Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 21 – LA TRAMPA ESTA SERVIDA
Los días posteriores a la tormenta pasaron envueltos en una tensión silenciosa y densa. Aunque Leví y Camila intentaban mantener la distancia para sanar las heridas, sus pensamientos seguían orbitando en torno al otro como planetas que habían perdido su rumbo en el espacio. El entorno laboral, que antes funcionaba como un refugio seguro para ella, comenzó a transformarse en un campo de batalla invisible donde cada pasillo se sentía hostil.
Sin embargo, la pesada rutina de la oficina dio un vuelco radical con la llegada de un nuevo ejecutivo a la empresa.
Su nombre era Elías Herrera. Joven, impecablemente elegante, poseedor de una voz tranquila y una sonrisa sincera que desarmaba incluso al personal más reservado de la compañía. Desde su primer día, Elías mostró un interés genuino por Camila. No actuaba como un conquistador agresivo; al contrario, se presentaba como alguien que realmente apreciaba su agudeza mental, su disciplina y su manera de liderar los proyectos con una pasión y entrega transparentes. Esa cercanía no tardó en llamar la atención de los pasillos… y de unos ojos que observaban desde el resentimiento.
Entre esas miradas estaba Valeria, siempre al acecho, buscando la forma de ejecutar su última venganza. Cuando se enteró de la naciente complicidad entre Camila y Elías, algo sumamente oscuro y desesperado se encendió en su interior. No iba a permitir que Camila se levantara de nuevo con la frente en alto. No si ella podía evitarlo.
Una mañana, aprovechando que Camila se encontraba atrapada en una reunión presencial con unos clientes importantes, Valeria utilizó un acceso manipulado para entrar de forma clandestina al sistema informático. Manipuló la cuenta interna de Camila, eliminó carpetas con archivos clave de auditoría y filtró documentos confidenciales de la junta directiva, haciendo que todo quedara registrado como si fuera un error grave cometido por la propia Camila.
El escándalo corporativo estalló pocas horas después, tiñendo el ambiente de desconfianza.
—Esto es una falta gravísima, Camila. Podría costarte tu puesto actual —le advirtió su jefe directo en una reunión a puerta cerrada. Su voz intentaba sonar firme, pero sus ojos mostraban más pesar y desconcierto que un juicio real.
Camila se quedó en un silencio sepulcral. Con el rostro completamente pálido y el corazón encendido en llamas de pura impotencia, comprendió de inmediato la jugada. Sabía perfectamente que esto no era una coincidencia administrativa ni mala suerte. Era Valeria, atacando una vez más desde las sombras para destruirla.
Esa misma tarde, con el alma rota en mil pedazo, pero con la dignidad intacta, Camila tomó asiento frente a su escritorio, redactó una carta de renuncia irrevocable y la firmó de puño y letra. No estaba dispuesta a quedarse en una empresa donde mancharan su nombre de esa manera. Al salir del edificio corporativo, con el sobre blanco guardado en su bolso, se cruzó de frente con quien menos quería ver.
Valeria la esperaba cerca de la salida, caminando con una altivez ensayada.
—No todos tienen la capacidad de jugar en las grandes ligas, Camila —soltó con una sonrisa venenosa.
Camila se detuvo y la miró fijamente, con una frialdad cortante.
—Tú solo sabes jugar sucio, Valeria. Y todo lo que es sucio… tarde o temprano, termina cayéndose por su propio peso —respondió con una firmeza absoluta, sin un solo temblor en la voz.
Justo en ese momento de máxima tensión, Elías Herrera apareció detrás de ellas. Había alcanzado a escuchar la última parte del intercambio y el tono hostil de Valeria.
—¿Estás bien, Camila? —preguntó Elías con genuina preocupación, viendo las lágrimas de rabia contenidas en sus ojos.
Camila respiró profundo, sintiendo cómo el aire de la tarde entraba en sus pulmones como si acabara de cruzar una tormenta.
—Ahora sí —dijo con una pequeña sonrisa triste—. Me liberé de una parte sumamente tóxica de mi vida.
Elías la acompañó sin hacer más preguntas incómodas, manteniéndose a su lado en un silencio respetuoso mientras el atardecer cubría la ciudad de un tono dorado melancólico.
Desde el interior de su auto negro, estacionado al otro lado de la calle, Leví observaba la escena con las manos apretadas contra el volante. Había ido a buscarla desesperadamente para enmendar las cosas, para explicarle que quería volver a intentarlo y protegerla.
Leví al verla caminar al lado de Elías, una punzada de pánico real le atravesó el pecho. Llegó demasiado tarde para evitar que la dañaran... o tal vez, justo a tiempo para darse cuenta de que esta vez podía perderla de verdad.