Novela +18.
Vivir en un matrimonio político no es tan maravilloso cuando tu marido te desprecia. pero Rosaline tomará las riendas de su vida y al duque también. Porque ella es la duquesa.
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7 — Invitación a la casa Grimm.
La mañana empezó antes de que el sol terminara de entrar por completo en las ventanas altas del ala este, yo ya estaba despierta desde hacía rato, no por inquietud, sino porque había aprendido que en esa casa quien se adelanta gana espacio; no llamé a nadie de inmediato, me vestí con calma, elegí un vestido adecuado para salir, algo que hablara de posición sin buscar atención, porque había decidido que ese día no iba a ser uno más dentro de Ravenshire.
Quería salir.
Quería respirar fuera de esos muros donde cada gesto parecía medirse.
Mientras tanto, en otra parte de la casa, supe después que Erick ya estaba en su despacho, porque cuando bajé, el servicio murmuraba con ese orden silencioso que mantenían cuando él estaba presente; Gabriela, como siempre, se movía con seguridad entre ellos, marcando el ritmo sin levantar la voz, con esa eficiencia que nadie podía negar, y que a mí empezaba a resultarme más interesante que irritante, porque entenderla también era una forma de tomar control.
No entré de inmediato al despacho.
Pero sí escuché lo suficiente.
—Su té, mi lord —dijo Gabriela, con ese tono que reservaba solo para él, más suave, más cercano.
—Gracias.
Hubo un pequeño silencio, de esos que parecen normales pero dicen más de lo que aparentan.
—¿Algo más?
—El desayuno está listo, como siempre.
—Bien.
Otro silencio. Y entonces él preguntó, sin rodeos.
—¿Dónde está mi esposa?
No esperaba esa pregunta. Tampoco Gabriela. Lo supe por la pausa.
—No lo sé, mi lord.
Su respuesta fue correcta, pero no sonó igual que otras veces.
—¿No lo sabes?
—No me ha informado de sus planes esta mañana.
Hubo algo en esa frase, algo medido, pero con filo.
—Asegúrate de saberlo la próxima vez.
—Como desee.
No hubo más palabras, pero el ambiente cambió.
Entré entonces, sin anunciarme.
—No es necesario que le exija a otros lo que puede preguntarme directamente.
Erick levantó la vista, y algo en su expresión se movió apenas, no sorpresa, más bien atención inmediata.
—Rosaline.
Gabriela giró el rostro hacia mí, sin evitar el disgusto.
—Su gracia.
No le respondí de inmediato, avancé hacia el escritorio, con paso tranquilo, sin apresurarme, sin mostrar tensión.
—Saldré esta mañana —dije mirando a Erick—. Me han invitado a una reunión de té.
Él dejó la taza.
—¿Dónde?
—En casa de Lady Grimm.
Gabriela intervino antes de que él respondiera.
—No estaba en la agenda de hoy.
La miré.
—No todas mis decisiones necesitan pasar por una agenda que usted controle.
Hubo un silencio breve, Erick observó el intercambio sin intervenir, pero su mirada estaba fija en nosotras.
—¿A qué hora sales? —preguntó él.
—En una hora.
Se levantó.
—Te llevo.
No esperaba eso.
Gabriela tampoco.
Lo supe por la forma en que sus dedos se tensaron apenas sobre la bandeja.
—No es necesario —respondí.
—No he preguntado si lo es.
Lo miré.
—Estoy acostumbrando a moverme sola.
—Ahora estás casada conmigo.
—Eso no me quita independencia.
Se acercó un poco más.
—No te la estoy quitando.
—No hace falta que me acompañes.
Sus ojos se mantuvieron en los míos, sin ceder.
—Voy a hacerlo igual.
El silencio que siguió fue más pesado. Gabriela habló, intentando mantener control.
—El duque tiene asuntos esta mañana.
Sin apartar la mirada de mí, él respondió, con brusquedad.
—Pueden esperar.
Eso cambió algo en el ambiente.
Gabriela lo sintió, lo vi en la forma en que bajó apenas la mirada antes de responder.
—Como disponga, mi lord.
No añadí nada más. Me giré para salir.
—Estaré lista en una hora.
No esperé respuesta.
Cuando regresé a verlo, el carruaje ya estaba preparado, Erick estaba allí, esperándome, vestido de forma impecable, como siempre, su presencia imponía incluso en silencio.
Subí sin hablar. Él lo hizo después. La puerta se cerró.
El carruaje empezó a moverse.
Durante los primeros minutos no dijimos nada, el sonido de las ruedas sobre el camino llenaba el espacio, pero no era incómodo, era un silencio lleno de cosas que no se decían.
Fue él quien habló primero.
—¿Lady Grimm?
—Sí.
—No la frecuentas.
—No hasta ahora.
—¿Por qué ella?
Lo miré.
—Porque quiero hablar con alguien que no esté dispuesto en enfrentarme a cada cinco minutos.
Se recostó ligeramente. Dándose cuenta que era con él.
—Ya veo. No me lamento, ya te dije que me gusta verte así, molesta. Pero tú te complace verme de cualquier forma.
—¿Que? Creo que te equivocas.
—¿Segura?
—Mucho.
El carruaje tomó un giro más brusco, y justo después, una irregularidad en el camino lo sacudió con fuerza.
No tuve tiempo de reaccionar.
Mi cuerpo se desplazó hacia adelante, perdiendo el equilibrio, y en un instante estaba demasiado cerca de él. Demasiado.
Sentí el impacto contra su cuerpo, firme, sólido, su mano reaccionó rápido, sujetándome por la cintura para evitar que cayera por completo, y ese contacto… fue inmediato, fuerte, preciso.
El tiempo pareció detenerse un segundo. No porque fuera un momento delicado.
Sino porque ambos lo sentimos. Su mano no se movió de inmediato.
Y yo tampoco.
Podía sentir la tensión en su cuerpo, la forma en que se quedó quieto. Intenté incorporarme, pero su mano aún estaba allí.
—Me viste esa noche —dijo, con la voz más baja—. Se que te quedaste un buen rato cuando me tocaba.
Me sorprendí tanto que no pude evitar demostrarlo.
—Yo-... No...
Erick se acercó más a mí rostro. Y por primera vez sonrió con malicia.
—¿Y bien?... ¿Es adecuado para tí ese tamaño? O ¿Es muy grande para mi lady?
Me ayudó a volver a mi asiento, sin brusquedad, porque quedé como una piedra. No sabía que responder a eso. Pero él, con su descaro, cambió el tema como si nada.
—El camino está en mal estado.
—L-lo noté.—dije, para quitar ese tema de mi.
Acomodé mi vestido, evitando mirarlo de inmediato. El silencio regresó.
Pero ya no era el mismo. Y como iba hacerlo si declaró algo que dejó mis sentidos alterados.
Él apoyó el brazo en el respaldo, miró hacia adelante, como si nada hubiera pasado, pero su mandíbula estaba más relajada.
Yo mantuve la vista al frente.
El resto del trayecto fue silencioso. Cuando el carruaje empezó a disminuir la velocidad, supe que habíamos llegado.
Miré por la ventana. Miré a mi salvación de este carruaje qué ahogaba hasta mi último aliento.
La residencia de Lady Grimm estaba frente a nosotros El carruaje se detuvo por completo.
Ninguno se movió de inmediato.
Luego él habló.
—No tardes demasiado.
Lo miré.
—¿Te preocupa?
Sus ojos se fijaron en mí.
—Si.
Sostuve su mirada un segundo más. Luego abrí la puerta.
Y bajé. Sin mirar atrás.