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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17 Filtros de realidad, el "Stalkeo" del Refrigerador y una Realeza

El dolor en mis músculos ya no era ese ardor agudo de los primeros días; ahora era una pulsación sorda, un recordatorio constante de que mi cuerpo estaba siendo reescrito por la fuerza. Me levanté de la cama de paja en "El Yunque de Hierro" antes de que el sol terminara de lamer las brumas de Vado Alto. Iris seguía dormida, con su largo cabello blanco derramado sobre las sábanas como una cascada de seda plateada.

Me acerqué al espejo de metal pulido de la habitación y me quedé mirando. Ya no quedaba nada del Alejandro que salió de la CDMX. Atrás se había quedado ese gordito y nerd que se refugiaba en los videojuegos y en los reportes de Excel para no enfrentar su realidad. Ahora, mis hombros estaban anchos y duros como el granito de las montañas, mis abdominales por fin habían decidido aparecer después de años de promesas de año nuevo, y mis brazos, curtidos por el peso del hacha de Gromm, hacían que mis tatuajes resaltaran con una nitidez casi agresiva. El león de mi antebrazo parecía rugir con cada movimiento de mis tendones.

Saqué mi celular. La señal, potenciada por las torres de cristal del pueblo, estaba en su punto máximo. Era ahora o nunca.

Me tomé una foto frente al espejo. Torso desnudo, el cabello más largo y rebelde de lo habitual, y una mirada que ya no buscaba aprobación, sino que exigía respeto. La subí a Instagram con un pie de foto sencillo: "Actualización de sistema. El gordito nerd se quedó en el pasado. ⚔️🦁 #TierrasSalvajes #GlowUp #NewEra".

Apenas le di a enviar, el teléfono empezó a vibrar sobre la mesa de madera.

—¡Ay, cabrón! —saltó Ringo desde su hamaca, tapándose los oídos—. ¡¿Qué le pasa a tu espejo mágico, flan?! ¡Suena como si un enjambre de hadas borrachas estuviera aleteando dentro de una caja de metal! ¡¿A quién despertaste con tu vanidad?!

—Es Instagram, Ringo. La gente está reaccionando —dije, sintiendo un subidón de adrenalina que no venía de un combate.

Miré las notificaciones. Los likes caían como lluvia en pleno agosto. Pero lo que me detuvo el corazón fue ver la foto de perfil que tanto conocía. No necesitaba leer el nombre para saber que era ella. Diana. Había reaccionado a mi foto casi al instante.

Y luego, apareció el otro. El tipo del gimnasio. El "refrigerador" con el que me había engañado. Vi su foto de perfil: él posando frente a un espejo, con sus músculos inflados de suplementos y sus tatuajes que, comparados con el arte mágico en mi piel, parecían garabatos de primaria.

—¡No mames! —soltó Ringo, asomándose a la pantalla con una malicia pura—. ¡Mira a ese wey! Sus tatuajes parecen hechos con un plumón Sharpie de punto fino, y de los corrientes. ¡Y esa cara! Tiene el carisma de un refrigerador Mabe descongelándose.

Me detuve en seco. Fruncí el ceño y miré a Ringo.

—Espera un segundo... ¿Cómo sabes qué es un Sharpie? ¿Y de dónde sacas lo de Mabe? Tú ni siquiera sabes qué es un plumón o una marca de electrodomésticos, Ringo. Se supone que nunca has salido de este mundo.

Ringo se rascó la cabeza, por primera vez luciendo un poco confundido, pero recuperó su sarcasmo en medio segundo.

—¡Yo qué sé, flan! A veces se me vienen nombres a la cabeza cuando hablas. Es como si tu cerebro estuviera goteando información y yo solo la recojo. ¡No me distraigas, que el chisme está bueno! ¡Mira, la ex ya te escribió!

Diana había respondido a mi foto: "Te ves... muy diferente, Ale. Me da tristeza ver que me olvidaste tan rápido. Me gustaría que habláramos".

Miré su foto de perfil. La comparé mentalmente con la elfa plateada, con la guerrera de ojos ámbar y con la belleza animal de Iris. Me sentí ridículo. ¿Por esa cosita tan insignificante y fea andaba yo sufriendo y llorando en la CDMX? Comparada con las mujeres que me rodeaban ahora, Diana ni siquiera entraba en la categoría de "promedio". La repugnancia que sentí fue física, un rechazo absoluto hacia ese pasado que ella intentaba resucitar.

Lejos de allí, en los campos infectados del norte, el viento soplaba con un frío que calaba los huesos. Briana y Kaia no tenían tiempo para redes sociales. Estaban rodeadas por una marea de lino plateado que ahora supuraba una oscuridad viscosa.

—¡A tu derecha! —gritó Kaia, barriendo con su espada negra a una criatura de sombra que intentaba saltar sobre la elfa. Su cabello negro ondeaba como una bandera de guerra en medio del caos.

Briana mantenía las manos extendidas, su magia violeta luchando por purificar la raíz de la plaga. Estaba pálida, el sudor brillando en su frente blanca.

—¡No puedo sostener el sello mucho más tiempo, Kaia! ¡La corrupción viene desde lo profundo de la tierra!

—¡Entonces saca todo lo que tengas, Caminante de Plata! —respondió la guerrera, degollando a otra sombra con una eficiencia letal—. ¡No me hagas arrepentirme de haberte dejado el trabajo difícil!

—¡Cállate y pelea! —le devolvió Briana, sus ojos violetas brillando con una intensidad divina—. ¡Alejandro cuenta con nosotros para que este mundo siga en pie!

La tensión entre ellas seguía ahí, pero en el fragor de la batalla, se movían como una sola entidad. La guerrera protegía a la sanadora, y la sanadora mantenía la luz necesaria para que el acero de la guerrera fuera efectivo contra la oscuridad.

De vuelta en el balcón, Iris se acercó a mí, frotando su mejilla contra mi hombro desnudo.

—¿Qué estás mirando con tanta intensidad, mi guerrero? —preguntó, sus ojos rosa brillando con curiosidad.

—Nada importante, Iris. Solo... cerrando ciclos.

Ella vio el teléfono y, con ese instinto de mujer lobo, notó mi subidón de ego.

—Quiero que tu mundo me vea. Quiero que sepan quién cuida de ti ahora.

Decidí jugar un poco con el fuego. Me tomé una foto con ella. Iris se pegó a mí, rodeándome el cuello con sus manos de piel extremadamente blanca, luciendo preciosa y letal a la vez. Apliqué un pequeño filtro que recortaba la imagen justo por encima de su frente, ocultando sus orejas de loba y ajustando la saturación de sus ojos para que parecieran de un color ámbar rosado, extraño pero hipnótico. El cabello blanco que le llegaba por debajo de las nalgas hacía el resto de la magia visual.

La subí. "Encontré a alguien que sí sabe lo que es la lealtad. 🐺🔥".

El teléfono casi explota. Vi cómo el "refrigerador" entraba a mi perfil una y otra vez. Lo sabía por las visualizaciones de mis historias. El tipo estaba stalkeándome al nivel de un profesional del espionaje corporativo. La envidia emanaba de la pantalla.

Pero mientras veía los likes y los comentarios, un pensamiento me golpeó como un hachazo. ¿Realmente esto importaba? Miré hacia las Colinas de Cristal en el horizonte. Estaba perdiendo el tiempo buscando la validación de un pasado que ya no existía. Mi madurez no radicaba en mostrarle a mi ex lo bien que estaba, sino en entender que mi realidad actual era infinitamente más valiosa que cualquier número de corazones rojos en una pantalla.

Ya no era el mismo Alejandro. Ya no necesitaba que el mundo viera mi progreso para sentir que era real. El progreso estaba en mis manos, en mi magia y en la gente que dependía de mí aquí.

—¡Cámara, ya fue mucha mamada! —anuncié, guardando el celular—. Iris, Caeris, nos vamos a la forja. Gromm me espera.

—¡Ya era hora, flan! —gritó Caeris, apareciendo de la nada en el marco de la ventana, asustándome por milésima vez—. Menos espejos y más martillos. El Sabio no te mandó aquí para ser influencer de Instagram, sino para evitar que el Rey Sombra borre tu existencia y la nuestra.

—Lo sé, Caeris. Lo sé.

Caminamos hacia la forja. Durante el trayecto, vi a Caeris usando términos de mi mundo para insultar a Ringo.

—...es que eres tan inútil como un link caído en un servidor de gobierno —decía el pequeño elfo.

Me detuve de nuevo.

—Caeris... ¿"Link caído"? ¿"Servidor de gobierno"? ¿Cómo carajos saben todo eso?

Caeris me miró con sus ojos verdes, luciendo genuinamente extrañado por mi pregunta.

—No lo sé, Alejandro. A veces, cuando nos hablas o cuando usamos tu "espejo", es como si las palabras simplemente aparecieran en nuestra mente. Como si tu conocimiento se estuviera filtrando a la atmósfera de este reino. Tal vez es parte de tu conexión con el sistema del Sabio.

Me quedé pensativo. El mundo de fantasía y mi mundo se estaban mezclando de formas que el Sabio no me había explicado.

Al llegar a la forja, Gromm me lanzó el martillo de guerra de acero real, no el de práctica.

—¡Atento, muchacho! Hoy no hay juegos.

El entrenamiento fue de otro nivel. Gromm ya no solo buscaba cansarme; buscaba quebrarme para ver cómo me reconstruía. Me enseñó a usar la inercia del martillo para bloquear ataques de espada y a usar el mango para hacer llaves de sumisión enanas. Practicamos la lucha cuerpo a cuerpo, donde el peso y el equilibrio lo eran todo.

Al final del día, después de horas de recibir golpes y de dar algunos que incluso sorprendieron al enano, logré derribar a Gromm usando una maniobra de palanca con la pierna que él mismo me había enseñado minutos antes. El enano cayó de espaldas con un estruendo metálico.

Hubo un silencio en la forja. Gromm se levantó lentamente, limpiándose la tierra de la barba. Se me acercó y, en lugar de la habitual palmada que ya me había dado antes, me miró a los ojos con un respeto profundo. Se quitó un pequeño anillo de hierro de su barba y me lo puso en el pulgar.

—Has dejado de pelear como un aprendiz, Alejandro. Ahora peleas como alguien que tiene algo que perder. Ese anillo es la marca de los combatientes de Vado Alto. Úsalo con honor.

Me sentí tres metros más alto. No necesitaba los likes de Instagram; el reconocimiento de un enano guerrero valía mil veces más.

La tarde empezaba a caer cuando un pequeño séquito entró al pueblo. No llamaban mucho la atención: parecían vendedoras de telas o especias, vestidas con túnicas sencillas de color ocre y cargando fardos pequeños. Eran unas cinco mujeres, encabezadas por una joven que, a pesar de su ropa humilde, se movía con una distinción que no encajaba con el barro de Vado Alto.

Tenía el cabello castaño cobrizo recogido bajo una capucha, pero sus rasgos eran de una belleza aristocrática: pómulos altos, una nariz fina y unos ojos color esmeralda que escaneaban el pueblo con una mezcla de tristeza y autoridad. Eran ojos de alguien que está evaluando los daños de su propia casa.

Se detuvieron cerca de la fuente de la plaza, justo donde estábamos nosotros descansando del entrenamiento. Yo seguía sin playera, con el sudor secándose sobre mis músculos y mis tatuajes a plena vista bajo la luz naranja del atardecer.

La joven líder del grupo se fijó en mí. Frunció el ceño con una expresión de absoluto desagrado.

—¿Qué clase de salvaje es este que anda exhibiendo sus marcas de criminal en plena plaza pública? —preguntó ella, su voz clara y con un acento que gritaba realeza, aunque intentara ocultarlo bajo su disfraz de comerciante.

Me quedé helado. ¿Criminal?

—Oye, tranquila, jefa. No soy ningún criminal. Son tatuajes, es arte de mi tierra —dije, usando mi habitual tono chilango que a ella pareció molestarle aún más.

—"Jefa"... "Cámara"... "Tatuajes"... —repitió ella con desprecio, dándole una mirada rápida a mis dibujos de tinta mágica—. Hablas como alguien que nunca ha pisado un salón de protocolo en su vida. Este reino se está cayendo a pedazos si ahora los bárbaros con dibujos en los brazos son los que defienden las fronteras.

—¡Oye, pídeme una disculpa, morra! —saltó Ringo, mostrándole los colmillos—. ¡Estás hablando con el Gran Alejandro, el que salvó a las hadas buchonas y mató al Acechador de Ecos! ¡Ten más respeto o te uso de trapo para limpiar mi hamaca!

La joven retrocedió un paso, sorprendida por el mono, pero su orgullo fue más fuerte. Sus doncellas se pusieron frente a ella en una formación defensiva que me gritó "guardias de élite" a kilómetros de distancia.

—Vámonos —ordenó ella, sin quitarme la vista de encima—. No hay nada que ver aquí más que decadencia y modales de alcantarilla.

Se alejaron hacia la posada, dejándome con la palabra en la boca.

—¿Y esa quién se cree que es? —pregunté, ajustándome el anillo de Gromm.

—Esa, Alejandro —susurró Caeris, con los ojos muy abiertos—, se mueve como alguien que tiene sangre azul en las venas. Y si está de incógnito revisando el reino, significa que las cosas están mucho peor de lo que nos dijo Bastian.

Miré hacia donde se habían ido. La tensión en el aire había cambiado de nuevo. El pasado de Instagram se sentía como un juego de niños comparado con la mirada de hielo de esa extraña princesa. El Chilango acababa de encontrarse con la ley del reino, y por lo visto, no le caía nada bien.

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