Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Las sospechas de Helix
El regreso a la ciudad fue una transición violenta. El aire, saturado de gases de escape y electricidad estática, golpeó los pulmones de Adrian como un insulto tras el aire purificado del Gran Árbol. Cruzar el límite del Velo de los Faes fue como si una membrana invisible se desgarrara, y de inmediato, su muñeca cobró vida con una serie de pitidos frenéticos. El reloj táctico, ahora reconectado a la red de Helix, comenzó a descargar actualizaciones, protocolos de seguridad y una ráfaga de mensajes marcados con prioridad roja.
Adrian subió a su departamento en silencio. Al abrir la puerta, no encendió las luces. Se quedó de pie en la penumbra de su sala de estar, mirando el perfil de los rascacielos a través del ventanal. Se sentía como un buzo que ha subido demasiado rápido a la superficie; la presión de su verdadera identidad estaba a punto de hacerlo estallar.
No pasaron ni diez minutos antes de que el timbre electrónico de su puerta emitiera un zumbido seco. No era una visita. Era una orden.
Al abrir, Daniel y Mara entraron sin esperar invitación. Daniel vestía su uniforme táctico oscuro, su presencia llenando la habitación con una agresividad contenida. Mara, por su parte, ya tenía su terminal portátil encendida, buscando desesperadamente una conexión con los sensores de Adrian.
—Setenta y dos horas de silencio absoluto, Valerius —soltó Daniel, caminando hacia el centro de la sala y examinando a Adrian con ojos de halcón—. Sesenta latidos por minuto constantes hasta que tuviste aquel pico en el ritual, y luego... nada. El Velo nos bloqueó por completo. Pensamos que te habían descubierto.
—O que habías desertado —añadió Mara, sin levantar la vista de su pantalla—. Tus niveles de cortisol están por las nubes ahora mismo, Adrian. Tu sistema nervioso está en estado de shock. Siéntate. Necesitamos el volcado de memoria manual.
Adrian se sentó en su silla de cuero frío, sintiéndose un extraño en su propia casa. El amuleto de piedra en su bolsillo parecía pesar una tonelada, pero se obligó a mantener las manos quietas sobre sus rodillas.
—Logré entrar en las Crónicas de Sangre —comenzó Adrian, su voz sonando monótona, una máscara que apenas lograba sostener—. Es el núcleo de su historia. No hay servidores físicos, Mara. Es un sistema de almacenamiento místico basado en la resonancia del agua y la sangre. Lo que vi allí... —Hizo una pausa, y por un segundo, la imagen de él mismo guiando los misiles hacia Aeryn cruzó su mente. La apartó con un esfuerzo sobrehumano—. Lo que vi fue su registro de linajes. Cada híbrido, cada refugiado está conectado a ese lugar.
Daniel se inclinó hacia delante, sus ojos brillando con una ambición peligrosa.
—¿Tienes las coordenadas de los núcleos de poder? ¿La ubicación de los generadores del Velo?
—No hay generadores, Daniel —respondió Adrian, mirando directamente a su superior—. No es una máquina. Es una comunidad. Pasé el día conviviendo con ellos. Desayuné con sus familias, vi a sus artesanos trabajar, escuché a sus ancianos leer poesía a los niños. No son la colmena de monstruos que describen los manuales de la Academia.
Mara soltó una risa seca, casi involuntaria.
—¿Poesía? Adrian, por favor. Los vampiros usan el lenguaje para seducir y las lobas crían para la guerra. Estás describiendo una simulación de domesticidad.
—No era una simulación —insistió Adrian, y una nota de desesperación se filtró en su voz—. Tienen esperanzas, miedos por el invierno, sueños de ver el mundo exterior. Tienen vidas que son... aterradoramente parecidas a las nuestras. Sus niños juegan a los mismos juegos que nosotros. Sus padres se preocupan por el futuro de la misma forma que cualquier ciudadano de aquí. No son una anomalía que corregir; son una sociedad que solo quiere que la dejen en paz.
Daniel intercambió una mirada rápida con Mara. El silencio que siguió fue denso y cargado de un juicio gélido.
—Escúchate, Valerius —dijo Daniel, su voz bajando a un susurro peligroso—. Estás repitiendo la propaganda más básica de los sobrenaturales. El "síndrome de proximidad". Te han lavado el cerebro con feromonas y trucos de luces. Esa "normalidad" que viste es el camuflaje que usan para que bajemos la guardia. ¿Vidas parecidas a las nuestras? Nosotros no necesitamos sangre humana para sobrevivir, ni nos transformamos en bestias que desgarran carne. Somos el orden. Ellos son el caos disfrazado de familia.
—He visto sus memorias —mintió Adrian parcialmente, omitiendo su visión privada del futuro—. He visto cómo mi propio linaje, los Valerius, los cazaron como animales durante siglos. Su odio hacia nosotros no es gratuito; es una respuesta a nuestra crueldad.
Mara cerró su terminal con un golpe seco.
—Suficiente. Tus lecturas biométricas indican una inestabilidad emocional de grado cuatro. Claramente, el aislamiento y la exposición a su magia han comprometido tu juicio crítico. Daniel, los datos que ha traído son subjetivos y están contaminados por su estado psicológico.
Daniel se levantó, ajustándose los guantes de combate. Miró a Adrian no como a un compañero, sino como a un equipo defectuoso que necesitaba una recalibración urgente.
—Vete a dormir, Adrian. Mañana te presentas en el centro médico para una limpieza completa de toxinas y un reajuste de los inhibidores. No quiero volver a oír hablar de "poesía" o "vidas normales". La Purga Solar sigue adelante. Con tus datos o sin ellos, encontraremos la forma de rasgar ese velo.
Adrian no se movió mientras ellos se dirigían a la puerta. Se sentía vacío, como si la nanotecnología de Helix estuviera intentando devorar lo poco que quedaba de su voluntad.
—Daniel —llamó Adrian antes de que salieran. El estratega se detuvo en el umbral—. Si atacamos el Enclave, no estaremos eliminando monstruos. Estaremos cometiendo un genocidio contra personas que solo quieren vivir.
Daniel no respondió. Simplemente cerró la puerta tras de sí.
En el pasillo del edificio, Mara y Daniel caminaron en silencio hacia el ascensor. Solo cuando las puertas se cerraron y estuvieron seguros de que no había micrófonos, Mara habló.
—Daniel, sus niveles de empatía han saltado todos los protocolos de seguridad. Nunca he visto a un Valerius hablar de esa manera. Ni siquiera los fármacos pudieron contenerlo.
Daniel miró el reflejo de ambos en las puertas metálicas del ascensor. Su rostro era una máscara de preocupación sombría.
—Hay algo malo con él, Mara. No es solo el lavado de cerebro. Es como si algo hubiera roto su programación básica de cazador. Si no logramos que vuelva al redil mañana en el centro médico, tendremos que considerar que Adrian Valerius es ahora un activo comprometido.
—¿Y qué pasará si se resiste? —preguntó Mara, bajando la voz.
—Los Valerius son leyendas por su lealtad a la Cruz de Plata —respondió Daniel con frialdad—. Pero si Adrian se ha convertido en uno de ellos en su corazón... entonces tendrá que ser tratado como uno de ellos. Vigílalo esta noche. Si intenta contactar con el Enclave o si intenta destruir sus propios registros, elimínalo.
Mientras tanto, en el piso de arriba, Adrian sacaba la piedra de Miri de su bolsillo. La colocó sobre la mesa de cristal. En la oscuridad del departamento, la piedra comenzó a emitir un pulso suave y rítmico, como un faro en medio de una tormenta de acero. Adrian se sentó frente a ella, sabiendo que Helix ya no confiaba en él.
Mañana intentarían borrarle la memoria o algo peor. Pero mientras miraba la piedra, Adrian recordó la visión del estanque: el fuego cayendo del cielo. Comprendió que ya no podía ser un espectador. Si quería salvar a Aeryn y a las personas que había conocido, tendría que convertirse en el monstruo que Helix tanto temía: un traidor con una causa.
—No dejaré que pase —susurró para sí mismo, mientras sus dedos buscaban el teclado de su computadora para empezar su propia contraofensiva silenciosa—. No esta vez.