Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 15
Seraphina Agarra a Cyran y lo apoyó en su hombro, aunque el pesaba mucho más que ella uso todas sus fuerzas para llevarlo A la enfermería
—¿Pero que te paso muchacho?— Exclamó la enfermera
Le Dieron e alta a Cyran entonces Seraphina tomó una decisión muy impresionante mientras iban caminando despacio por la calle
La noche había caído y la casa estaba en silencio. Después de todo lo que había pasado, después de ver a Cyran ensangrentado en el suelo, Seraphina no podía soportar la idea de separarse de él. Ni una noche. Ni un segundo.
—Voy a hablar con mi mamá —dijo, tomando su mano con determinación—. Quiero que te quedes en mi casa hoy.
Cyran la miró, sorprendido.
—¿Estás segura?
Ella asintió, apretando sus dedos.
—Yo... me asusté tanto —admitió, la voz quebrada—. Necesito tenerte cerca.
Cyran no dijo nada. Solo le besó la frente con una ternura infinita.
—Está bien —susurró contra su piel—. Lo que tú necesites, mi amor.
Seraphina habló con su madre. Le explicó lo del ataque, lo asustada que estaba, lo mucho que necesitaba sentir que Cyran estaba a salvo y cerca. Su madre la miró con comprensión —quizás recordando su propio primer amor, sus propios miedos— y asintió.
—Nosotros nos iremos —dijo su madre, tomando su bolso—. Así que no le abras a desconocidos. ¿Me oíste?
Seraphina asintió, sonrojándose ligeramente.
—Sí, mamá.
Su madre le lanzó una última mirada, una mezcla de advertencia y complicidad, y se fue con el padre de Seraphina, dejando la casa en silencio.
La habitación de Seraphina
Ella cerró la puerta tras de sí y se giró hacia Cyran, que estaba sentado en el borde de su cama, mirando alrededor con una mezcla de curiosidad y respeto. Era la primera vez que entraba en su habitación. El lugar más íntimo de su mundo.
—Estamos solos —dijo ella, y sus mejillas ardían.
Cyran tragó saliva.
—Sí... ya veo.
Ella se acercó lentamente y se acostó a su lado, acomodando la cabeza en su pecho. Cyran la rodeó con sus brazos de inmediato, como si fuera lo más natural del mundo. Como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida.
Sus ojos brillaban en la penumbra. Brillaban con amor, con deseo, con algo más que ella apenas comenzaba a entender.
—Sabes —rompió el silencio, jugando con los botones de su camisa.
—¿Sí, mi amor? —preguntó él, acariciando su cabello con una ternura que contrastaba con las manos que horas antes habían sido letales.
Ella respiró hondo.
—Ya... me siento lista.
Cyran dejó de acariciarla. La miró, confundido.
—¿Lista para qué?
Ella levantó la vista, sus ojos encontrando los de él en la penumbra.
—Para eso. Tú sabes. Para que tú y yo... finalmente...
Cyran parpadeó una vez. Dos veces.
Y entonces entendió.
Su rostro se encendió en un rojo brillante que ni la oscuridad pudo ocultar. El chico que había roto huesos, que había amenazado de muerte, que había peleado contra seis tipos a la vez... se puso rojo como un tomate.
—Ah... —carraspeó, nervioso—. Bueno... yo...
Ella lo miró, expectante.
Cyran tomó aire. Y luego, con una voz mucho más suave de lo que nadie le conocía, dijo:
—Yo voy a esperarte, amor. No tienes que pensar en eso.
El rostro de Seraphina cambió. Una sombra de duda cruzó sus ojos.
—¿Entonces... no quieres conmigo? —preguntó, pequeña, vulnerable.
Cyran la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.
—¿No quiero? —repitió, incrédulo—. Si, por supuesto que quiero. Te he deseado por doscientos años, Seraphina. Te deseo más que a nadie en este mundo y en cualquier otro.
Ella lo miró, sin entender.
—Entonces, ¿por qué...?
—Porque quiero que lo hagamos bien —la interrumpió él, acariciando su mejilla con el pulgar—. No así, después de un día de mierda, conmigo todo golpeado, tú temblando por lo que pasó. Quiero que sea especial. Quiero que sea perfecto. Quiero que cuando recuerdes nuestra primera vez, recuerdes amor, no miedo.
Los ojos de Seraphina se llenaron de lágrimas. Pero no de tristeza. De algo mucho más grande.
—Cyran...
—Te amo —dijo él, simple, sincero—. Te amo con todo lo que soy y todo lo que tengo. Y por eso puedo esperar. Esperaré lo que sea necesario. Una noche, un año, doscientos años más. No importa. Mientras sea contigo al final, todo vale la pena.
Ella se incorporó y lo besó. No fue un beso apasionado, ni urgente. Fue un beso lento, profundo, lleno de promesas.
Cuando se separaron, apoyó su frente contra la de él.
—Eres demasiado bueno para mí —susurró.
Cyran rió suavemente.
—No, mi amor. Tú eres demasiado buena para mí. Pero soy demasiado egoísta para dejarte ir.
Ella sonrió y se acurrucó contra su pecho de nuevo.
—¿Entonces solo dormimos?
—Solo dormimos —confirmó él, besando su cabello—. Pero sueña conmigo, ¿vale?
—Siempre sueño contigo —respondió ella, cerrando los ojos.
Y así, abrazados en la habitación de Seraphina, con la luna mirándolos desde la ventana, durmieron.
No hicieron el amor esa noche.
Pero hicieron algo mejor: construyeron la confianza que duraría para siempre.