"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 13
El desayuno del día siguiente no olía a café y tostadas, sino a pura electricidad estática.
Yaneth bajó las escaleras sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. Se había mirado al espejo diez veces, tocándose los labios que aún sentía calientes y ligeramente hinchados. Llevaba un conjunto de sastre en color crema que Fabián le había jurado que la hacía ver "intocable", pero por dentro, se sentía como un cable pelado a punto de soltar chispas.
Al entrar al comedor, se detuvo en seco. Thiago ya estaba allí.
Él no estaba leyendo el periódico ni revisando su tableta como de costumbre. Estaba sentado, con la espalda rígida, sosteniendo una taza de café negro con una fuerza que hacía que sus nudillos se vieran blancos. En cuanto Yaneth entró, él levantó la vista. Fue solo un segundo, pero en ese cruce de miradas se reprodujo toda la escena de la noche anterior: la columna de la escalera, sus manos en su nuca, el hambre voraz de sus bocas encontrándose.
Thiago desvió la mirada de inmediato, carraspeando.
—Buenos días —dijo él. Su voz era tan áspera que parecía que se había tragado arena.
—Buenos días —respondió Yaneth, sentándose en el extremo opuesto de la mesa, evitando el contacto visual.
El silencio que siguió fue asfixiante. El tintineo de la cuchara de Yaneth contra la porcelana sonaba como un disparo en la habitación. Ninguno de los dos se atrevía a hablar, pero el aire estaba tan cargado que incluso Beatriz, que entró en ese momento con su habitual alegría, se detuvo en el umbral, oliendo el peligro.
—Vaya... —Beatriz miró a su hijo y luego a Yaneth—. ¿Alguien se murió o es que el mercado de valores colapsó mientras yo dormía? Porque tienen caras de haber visto un fantasma.
—Estoy bien, mamá. Solo tengo mucho trabajo —respondió Thiago rápidamente, sin levantar la vista de su café.
—Y yo... tengo una cita con la nutricionista ahora —añadió Yaneth, untando mantequilla en una tostada que no tenía ninguna intención de comer.
En ese momento, la puerta principal se abrió y Fabián entró como un huracán de colores, rompiendo la tensión como una granada de confeti.
—¡Buenos días a todos, especialmente a los que se besaron anoche y ahora no saben dónde meter la cara! —gritó Fabián, entrando al comedor con una sonrisa de oreja a oreja.
Thiago casi se ahoga con el café, soltando una tos violenta. Yaneth se puso roja hasta la raíz del cabello, escondiendo el rostro tras su servilleta.
—¡Fabián! —exclamó Yaneth, suplicante.
—¿Qué? —Fabián se sentó al lado de Beatriz y le robó una uva—. Nena, el servicio de esta casa es muy eficiente, pero no es mudo. Y digamos que los ruidos de "pasión desenfrenada" en la escalera principal no son fáciles de ignorar. ¡Thiago, querido! Te ves más pálido que de costumbre. ¿Te bajó la presión o es que Yaneth te robó el alma por la boca?
Beatriz abrió mucho los ojos y luego soltó una carcajada triunfal, golpeando la mesa con la mano.
—¡Lo sabía! —gritó la señora Nova—. ¡Sabía que ese vestido rojo iba a causar un desastre natural! Thiago, hijo mío, finalmente estás despertando.
—No fue... no es lo que creen —balbuceó Thiago, poniéndose de pie de golpe. Estaba visiblemente perturbado, el "Diablo de Hielo" estaba completamente derretido y evaporándose de la vergüenza—. Fue un error. Una descarga de adrenalina por la gala. No se volverá a repetir.
Yaneth sintió una punzada de dolor en el pecho. Sabía que él diría algo así para proteger su orgullo, pero escucharlo en voz alta dolía más de lo que esperaba. Se levantó también, manteniendo la cabeza en alto.
—Thiago tiene razón —dijo ella, con una voz que sorprendió a todos por su firmeza—. Fue solo un momento de debilidad. No significa nada. Si me disculpan, Sandra me espera en la oficina.
Yaneth salió del comedor con paso firme, dejando a Fabián y a Beatriz con la boca abierta. Thiago se quedó allí, mirando la silla vacía de su esposa, sintiéndose como el idiota más grande del planeta.
—"No significa nada", dijo el mentiroso —murmuró Fabián, mirando a Thiago con desprecio cómico—. Si ese beso no significó nada, yo soy el próximo Papa. Thiago, nena, se te nota en la mirada que estás a un paso de caer de rodillas por ella. Deja de ser tan cobarde.
Thiago no respondió. Agarró su maletín y salió de la casa casi corriendo, huyendo de la verdad que sus propios labios ya le habían gritado la noche anterior.
Pero la incomodidad no se quedaría en la mansión. Ese día, en la empresa, el hielo de Thiago sería más fino que nunca, y Yaneth descubriría que, a veces, un beso que "no significa nada" es el comienzo del fin de todas tus defensas.