Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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17_ El Juramento de la Presa
—Quiero que me mires a los ojos y me digas la verdad, Nagisa —dijo Karma, su voz suave y grave, pero con una intensidad que le erizó los vellos a Nagisa—. ¿Qué quieres tú?
Karma, al ver que Nagisa no respondía de inmediato, no forzó la conversación con palabras. En cambio, se acercó, paso a paso, con una lentitud deliberada que era a la vez una promesa y una amenaza. Cada paso reducía la distancia entre ellos, acorralando a Nagisa contra una pared invisible. Nagisa retrocedió instintivamente, hasta que la suave presión de la pared de su habitación contra su espalda le indicó que no había más escapatoria física.
Karma se detuvo a solo unos centímetros de él, la cercanía sofocante. Su aliento, con un fresco aroma a menta, chocaba suavemente con el de Nagisa, que ahora era errático y rápido.
—Dime, Nagisa, ¿qué fue todo eso? —preguntó Karma de nuevo, su voz un susurro ronco que resonaba en la pequeña habitación, cada palabra cargada de la paciencia y la desesperación de siete años de espera—. Dime lo que quieres y te lo daré.
La cercanía de Karma era abrumadora. El perfume familiar, su mirada penetrante, la promesa implícita en sus palabras... Nagisa sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas con violencia. El pánico inicial se mezclaba con una oleada de emociones complejas: el miedo a la vulnerabilidad, la furia por el pasado, pero también una atracción innegable y una esperanza que se negaba a morir.
Algo dentro de Nagisa, esa parte indomable y decidida que había forjado en la Clase E, decidió que ya era suficiente. Suficiente de huidas, suficiente de miedos, suficiente de esconderse detrás de las puertas. Era hora de dejar el pasado atrás, de enfrentar el futuro, de reclamar lo que su corazón anhelaba.
Y sin que Karma lo esperase, Nagisa reaccionó. Sus pequeñas manos se extendieron con una fuerza sorprendente, agarrando las solapas de la chaqueta de Karma y tirando de él hacia abajo. Sus labios se encontraron en un beso.
Primero fue un beso suave, casi tentativo, una pregunta tácita. Karma, impactado por la audacia inesperada de Nagisa, no respondió de inmediato. Su cuerpo se tensó con la sorpresa. Nagisa, al sentir la falta de respuesta, sintió una punzada de pánico y comenzó a separarse, una oleada de mortificación amenazando con ahogarlo.
Pero Karma no lo permitiría. En un movimiento casi salvaje, sus labios se moldearon con los de Nagisa, profundizando el beso con una urgencia que lo consumía. Su mano derecha se deslizó hacia la nuca de Nagisa, acariciando la piel bajo su cabello y luego atrapando la base de su cráneo, el tacto íntimo enviando escalofríos por la espalda de Nagisa.
Con su mano izquierda, Karma se aferró a la cintura de Nagisa, apretándolo ligeramente contra su cuerpo, pegándolo tan cerca que no había espacio para la duda o la distancia.
El beso se volvió voraz, apasionado, la expresión de años de anhelo y dolor finalmente liberados. Nagisa se encontró respondiendo con la misma intensidad, sus manos aferrándose con fuerza a la chaqueta de Karma. El mundo exterior dejó de existir. Solo ellos dos, el beso, el roce de sus cuerpos y la avalancha de emociones que los inundaba.
El beso se prolongó, una batalla de voluntades y deseos. Nagisa, sintiendo que le faltaba el aliento, comenzó a darle pequeños golpecitos en el pecho a Karma, una súplica muda para respirar. Karma se separó lentamente, sus frentes todavía pegadas, ambos jadeando, sus labios hinchados y ligeramente rojos.
Nagisa, sorprendentemente calmado a pesar de la intensidad del momento, con la respiración aún agitada y los sentimientos a flor de piel, levantó la vista para encontrarse con los ojos ardientes de Karma. La vergüenza había desaparecido, reemplazada por una determinación férrea.
—Karma... —dijo Nagisa, su voz ronca por el beso, pero cargada de una seriedad inquebrantable—. Lo que quiero está frente a mí. Y sí, es a ti. Pero no sé si decidirme a darle una oportunidad... o echarte de aquí para siempre.
Karma abrió la boca para hablar, pero Nagisa lo interrumpió, su agarre en la chaqueta de Karma se intensificó.
—Porque si te doy una oportunidad —continuó Nagisa, su mirada ahora tan penetrante como la de Karma—, no te dejaré ir. Aunque me ruegues que te suelte. Aunque me lo pidas de rodillas. Karma, puedo ser muchas cosas, pero cuando tengo una presa en mis manos, no la suelto. No a menos que... esté muerta. Entendido.
La declaración de Nagisa era una mezcla de pasión, advertencia y una promesa aterradora. Era el depredador latente que había sido entrenado para matar, ahora despertado por el deseo y el dolor de una relación.
Karma sonrió, una sonrisa genuina y descarada, sus ojos brillando con una luz que Nagisa había extrañado desesperadamente. La seriedad en su rostro fue reemplazada por una alegría inmensa. Lo había logrado.
—Nagisa —dijo Karma, su voz profunda, con una reverencia que era tan extraña como magnética—. Déjame serlo. Déjame estar contigo. Dame esa oportunidad. Por favor, déjame ser tu presa.
Nagisa entrecerró los ojos, el fuego aún bailando en su mirada, la advertencia aún presente.
—Karma, que diga todo esto no significa que ya te perdone —subrayó Nagisa, la cicatriz de los siete años de dolor aún fresca.
Karma le acarició suavemente el rostro, su pulgar rozando el labio inferior de Nagisa.
—Nagisa, si tu perdón me lleva hasta mi muerte —dijo Karma, su voz cargada de una convicción absoluta—, si es tu cuchillo quien la provoca, la aceptaré con gusto.
Las palabras de Karma resonaron en la habitación, una declaración de amor y devoción incondicional, la máxima prueba de lealtad para un asesino. El aire entre ellos vibró con la promesa y el peligro, una mezcla embriagadora que Nagisa conocía y comprendía profundamente.
Por un momento, Nagisa solo lo miró, sus ojos azules escudriñando la sinceridad en el rostro de Karma, buscando cualquier indicio de burla o falsedad. No encontró ninguno. Solo una verdad cruda y palpable.
La pregunta que Karma le había planteado, "si es tu cuchillo quien la provoca, la aceptaré con gusto", no era una hipérbole vacía para ellos. Ambos habían crecido bajo la sombra de la muerte, aprendiendo a darla y a esquivarla. Esa declaración era el lenguaje más honesto y profundo que Karma podía ofrecerle. Era su juramento.
Nagisa suspiró, un largo y profundo aliento que liberó la tensión acumulada de semanas, meses, incluso años. La furia latente, el dolor por el abandono, la vergüenza del momento anterior... todo se arremolinó y luego se disipó, dejando solo la cruda realidad de sus sentimientos.
—Karma —dijo Nagisa, su voz ahora era baja, casi un murmullo, pero llena de una autoridad tranquila—. ¿Estás seguro de lo que estás pidiendo? Porque no habrá vuelta atrás. Una vez que te entregues, eres mío. Y mis presas... mis presas tienen que ser leales. Tienen que ser mías, en cuerpo y alma.
Los ojos dorados de Karma brillaron con una intensidad febril, la sonrisa arrogante que lo caracterizaba se transformó en una expresión de pura devoción.
—Más que seguro, Nagisa. He estado pidiendo esto durante siete años. He estado buscándote, deseándote, añorando este momento. Soy tuyo. Siempre he sido tuyo. Desde el día en que intentaste estrangularme con mi propia corbata.
Nagisa no pudo evitar una pequeña sonrisa, recordando ese infame incidente. Karma siempre había tenido una forma extraña de recordar sus momentos más significativos.
—Bien —dijo Nagisa, y con esa sola palabra, selló su destino. Se inclinó y lo besó de nuevo, esta vez con una ternura que contrastaba con la ferocidad del beso anterior. Era un beso de promesa, de aceptación, de un comienzo.
Karma correspondió al beso con toda la pasión contenida de su ser, sus manos subiendo por la espalda de Nagisa, envolviéndolo en un abrazo tan fuerte que casi le cortó la respiración. Ya no había distancia, ya no había dudas. Solo la confirmación de que finalmente habían encontrado su camino de regreso el uno al otro.
El sol de la mañana se filtraba por la ventana de la habitación de Nagisa, bañándolos con una luz dorada que parecía santificar su reencuentro. Las bolsas de la compra seguían en la acera, el sobre de Kayano olvidado en la mesita de noche. El mundo exterior, con sus exigencias y sus intrigas, se había desvanecido, al menos por un momento.
Cuando finalmente se separaron, la respiración de ambos era agitada, sus rostros sonrojados y sus ojos brillantes.
—Todavía no te he perdonado, Karma —murmuró Nagisa, apoyando su frente en el hombro de Karma, su voz llena de una vulnerabilidad que no había permitido mostrar en años.
Karma le besó el cabello suavemente.
—Lo sé —respondió Karma, su voz grave y reconfortante—. Y haré lo que sea necesario para ganármelo. Cada día. Para el resto de nuestra vida.
Nagisa levantó la vista, una pequeña sonrisa formándose en sus labios.
—Más te vale —dijo, y luego añadió, con un tono que mezclaba la amenaza con el afecto—: Y la próxima vez que te vea con Kayano, o con cualquier otra "madrina", te juro que te ataré a la cama con mis coletas y no te dejaré salir hasta que jures fidelidad a este cazador.
Karma rio, una risa profunda y alegre que resonó en la habitación, liberando la tensión restante.
—Considera que ya lo he hecho, mi pequeño depredador. Considera que soy tuyo.
Los próximos días y semanas fueron una mezcla de redescubrimiento y reajuste. La "comodidad precária" se transformó en una comodidad profunda y palpable, una familiaridad que se sentía como volver a casa después de un largo viaje. Hubo largas conversaciones en la cocina mientras Karma preparaba cenas exóticas, o en el sofá mientras Nagisa corregía exámenes.
Karma escuchaba pacientemente mientras Nagisa desahogaba sus sentimientos de dolor y resentimiento por los años de ausencia, y Nagisa comenzaba a comprender el peso de la soledad y la carga de los sueños de Karma.
Poco a poco, las heridas comenzaron a cicatrizar. No se olvidaron, pero encontraron su lugar en la narrativa de su historia, un recordatorio de lo mucho que habían pasado y de lo lejos que habían llegado. Karma se convirtió en una presencia inamovible en la vida de Nagisa, su "presa" dispuesta, su ancla. Y Nagisa, el cazador que había aprendido a amar, finalmente permitió que su corazón sanara, abriendo la puerta a un futuro que, aunque incierto, ahora compartían.
El sobre que Kayano había entregado a Karma resultó ser la invitación a una gala de caridad de alto perfil, donde Karma debía dar un discurso. Nagisa decidió acompañarlo. Era hora de mostrarle al mundo, y a sí mismo, que su historia, lejos de haber terminado, acababa de encontrar su verdadero punto de partida. Un punto de partida lleno de promesas, de desafíos, y de un amor ferozmente recuperado.