En un mundo donde la traición y el deseo son moneda corriente, una mujer se alza entre las sombras para reclamar su lugar en el trono del poder, desatando una tormenta de venganza y seducción.
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Capítulo 17
El amanecer se filtraba por las cortinas de la suite con una luz grisácea y anémica, como si el sol mismo tuviera miedo de lo que estaba a punto de presenciar. Clara se despertó antes de que la alarma sonara, con el peso del cuerpo de Gabriel aún brindándole un calor que sentía que no merecía. Sus ojos recorrieron las cicatrices en la espalda de él, marcas de una vida de violencia que ella, a través de su linaje, había perpetuado.
Se levantó con cuidado, vistiéndose con una eficiencia mecánica. Ya no había espacio para la seda o los tacones de aguja. Se puso unos pantalones tácticos, una camiseta térmica negra y botas de combate. Mientras se ajustaba la funda de su pistola al muslo, Gabriel se incorporó en la cama, su mirada alerta conectando con la de ella de inmediato.
—Hoy es el día, ¿verdad? —preguntó él. Su voz era un susurro ronco, cargado de una premonición sombría.
—Hoy se acaba el juego, Gabriel —respondió Clara, sin dejar de revisar el cargador de su arma—. He pasado la noche procesando los datos del anexo "Cenizas". Mi padre no solo dejó un botón de autodestrucción financiera. Dejó las coordenadas exactas de cada centro neurálgico de nuestros enemigos. Sabía que, tarde o temprano, los lobos vendrían a por mí. Y me dio el fósforo para quemar el bosque entero.
Gabriel se levantó y se acercó a ella. Su cercanía ya no era una amenaza, sino un ancla.
—Si activas eso, Clara, no habrá vuelta atrás. No serás la Sombra, pero tampoco serás Clara Mendoza. Serás un fantasma huyendo de ejércitos hambrientos de venganza.
—Ya soy un fantasma, Gabriel. Julián murió siendo un peón, y mi padre murió siendo un carcelero. No dejaré que mi vida sea una repetición de sus errores.
Bajaron al centro de mando en el sótano, donde Esteban y un grupo selecto de operativos los esperaban. El ambiente era eléctrico. Esteban, con el rostro endurecido por la falta de sueño, le entregó una tableta.
—Lorenzo Beltrán ha sido localizado —informó Esteban—. Está intentando salir del país en un vuelo privado desde un aeródromo clandestino en la costa. Se ha llevado consigo los registros originales de los tratos de tu padre con el gobierno. Si esos papeles ven la luz, no solo caerá el sindicato, sino que el país entero entrará en llamas.
Clara apretó los dientes. Lorenzo, el hombre que se había reído de ella en la mesa, el hombre que había ayudado a Volkov a asesinar a la hija de Julián.
—No va a llegar a ese avión —sentenció Clara—. Esteban, quiero que el equipo Alfa bloquee las salidas terrestres. Gabriel y yo nos encargaremos del aeródromo.
—Señora, es demasiado arriesgado —intervino Esteban—. Es una ratonera.
—Precisamente por eso voy yo —replicó ella, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. Quiero ver sus ojos cuando sepa que la "niña" que despreció es la última cosa que verá en este mundo.
El viaje hacia la costa fue una carrera contra el tiempo. Clara conducía un todoterreno blindado mientras Gabriel coordinaba los ataques cibernéticos para cegar los radares de la zona. El plan era quirúrgico: un asalto simultáneo a las propiedades de los capitanes traidores para distraer a sus fuerzas, mientras el golpe final se asestaba a la cabeza de la conspiración.
Al llegar al aeródromo, el sonido de las turbinas de un jet privado ya rugía en la pista. Lorenzo estaba allí, rodeado de una docena de mercenarios fuertemente armados.
—¡Fuego! —ordenó Clara por el auricular.
El asalto fue brutal. Gabriel salió del vehículo disparando con una precisión aterradora, abriendo un pasillo de fuego y sangre entre los hombres de Lorenzo. Clara no se quedó atrás. Se movía con una gracia letal, disparando ráfagas cortas que encontraban sus objetivos con una frialdad matemática. Cada vez que apretaba el gatillo, sentía que se desprendía de un fragmento de su antigua vida.
Lorenzo, al ver que su guardia caía, corrió hacia la escalerilla del avión, pero una bala de Clara impactó en el escalón justo frente a su rostro, haciendo que retrocediera y cayera al asfalto.
Clara se acercó a él, rodeando el cuerpo de un mercenario caído. Lorenzo estaba jadeando, con el terror grabándose en sus facciones sudorosas.
—¡Espera! —gritó Lorenzo, arrastrándose hacia atrás—. ¡Podemos llegar a un acuerdo, Clara! ¡Tengo nombres! ¡Tengo cuentas en Suiza que tu padre nunca te mencionó!
Clara se detuvo a un metro de él, apuntándole directamente al corazón. El viento de la costa agitaba su cabello, y por un momento, parecía una diosa de la guerra emergiendo del caos.
—¿Crees que quiero tu dinero, Lorenzo? —preguntó ella, su voz cargada de un desprecio infinito—. ¿Crees que después de lo que le hiciste a Julián y a su hija, hay algo en este mundo que puedas ofrecerme para salvar tu vida?
—¡Él era un traidor! —chilló Lorenzo—. ¡Igual que este perro que tienes al lado! ¡Gabriel te traicionará en cuanto vea una oportunidad!
Gabriel, que se había acercado para cubrir la retaguardia, no se inmutó. Su mirada estaba fija en Clara, esperando su orden.
—Gabriel no es un perro —dijo Clara con una calma gélida—. Es el hombre que me ha mostrado la diferencia entre ser un líder y ser un tirano. Y tú, Lorenzo... tú solo eres el pasado que voy a borrar.
—¡Si me matas, los otros vendrán a por ti! —amenazó Lorenzo, intentando desesperadamente recuperar algo de su arrogancia—. ¡No tienes el poder de tu padre!
—Tienes razón —sonrió Clara de una forma que le heló la sangre al hombre—. Tengo algo mucho más peligroso. No tengo nada que perder.
Sin dudarlo un segundo, Clara disparó. No fue un tiro de advertencia, ni uno para interrogar. Fue el punto final. Lorenzo Beltrán quedó tendido en la pista, sus secretos muriendo con él.
Clara se giró hacia el avión y lanzó una granada incendiaria al interior de la cabina. Las llamas estallaron, consumiendo los documentos y el jet en una pira de fuego naranja y negro. El calor le golpeó el rostro, pero ella no retrocedió.
—¿Estás bien? —preguntó Gabriel, poniendo una mano en su hombro.
—Es el primer paso, Gabriel —dijo ella, mirando el incendio—. Pero el asalto final no ha sido contra ellos. Ha sido contra mi propio miedo. Ahora, prepárate. Porque cuando el mundo se entere de lo que acabo de hacer, el imperio empezará a caer. Y esta vez, no habrá nadie para recoger los pedazos.