Una historia de amor y realeza 👑
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Capítulo 11: Entre cercanía y distancia
El viaje avanzaba con un ritmo constante mientras el paisaje del reino quedaba atrás poco a poco. Los árboles se volvían más altos, los caminos más estrechos y el aire más frío conforme se alejaban de la capital. Dentro del carruaje, el ambiente era tranquilo, pero no incómodo; era una calma distinta, llena de pensamientos no dichos y miradas que a veces se encontraban sin querer. Polet mantenía las manos juntas sobre su regazo, intentando controlar los nervios que aún no la abandonaban desde la mañana, mientras Elliot permanecía frente a ella, aparentemente relajado, pero con la mirada perdida en algún punto entre la ventana y sus propios pensamientos.
Habían pasado ya varias horas desde que partieron y, aunque habían intercambiado algunas palabras, la mayor parte del tiempo permanecieron en silencio. No era un silencio incómodo, pero tampoco era sencillo de entender. Polet quería decir algo, preguntar algo, pero no sabía exactamente qué. Nunca había estado tan cerca de él por tanto tiempo, y ahora que lo estaba, se daba cuenta de que no era solo el rey imponente que todos veían, sino alguien mucho más complejo, alguien que parecía cargar con más de lo que mostraba.
—Puede hablar con normalidad —dijo Elliot de pronto, sin mirarla directamente—, no necesita medirse tanto.
Polet lo miró con sorpresa, sin saber si reír o disculparse.
—No es eso… solo no sé qué decir.
Elliot dejó escapar un leve suspiro, como si entendiera perfectamente esa sensación.
—Eso es mejor que decir algo sin sentido.
Polet sonrió ligeramente, relajándose un poco ante la respuesta. Durante unos segundos lo observó con más atención, notando detalles que la noche anterior no había podido percibir con claridad. Sin la formalidad del salón, Elliot parecía más humano, menos distante, aunque su presencia seguía imponiendo de forma natural.
—¿Siempre es así? —preguntó finalmente.
—¿Así cómo?
—Tan… serio.
Elliot giró ligeramente el rostro hacia ella, evaluando la pregunta.
—Supongo que sí.
—No lo parece.
Elliot arqueó apenas una ceja.
—¿Y cómo parezco?
Polet dudó un segundo, pero decidió responder con honestidad.
—Como alguien que aprendió a ser serio, no alguien que siempre fue así.
El comentario lo tomó por sorpresa, aunque no lo demostró por completo. Hubo un breve silencio antes de que volviera a hablar.
—Observa demasiado.
—No lo hago a propósito.
—Eso es lo preocupante.
Polet no supo si aquello era una broma o una advertencia, pero decidió no insistir. En cambio, miró por la ventana, dejando que el paisaje la distrajera por un momento. Sin embargo, su mente regresaba constantemente a lo mismo: a él, a su cercanía, a lo extraño que se sentía todo aquello.
Elliot, por su parte, no podía ignorar lo diferente que era compartir ese espacio con alguien como Polet. No intentaba impresionarlo, no buscaba su aprobación, no actuaba como las demás. Su forma de hablar, de mirar, incluso de guardar silencio, era distinta. Y eso lo descolocaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Tiene miedo? —preguntó él de repente.
Polet lo miró, sorprendida por la pregunta.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—¿De qué?
Polet bajó la mirada un instante antes de responder.
—De no estar a la altura… de hacer algo mal, de que todo esto salga peor por mi culpa.
Elliot la observó con atención.
—No es tan importante como cree.
Polet frunció ligeramente el ceño.
—Para mí sí lo es.
Elliot guardó silencio unos segundos, como si evaluara sus palabras.
—Entonces deje de pensar en hacerlo perfecto —dijo finalmente—, solo hágalo real.
Polet lo miró sin entender del todo.
—¿Real?
—Sí. No estamos intentando convencer a todo un reino con perfección, sino con credibilidad. Y la credibilidad no viene de actuar bien, viene de no actuar.
Polet asintió lentamente, comprendiendo la idea.
—Entonces… solo debo ser yo.
—Exacto.
Hubo un pequeño silencio después de eso, pero esta vez era más ligero. Polet se recargó un poco más en su asiento, sintiéndose menos tensa que al inicio del viaje. Sin darse cuenta, comenzó a verlo de otra manera, no como el rey distante, sino como alguien que también estaba intentando adaptarse a esa situación.
El carruaje se detuvo de pronto, haciendo que ambos salieran de sus pensamientos.
—Hemos llegado al punto de descanso, majestad —anunció uno de los guardias desde afuera.
Elliot asintió y descendió primero, extendiendo la mano para ayudar a Polet. Ella la tomó con más naturalidad que antes, bajando con cuidado. El lugar era un pequeño claro rodeado de árboles, donde los guardias ya comenzaban a organizar una breve pausa para continuar el viaje.
El aire era fresco y agradable, lo que ayudó a Polet a relajarse aún más. Caminó unos pasos, estirando ligeramente los brazos, mientras Elliot permanecía cerca, observando el entorno con atención.
—Esto es más tranquilo de lo que esperaba —comentó ella.
—Aún no hemos llegado a la parte complicada.
Polet lo miró.
—¿Cree que intentarán algo?
Elliot no respondió de inmediato.
—Siempre hay que estar preparado para eso.
La respuesta no fue alarmante, pero tampoco tranquilizadora. Aun así, Polet asintió, aceptando la realidad de la situación.
Pasaron unos minutos en silencio, compartiendo ese pequeño descanso. Sin embargo, algo había cambiado desde que iniciaron el viaje. La distancia entre ellos ya no era la misma, y aunque ninguno lo mencionaba, ambos podían sentirlo.
No era confianza aún, pero tampoco era desconocimiento.
Era algo intermedio.
Algo que comenzaba a formarse sin permiso.
Cuando retomaron el viaje, el ambiente dentro del carruaje ya no era el mismo que al inicio. Las palabras fluían un poco más, las miradas eran menos esquivas y la presencia del otro comenzaba a sentirse… natural.
Y eso, aunque ninguno lo dijera, era exactamente lo que no debía pasar.