Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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18
El viaje de vuelta al palacio fue un silencio de huesos rotos y verdades a medio decir. Natalie montaba su caballo con la espalda rígida, cada latido de su corazón un martilleo doloroso en la costada where la daga de Alphonse la había marcado. La herida no era profunda, pero era una promesa. Una firma.
Lysandro cabalgaba a su derecha, una sombra silenciosa cuya propia furia era un calor palpable incluso a distancia. No la miraba, sino que escaneaba los bosques a su alrededor, buscando fantasos. A su izquierda, Bastian era una torre de dolor callado. Su brazo y hombro estaban envueltos en trozos de su propia camisa, ya teñidos de un rojo oscuro. Él sí la miraba, con una preocupación tan profunda que sentía como un peso.
Nadie habló de la traición del Guardián. Nadie habló de la expresión de Alphonse, la de un dios caído que descubrió que su fe era una mentira. Hablaron de todo eso sin decir una palabra. El plan de su padre no había sido un plan. Había sido una profecía autocumplida, escrita con la sangre de su otro hijo.
Al llegar a los establos del palacio, Natalie se desmontó antes de que nadie pudiera ayudarla. El movimiento le robó el aliento, pero no mostró debilidad. No podía permitírselo.
—Que nadie se acerque a ellos —ordenó a los mozos de cuadra, señalando a Lysandro y a Bastian—. Traed al médico real a mis aposentos. Y que nadie más entre.
Las palabras no eran una petición. Eran un decreto.
Su cámara real se sentía como una tumba ajena. Mientras esperaba, se despojó de la ropa ensangrentada y se lavó la herida con agua fría. El dolor era agudo, limpio. Un ancla en la maraña de traición. Se miró en el espejo de plata pulida. La mujer que le devolvía la mirada tenía los ojos de su padre, pero algo más ardía en su interior. Una chispa fría y letal que no había estado allí esa mañana.
El médico llegó, un hombre viejo con manos tembloronas que le limpió y vendó la herida con un respeto reverencial. No hizo preguntas. Simplemente trabajó y se fue, dejándola sola con el silencio.
Se acercó a la ventana, la misma desde la que había visto las luces de la ciudad horas antes, una vida entera atrás. El reino seguía ahí, ajeno a la carnicería en las Colinas Grises. Aún así, sintió que algo la observaba. Una sensación de ser examinada, un peso en la nuca.
Se giró bruscamente.
No había nadie.
Pero sobre la mesa de madera, junto a la cama, había un objeto que no estaba allí antes. Una sola flor. Una rosa negra, tan perfecta que parecía artificial. Sus pétalos eran del color de la noche más profunda, y sobre uno de ellos, una pequeña gota de rocío brillaba como una lágrima de sangre.
Natalie no se acercó a ella. Se quedó quieta, con el vendaje en la costida tirando de su piel. El mensaje era claro. No era una amenaza de muerte. Era peor. Era una declaración de presencia.
*Estoy aquí. Puedo llegar a ti en cualquier momento. Estoy en tu casa.*
La puerta se abrió y Lysandro entró, ya limpio y con una túnica fresca. Su mirada pasó de Natalie a la flor sobre la mesa, y su rostro se endureció como el granito.
—Ha estado aquí —dijo él, no como una pregunta, sino como una confirmación.
—No físicamente —respondió Natalie, su voz baja y peligrosa—. Es más inteligente que eso. Esto es una declaración. Quiere que sintamos su aliento en la nuca. Quiere que dudemos de cada sombra, de cada sirviente.
—Es un juego —dijo Lysandro, acercándose a la mesa y examinando la rosa sin tocarla—. Un juego que podemos jugar. Y ganar.
—No —dijo una voz desde la puerta. Era Bastian, apoyándose en el marco, pálido pero firme—. Es una guerra de nervios. Y cada vez que nos hace dudar, gana una batalla. No podemos permitirle que nos encierre en el miedo.
Se acercó, su atención en Natalie.
—¿Estáis bien?
Natalie finalmente se movió. Tomó la rosa negra por el tallo. Los pétalos eran suaves, fríos, como la piel de un muerto.
—No —dijo, y su voz era de un hielo que no conocía—. No estoy bien. Pero estoy despierta.
Apretó el tallo hasta que los espinos se clavaron en su palma. No parpadeó.
—Él cree que me está quebrando. Pero se equivoca. Me está afilando.
Lysandro sonrió, una expresión sin alegría, llena de promesas sombrías.
—¿Cuál es la orden, mi reina?
Bastian frunció el ceño ante el título, pero no dijo nada. Esperó.
Natalie dejó caer la rosa al suelo y la aplastó con el tacón de su bota.
—La orden es que el reino va a conocer a su nuevo monstruo. Y que este monstruo no se esconde en cuevas. Caza en plena luz del día.
Miró a sus dos hombres, a la oscuridad y a la luz que la flanqueaban.
—Lysandro, quiero que le despiertes a la gente. Quiero que encuentres a sus espías, a sus simpatizantes. Quiero nombres. Quiero que su red de terror se convierta en nuestra red de información. Usa sus métodos. No hay reglas.
Lysandro inclinó la cabeza, un gesto que era más profundo que cualquier juramento.
Luego, se giró hacia Bastian.
—Y tú. Quiero que cierres el palacio. No con guardias. Con lealtad. Forma un círculo interior de hombres en los que confíes más que en tu propia vida. Nadie entra o sale sin tu palabra y la mía. Este castillo será nuestra fortaleza.
Bastian asintió, su pesar reemplazado por una resolución férrea.
—Será como decís.
Natalie los miró a ambos. No eran sus protectores. Eran sus armas. Una para la sombra, otra para la luz.
—Él quiere una partida de caza —dijo, su voz resonando en la habitación—. Que la tenga. Cazaremos a su creador, a sus seguidores y a cada uno de sus fantasmas. Y cuando lo tengamos acorralado, no seré yo quien le dé el golpe final. Será el reino entero, al que él tanto desprecia, el que le arrebate el aliento.
Se acercó a la mesa y cogió el sello real que su padre le había dejado. El metal frío pareció vibrar en su mano. Ya no era un símbolo de una herencia legítima. Era una herramienta. Y estaba a punto de usarlo para forjar un nuevo destino, uno forjado en fuego y en la inevitable sangre que debía derramarse. La caza había comenzado, y ella era la cazadora.
Los días siguientes se convirtieron en una danza macabra de poder y paranoia. Natalie no volvió a su cama. Dormía en un sillón junto al fuego de su cámara, con el sello real en una mano y la daga de Lysandro, que le había prestado, en la otra. El palacio se convirtió en una fortaleza silenciosa bajo el mando de Bastian. Cada sirviente fue examinado, cada guardia reemplazado por un hombre de su confianza absoluta. Los pasillos que antes zumbaban con rumores ahora resonaban con el sonido de botas firmes y un silencio vigilante.
Mientras tanto, Lysandro se convertía en un fantasma. Lo veían en los rincones más oscuros, hablando en susurros con espías desesperados y nobles aterrorizados. Traía informes a la cámara de Natalie no con palabras, sino con nombres escritos en trozos de pergamino que quemaba en el fuego tras leerlos. Cada nombre era un hilo en la telaraña de Alphonse, y cada día, la telaraña se hacía más grande, más intrincada.
Alphonse no se quedó ocioso. El reino comenzó a enfermarse. No con una plaga de cuerpos, sino de mentes. Un mercader respetado se encontró muerto en su almacén, con la lengua cortada y una sola rosa negra sobre su pecho. Se descubrió que era el tesorero secreto de la facción de Alphonse. El mensaje era claro: los inútiles son desechados.
En una aldea lejana, un granjero acusó a su vecino de herejía, citando palabras que solo un noble educado podría conocer. La acusación era falsa, pero el pánico se extendió como el fuego. Alphonse no necesitaba un ejército; solo necesitaba sembrar la desconfianza, hacer que cada vecino desconfiara del otro, que cada señor temiera a su propio pueblo.
Una noche, Lysandro regresó a la cámara de Natalie con un pergamino que no quemó. Su rostro estaba sombrío incluso para él.
—Es una lista —dijo, su voz baja—. De los niños. Los huérfanos que el Guardián recogía en todo el reino. Los... candidatos.
Natalie tomó el pergamino. Eran docenas de nombres, edades, lugares de origen. En el fondo, una nota escrita con la misma calma cruel de su hermano: "Intenta salvarlos a todos, hermana. Verás cómo un rey se ahoga en gotas de compasión".
El sudor frío recorrió la espalda de Natalie. No era una amenaza directa a ella. Era un ataque directo a su alma. La obligaba a elegir entre la seguridad del reino y la vida de inocentes. Si movía a sus guardias para proteger a todos los niños en la lista, delataría sus fuentes y extendería sus fuerzas demasiado finas. Si no lo hacía, se convertía en la misma clase de monstruo que él era.
—Es una trampa —dijo Bastian, que estaba de pie junto a la puerta, una sombra silenciosa—. No podemos protegerlos a todos.
—No —dijo Natalie, sus ojos fijos en la lista—. Pero no tenemos por qué hacerlo.
Se levantó y se acercó al mapa del reino que colgaba en la pared. Pasó los dedos sobre los nombres, los lugares.
—Él espera que reaccione como una reina. Con compasión. Con tropas. No lo haré.
Miró a Lysandro.
—Quiero que envíes a tus hombres. No a los niños. A sus padres adoptivos. A sus vecinos. Quiero que les hagan una pregunta simple: "¿Qué haríais si supierais que vuestro hijo está en la lista de un monstruo?". Quiero que el miedo de Alphonse se vuelva contra él. Que sus propias herramientas se conviertan en sus carceleros. Que cada aldea vigile a sus propios huérfanos, no por lealtad a mí, sino por terror a él.
Lysandro asintió, una comprensión brutal en sus ojos.
—Los convertiremos en sus propios carceleros. Sin necesidad de una sola cadena.
—Y tú, Bastian —dijo Natalie, volviéndose hacia él—. Prepara una proclamación. No sobre Alphonse. Sobre mí. Anuncia que la princesa Natalie se hará cargo del suministro de grano de la capital. Personalmente.
Bastian frunció el ceño.
—¿El grano? ¿Por qué...?
—Porque mientras él siembra el miedo en las aldeas —dijo Natalie, y su voz tenía el filo del acero—. Yo sembraré el pan en la ciudad. Mientras él se convierte en un espectro aterrador, me convertiré en una presencia tangible. En la única cosa que importa cuando el miedo te asfixia: el alimento. La gente no seguirá a un fantasma cuando tiene una reina que le da de comer.
La estrategia era aterradora en su simpleza. No estaba combatiendo a Alphonse en sus términos. Estaba cambiando las reglas del juego. Él jugaba al ajedrez con piezas de miedo. Ella jugaba al go, rodeando su territorio, no atacándolo, sino privándolo de aire.
Una semana después, el primer resultado llegó. Un capitán de la guardia de una ciudad fronteriza envió un mensaje. Un hombre se había presentado, entregándose. No era un lobo de Alphonse. Era un padre adoptivo. El niño de su lista, una niña de ocho años, había comenzado a tener sueños extraños, a hablar de "purificar" a los animales de granja. El hombre, aterrorizado no por la reina, sino por el monstruo que se gestaba en su propia casa, había delatado el contacto secreto de Alphonse en la ciudad.
Natalie quemó el mensaje y sonrió. Era la primera vez que sonreía en días. No era una sonrisa de alegría. Era la de un depredador que sabe que su presa ha cometido un error fatal.
Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo un manto de seguridad comprada con grano y miedo redirigido, Natalie se encontró de pie en el balcón de sus aposentos. El aire era frío. El vendaje en su costada le recordaba constantemente que esta no era una partida.
Entonces lo vio.
En el tejado del edificio de enfrente, una figura alta y esbelta se recortaba contra la luna. No se movía. Solo la observaba.
Alphonse.
Natalie no retrocedió. No se escondó. Sintió una oleada de frío, seguida de una furia cálida y clara. Levantó lentamente la mano, no en saludo, sino en desafío. Un gesto que decía: *Te veo. Y no tengo miedo.*
La figura en el tejado permaneció inmóvil por un largo momento. Luego, con una lentitud deliberada, levantó una mano y la saludó con una elegancia teatral, antes de desvanecerse en las sombras como si nunca hubiera estado allí.
Natalie bajó la mano, que ahora temblaba ligeramente. La confrontación había sido silenciosa, pero el mensaje había sido resonante.
No estaba jugando a ser reina.
Estaba en guerra. Y su enemigo acababa de recordarle que podía pararse en su balcón siempre que quisiera. La batalla por el alma del reino se estaba librando en los corazones de su gente, pero la guerra por la suya estaba a punto de librarse a la vista de todos.