Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 18 — Mara y el primer hueco real
Después de aquella noche en el evento, después de las páginas que confirmaban que Dorian había estado ahí, observando, Valeria vivió en una especie de duermevela constante.
Sabía que él estaba cerca.
Lo sentía en la marca, que había vuelto a latir con ese pulso familiar. Lo percibía también en el olor que impregnaba el apartamento, como un perfume que ya no se podía borrar.
Pero no volvió a verlo.
No volvió a soñar con él.
Solo quedaba esa presencia constante, como un rumor de fondo.
Intentó escribir.
Las palabras llegaban, pero no con la urgencia de antes. Llegaban dosificadas, como si él también estuviera esperando algo.
Diez páginas.
Quince.
Menos de lo que necesitaba para cumplir el plazo de Marcos.
Cinco semanas.
Ahora solo quedaban cuatro.
Algunas noches, antes de dormir, abría el cajón de la mesita de noche y miraba el pequeño frasco de cristal donde había guardado un poco de la tierra que apareció en su mano después del cuarto sueño.
La tocaba con la yema de los dedos, sintiendo su textura áspera, preguntándose de qué lugar vendría.
De algún jardín.
De algún parque.
De algún sitio donde él hubiera estado realmente.
Otras noches soñaba con esa tierra.
Con sus manos hundiéndose en ella.
Con raíces que crecían y lo ataban a algo.
El teléfono vibraba varias veces al día con mensajes de Marcos. Recordatorios. Fechas.
—¿Cómo vamos?
—¿Necesitas más tiempo?
Ella respondía con evasivas.
—Bien.
—Avanzando.
—Pronto.
Mentiras que sonaban cada vez más huecas.
El jueves por la tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse y las sombras se alargaban en la sala, Valeria estaba sentada frente al computador mirando la página en blanco sin verla.
El cursor parpadeaba con paciencia infinita.
Las manos, sobre el teclado, no se movían.
Llevaba así una hora.
O dos.
La puerta se abrió sin aviso.
—¡Sorpresa!
La voz de Mara llenó el apartamento antes de que ella apareciera, cargada con una bolsa de vino y otra de papas fritas.
—He pensado que ya era hora de que mi mejor amiga viera la luz del sol. O al menos mi cara.
Valeria cerró el computador y giró en la silla.
La sonrisa le salió sola.
—¿Y Alessio? —preguntó.
Mara dejó las bolsas en la cocina y sacó dos copas del armario con la familiaridad de quien ya se siente en casa.
—Trabajando. Tiene una inauguración esta noche. Así que decidí que hoy tocaba hermandad, vino y chismes. En ese orden.
—Siempre en ese orden.
Se sentaron en el sofá.
El vino estaba bueno.
Las papas también.
Mara se acomodó con los pies sobre el cojín, en esa postura de quien no necesita pedir permiso.
—Cada vez se ve más serio lo tuyo con Alessio —dijo Valeria mientras servía más vino—. ¿Cuánto llevan ya? ¿Dos meses?
—Dos meses y medio. Y sí, está serio.
Mara sonrió de esa forma que tenía cuando algo le importaba de verdad.
—El otro día dijo algo de “cuando llegue el verano, podríamos…” y se quedó callado. Pero yo sé lo que iba a decir.
—¿Qué?
—Que podríamos irnos juntos a algún lugar. A Italia, tal vez. A conocer a su familia.
Valeria levantó las cejas.
—¿Conocer a la familia? Eso es…
—Mucho. Lo sé.
Mara bebió un trago.
—Pero no me da miedo. Por primera vez en mi vida, no me da miedo.
Hablaron de Alessio un rato más. De la galería, de los planes, de lo distinto que era todo en comparación con sus relaciones anteriores.
Mara reía con esa facilidad suya, gesticulaba, se llevaba las manos a la cabeza cuando el drama alcanzaba niveles absurdos.
Valeria la escuchaba, asentía, hacía los comentarios adecuados.
Pero algo en ella no terminaba de estar ahí.
La marca seguía inerte.
Desde hacía días.
Ni un latido.
Ni una pulsación.
Como si Dorian se hubiera ido… o como si algo estuviera a punto de pasar.
Mientras Mara contaba una anécdota sobre una compañera que había empezado un romance con su jefe, Valeria se llevó la mano a la clavícula sin pensar.
Nada.
Piel quieta.
Sin vida.
—¿Estás bien? —preguntó Mara, deteniéndose a mitad de la frase.
—Sí, sí. Sigue.
Mara la miró un segundo de más.
Luego continuó.
—La chica le mandó un poema. Un poema. A su jefe. En el grupo de WhatsApp de la empresa.
Se tapó la cara.
—Yo creo que lo hizo a propósito para poder terminar en desempleo con una baja por estrés.
—Estrategia.
—Muy estratégica.
Las dos rieron.
La tarde se volvió cómoda. El vino bajaba con facilidad. Las sombras se alargaban un poco más.
Y entonces Mara dijo:
—Hablando de momentos épicos y desastrosos… ¿te acuerdas de aquella noche en la azotea? Cuando todo se vino abajo y terminamos jurando que si una se rompía, la otra la pegaría con saliva y mala actitud hasta recomponerla.
Valeria la miró.
Esperó.
Nada.
El recuerdo no llegaba.
—La azotea… —repitió, ganando tiempo—. ¿De dónde?
Mara sonrió, lista para revivir el momento.
—La de tu edificio antiguo, en Malasaña. La noche en que te dejó ese idiota. El del bigote. El que decía que quería ser escritor y al final lo que quería era vivir de tu alquiler.
Valeria buscó en su memoria.
El nombre.
La cara.
El bigote.
Nada.
Un vacío donde debería haber algo.
—Estaba lloviendo —continuó Mara—, pero nos dio igual. Subimos a la azotea y nos sentamos en el suelo mojado, con los pies colgando al vacío. Las piernas nos quedaban cortas, casi no llegábamos, pero nos daba igual.
Hizo un gesto con las manos.
—Tú dijiste que los hombres eran todos iguales. Yo dije que nosotras también, pero más bonitas. Y entonces nos reímos tanto, pero tanto, que la vecina del quinto salió a gritarnos.
Pausa.
—Una señora mayor, con rulos, que amenazó con llamar a la policía.
Mara esperó.
Como si Valeria fuera a completar la historia.
No pasó.
—Y entonces tú dijiste… —la animó con la mano—. Vamos, que era buenísimo.
Valeria no dijo nada.
—Que si alguna vez te rompías de verdad —continuó Mara lentamente—, yo tenía que prometer que te iba a pegar con saliva y mala actitud hasta recomponerte. Que no te dejaría hecha pedazos. Que te obligaría a seguir.
Tragó saliva.
—Y yo lo prometí. Hicimos un juramento formal, con los pies colgando y la lluvia empapándonos. Hasta chocamos los meñiques.
Silencio.
Valeria abrió la boca.
Buscó algo.
Una palabra.
Una risa.
Un comentario que desviara la atención.
El humor negro, su escudo habitual.
Intentó agarrarse a él.
—Con todo el vino que hemos bebido desde entonces, es normal que algunos…
La frase empezó.
Pero no terminó.
Porque no tenía gracia.
Porque las dos sabían que no era eso.
Porque el silencio que vino después fue más fuerte que cualquier palabra.
Mara la miró.
Sus ojos cambiaron.
Ya no eran los de la amiga que esperaba una carcajada cómplice.
Eran otros.
Más serios.
Más quietos.
—¿No te acuerdas? —preguntó.
Su voz se había vuelto más pequeña, como si hablar demasiado fuerte pudiera romper algo.
Valeria negó con la cabeza.
Apenas un movimiento.
—No.
Mara se quedó inmóvil.
La observó fijamente, como si pudiera encontrar el recuerdo en sus ojos.
Como si la intensidad de su mirada pudiera devolverle lo que había perdido.
—Está bien —dijo al fin—. Entonces te lo cuento otra vez. Pero esta vez vas a recordarlo, porque es demasiado bueno para olvidarlo.
Y siguió hablando.
Contó la historia otra vez, con más detalles, con más intensidad.
Describió la lluvia.
El sonido de las gotas golpeando el suelo.
La ropa empapada pegada al cuerpo.
Describió los pies colgando.
La sensación de vértigo.
La risa que no podían controlar.
Describió a la vecina con los rulos, la amenaza de la policía, cómo tuvieron que bajar corriendo por las escaleras para que no las descubrieran.
Valeria la escuchó.
Quiso recordar.
Quiso que algo de todo eso resonara en su cabeza.
Cerró los ojos.
Intentó visualizar la escena.
Nada.
Un muro blanco.
Un vacío.
—Mara… —la interrumpió.
Su voz salió baja.
—No me acuerdo. De verdad. No me acuerdo de nada de eso.
El silencio volvió.
Pero esta vez era diferente.
Más denso.
Más pesado.
Mara la miró.
En sus ojos, Valeria vio algo que nunca había visto en doce años de amistad.
No era enojo.
No era decepción.
Era miedo.
Miedo real.
De ese que no se puede disimular.
Y debajo de ese miedo, otra cosa.
Determinación.
—Bueno —dijo Mara, firme—. Entonces iremos al médico. Mañana mismo. Paso por ti a las nueve y vamos.
—¿Qué? No, no hace falta…
—Sí hace falta.
Mara no sonrió.
No era una broma.
—Te conozco, Val. Esto no te pasa solo con esto. Últimamente estás rara. Olvidas cosas. Te pierdes en conversaciones. Yo lo he notado.
La miró directo a los ojos.
—Y no voy a quedarme de brazos cruzados mientras mi mejor amiga se desmorona sin saber por qué.
Valeria abrió la boca.
Quería decir algo.
Una excusa.
Una broma.
Cualquier cosa que devolviera la conversación a terreno conocido.
No salió nada.
Porque, en el fondo, muy en el fondo, sabía que Mara tenía razón.
Los olvidos no eran nuevos.
La conversación de la editorial.
El nombre de aquel chico.
Las palabras que se le escapaban.
Y ahora esto.
Una noche entera.
Un pacto.
Una promesa hecha bajo la lluvia.
—Mara, yo…
—No me digas nada ahora.
Mara levantó una mano.
—Mañana hablamos. Pero vamos a ir al médico. Y si hace falta, a un especialista. Y si hace falta, a donde sea.
Su voz se suavizó.
—Pero no voy a dejar que te pierdas. ¿Me oyes? No voy a permitirlo.
Se levantó.
Dio dos pasos.
Se detuvo.
Luego volvió.
Se sentó en el sofá junto a Valeria y la abrazó.
No fue un abrazo de despedida.
Fue fuerte.
Largo.
De esos que dicen estoy aquí, pase lo que pase.
Valeria sintió el calor de su amiga, su olor de siempre, la presión de sus brazos como un ancla.
—Te quiero, Val —susurró Mara contra su hombro—. Y no voy a permitir que te pase nada malo. ¿Entendido?
Valeria asintió.
No podía hablar.
El abrazo duró casi un minuto.
Cuando Mara se separó, tenía los ojos brillantes, pero no lloraba.
—Mañana a las nueve —dijo—. Y no me digas que no, porque tengo llave y te saco de la cama si hace falta.
Una pequeña sonrisa.
— Como en la azotea. con saliva y mala actitud. —Mara sonrió, pero era una sonrisa frágil—. Eso no lo olvides nunca, ¿vale?
Valeria quiso decir algo. Quiso prometer que no lo olvidaría. Pero no podía prometer algo que ya había olvidado.
Asintió. Eso era lo único que podía hacer.
Mara sostuvo su mirada un segundo. Luego asintió también, como si aceptara que esa media verdad era lo único que iba a conseguir.
Mara tomó su bolsa.
En la puerta se giró.
—No estás sola, Val. Pase lo que pase, no estás sola.
Salió.
La puerta se cerró.
Sus pasos se alejaron por las escaleras.
Valeria se quedó donde estaba.
La mano sobre la marca, que seguía inerte.
Pero algo en su pecho —algo que no era la marca— latía con más fuerza.
Pasaron minutos.
O tal vez media hora.
No lo sabía.
Se levantó.
Fue al baño.
Se miró en el espejo.
La misma cara.
Pero ya no era la misma.
Algo en sus ojos había cambiado.
Una sombra nueva.
Una pregunta que no sabía formular.
¿Qué está pasando conmigo?
Abrió el grifo.
Se lavó las manos.
El agua arrastraba la nada.
Volvió a la sala.
Se sentó frente al computador.
Lo encendió.
El manuscrito se abrió solo, como siempre.
No había páginas nuevas.
Solo una línea.
Una sola.
No estás perdiendo nada. Solo estás recordando lo que importa.
La marca pulsó.
Una vez.
Débil.
Como un eco.
Valeria leyó la línea tres veces.
No entendía.
Pero algo en su interior se calmó.
O tal vez se asustó más.
No lo sabía.
Cerró el computador.
Fue hasta la ventana.
Abajo, en la calle, ya no había nadie.
Solo las farolas.
Los autos estacionados.
El silencio de la noche.
Pero en su cabeza seguía la imagen de Mara deteniéndose en la acera, quieta durante un minuto entero.
No se había ido.
Como todo lo demás.