve suave con el viento.
Hace un sonido leve… Frrt… frrt…
Como si susurrara.
Como si dijera algo que no logro entender.
Me acerco un poco más.
Dentro… Ella sigue ahí.
Sentada, recta, perfecta, como se creía que era.
Como si estuviera viva.
Como si en cualquier momento fuera a levantar la cabeza y decir: ¡ Saquen el cuaderno!
Trago saliva.
— Dicen que murió sentada…
— Como si alguien la acomodó…
— Eso da miedo…
- Pero de que murió.
- La abran matado.
Los estudiantes hablan en voz baja, agrupados a lo lejos.
Nadie se acerca demasiado.
Nadie cruza la línea.
Nadie se atreve.
Sonrío apenas.
— Claro que da miedo…
Lo susurro.
Pero no es burla.
Es… satisfacción.
Sigo caminando.
El trapeador vuelve a arrastrarse.
Shhhh… Shhhh…
Pero mi mente ya no está aquí.
Está allá, en ese momento.
Cuando todo terminó.
El salón estaba vacío y un silencio absoluto.
De ese que pesa.
De ese que te hace escuchar hasta tu propia respiración.
Ella estaba sola. sentada en su escritorio.
Corrigiendo, como siempre.
— Estos niños cada vez peor…
Ni siquiera levantó la mirada.
Ni siquiera sospechó, ni siquiera… sintió nada.
— Profesora.
Mi voz fue suave, casi normal.
Se detuvo.
— ¿Qué hace aquí?
Molesta, siempre anda molesta, Todos le caen mal.
Siempre distante.
Caminé hacia ella, despacio, midiendo cada paso.
— Vine a limpiar.
Frunció el ceño.
— No es hora.
Sonreí.
Una sonrisa pequeña, pero con malicia.
— Para mí siempre es hora.
Algo cambió en su mirada.
Incomodidad, dudosa.
Un pequeño presentimiento.
— ¿Qué quiere?
Cerré la puerta.
Clic!!! El sonido fue seco, definitivo.
como si hasta la puerta conspirara encontra de ella.
Ella se levantó de inmediato.
— Oiga… abra la puerta. ¿que le pasa?
Dio un paso hacia mí.
La miré fijo, sin parpadear.
— ¿No te acuerdas de mí?
Se quedó quieta.
— ¿Qué?
- ¿ Tú quien, eres ?
Incliné la cabeza.
— Mírame bien, No me reconoces, me rio con risa burlona.
- Obvio que ahora no me vas a conocer, en este cuerpo.
Sus ojos recorrieron mi cara, este cuerpo, estas manos, me miraba confundida.
No tenía ni idea de lo que estaba pasando, no entendía, no podía comprender, no era posible.
A cinceridad a veces ni yo entiendo lo que pasa.
— ¿Qué está diciendo?
Me acerqué más, lento, sin prisa.
— Soy Daniela.
Un silencio, pesado, denso y real.
— No…
Retrocedió.
— Eso no puede ser…
— Sí puede.
Mi voz ya no era la misma, más baja.
Más… fría.
— Y nadie hizo nada.
Tragó saliva, sus ojos se emblanquecieron. Se querían salir de su cara.
— Yo no tuve la culpa…
— Tú te reíste, tú miraste.
- Asi mismo en silencio, como esta ahora, no hiciste nada.
— Yo no…
— Tú eras la maestra.
Di otro paso.
— Tú debiste detenerlo. Tú podías hacer algo. tú podías ayudar.
Su respiración empezó a fallar.
— Yo no sabía…
— Sí sabías.
Pausa.
— Solo no te importó.
El aire cambió, se volvió pesado, casi irrespirable.
— Perdón… yoooo
La interrumpo.
Tú no hiciste nada, cuando podías, ahora... ahora ya es tarde. No me sirve tu perdón.
Nunca sirvió.
Caminé hacia ella, rápido, la agarré, no gritó.
No pudo, sus ojos se abrieron, grandes.
Se le notaba la desesperación.
Buscando ayuda.
La misma ayuda…
Que yo pedí y nunca llegó.
— Ayúdame…
Susurró.
La miré fijo, sin emoción, sin duda.
— Yo también pedí ayuda.
Su cuerpo comenzó a apagarse.
Lento, débil, hasta quedar… quieta.
Ese veneno fue mortal, lo mejor de todo no se detecta con nada.
Silencio.
Solo silencio.
La sostuve un momento más.
Luego…
La acomodé, recta, perfecta.
Como siempre le gustaba sentarse.
— Así te quedas.
Le susurré al oído.
— Como hiciste conmigo.
Me aparté.
La miré una última vez Y me fui.
Abro los ojos.
Estoy otra vez en el pasillo.
Pero algo… No está bien.
— Daniela…
La voz vuelve, más clara, más cerca, más… viva.
— No…
Me llevo la mano a la cabeza.
— Déjame…
— Déjame salir…
Mi respiración se rompe, se vuelve irregular.
— Yo soy tú…
— ¡No!
Esta vez lo digo más fuerte, más firme.
Pero no es suficiente.
— Yo no soy ella.
— Sí lo eres.
Miro hacia la ventana y ahí está, mi reflejo.
Al menos creo que es el mio... Pero no soy yo, no completamente.
¡Sonríe! Lento, torcido, oscuro.
Retrocedo un paso.
— No…
Mi voz tiembla.
— Esto no está pasando…
Pero sí está pasando, lo sé.
Porque lo siento, justo aquí, dentro de mi cabeza o afuera, No se.
Como si algo se moviera.
Como si algo empujara, me vigila siento que me mira a toda hora.
Como si quisiera salir. Entonces…
La veo.
La psicóloga, de pie.
Frente al aula, observando, no entra, no habla, pero mira, analiza.
Como si armara piezas invisibles.
Como si ya supiera.
— Ella sabe…
La voz dentro de mí lo dice.
No yo.
— Ella lo ve…
Aprieto el trapeador.
Paso a su lado, sin mirarla directamente.
Pero siento algo, una presión.
Como si su mirada atravesara.
Como si me leyera.
Como si viera más allá de la piel.
— Interesante…
Murmura ella, muy bajo, casi imperceptible.
Pero lo escucho, claro, demasiado claro.
Me detengo un segundo.
Sin girar, sin respirar.
— No soy la única…
Susurro.
Y esta vez… No hay miedo.
Hay otra cosa, curiosidad, interés, algo nuevo.
Algo peligroso, sigo caminando.
Pero ya no soy la misma.
El pasillo parece más estrecho.
Las luces más frías.
Las sombras… más profundas.
Las voces ya no son solo recuerdos.
Son presencia, son compañía.
— Daniela…
— Aquí estamos…
- No te vayas…
Cierro los ojos un instante y cuando los abro… El mundo parece distinto.
Más lento, más claro, más… mío, me detengo, en medio del pasillo.
El trapeador deja de moverse.
El sonido desaparece.
Un silencio, total.
— ¿Y si…
Pausa.
— …yo no soy la que manda?
Las palabras salen solas.
Como si no fueran mías.
Como si alguien más las pensara por mí.
Un Silencio pesado, real.
Levanto la mirada, el aula, el cuerpo, la cinta.
La psicóloga.
Todo está en su lugar, pero nada es igual.
Nada, sonrío.
Pero no sé si soy yo.
— Esto no se ha acabado…
Miro mi reflejo otra vez y esta vez…
No aparto la mirada, la otra yo…
Sonríe primero.
— Nos vemos pronto…
Susurra.
Desde el otro lado.
Inclino la cabeza.
— A todos…
Pausa, lenta y oscura.
— ¿Qué voy a hacer con ustedes?
Con una sonrisa de burla.
Y por primera vez…
No hay duda, solo intención.