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Lo Que El Silencio Esconde

Lo Que El Silencio Esconde

Status: Terminada
Genre:Apocalipsis / Aventura / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:495
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Lo que el silencio esconde

Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.

Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.

Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.

Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.

Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: El último refriegerador

Tiempo indeterminado. Quizá días. Quizá años. El sótano sigue siendo el mismo.

La puerta se abrió con un chirrido de goznes oxidados.

Lucía bajó las escaleras despacio, descalza, con un vestido blanco que alguien le había puesto. O que ella misma se había puesto. Ya no recordaba. La memoria se le había vuelto líquida, como el tiempo en aquel lugar.

El sótano olía a humedad, a tierra, a tabaco frío. Y a algo más. Algo metálico que ya no le provocaba náuseas. Algo que se había vuelto familiar.

Llegó abajo. La bombilla desnuda parpadeaba, como siempre. Las sombras bailaban en las paredes de cemento. Las cajas seguían ahí. El polvo seguía ahí.

Y el refrigerador seguía ahí.

Era viejo. De esos de los años ochenta, con la manija de metal oxidado y el congelador arriba. Había estado en aquel sótano desde antes de que ella naciera. Quizá desde antes de que su abuela fuera joven.

Lucía se acercó. Sus pies descalzos dejaban huellas en el suelo de polvo. El vestido blanco rozaba sus rodillas. Tenía el pelo suelto, largo, oscuro. Y en la mano, un cigarro encendido.

Un Malboro.

Aspiró hondo. El humo le llenó los pulmones. No tosió. Ya había aprendido.

Se paró frente al refrigerador. Apoyó la mano en la manija. El metal estaba frío, como siempre. Como la muerte.

—Ha llegado la hora —dijo en voz baja, con una calma que no le conocía.

Abrió.

La luz interior se encendió, mortecina, amarillenta. El frío salió en una nube de vaho que se enredó en su cabello.

Y allí, dentro, estaba Julio.

Estaba encajado en la bandeja del centro, como un producto más. Las rodillas pegadas al pecho. Los brazos atados a la espalda con alambre. Los ojos abiertos.

Vivos.

Todavía vivos.

—Lucía —susurró él, con la voz rota, con los labios amoratados por el frío—. Por favor.

Ella sonrió.

No era la sonrisa amable que todos conocían. No era la sonrisa dulce de la chica callada de la biblioteca. Era otra sonrisa. Una que Julio nunca había visto. Una que llevaba catorce años gestándose en las sombras de un sótano.

—No tengas miedo —dijo ella, inclinándose sobre él—. Ya casi termina.

Julio Forcejeó. Pero no había fuerza. Llevaba horas allí. Quizá días. El frío le había dormido los músculos. La sangre no le llegaba bien a las extremidades. Solo podía mover los ojos.

Y esos ojos miraban a Lucía con una mezcla de terror y súplica.

—Eres policía —dijo ella, como si le recordara algo obvio—. Deberías haberlo sabido. Desde el principio.

—¿Saber qué?

Lucía aspiró el cigarro. La brasa se encendió. Roja. Caliente. Casi naranja.

—Que el monstruo no era él —dijo, y su voz era apenas un susurro—. El monstruo siempre fui yo.

Julio abrió más los ojos. No entendía. O no quería entender.

—La niña de doce años —continuó ella, con la misma calma terrorífica— no era la víctima. Era la aprendiz. Él solo me mostró el camino. Yo lo recorrí sola.

—¿Qué dices? —La voz de Julio se quebró—. Lucía, tú sufriste. Él abusó de ti. Te quemó.

—Me hizo fuerte —cortó ella, y por primera vez su voz tuvo filo—. Me enseñó que el dolor es poder. Que el miedo es una herramienta. Que la dulzura es la mejor máscara.

Se arrodilló frente al refrigerador, quedando a la altura de los ojos de Julio. El frío le picaba en la piel, pero no se inmutaba.

—Todos me veían como la chica buena —dijo—. La dulce. La callada. La que no molesta. Nadie miraba detrás. Nadie preguntaba. Y mientras no preguntaban, yo podía hacer lo que quisiera.

Julio recordó entonces. Las víctimas sin resolver. Los desaparecidos que nunca aparecían. Las niñas que se esfumaban en la noche. Todas en los mismos barrios. Todas cerca de bibliotecas.

—Daniel —susurró—. Daniel lo sabía.

Lucía sonrió. Esta vez con ternura. Una ternura enferma.

—Daniel era mi cómplice. Mi primer ayudante. Él elegía a las niñas. Yo solo… las visitaba. En el sótano de la abuela. Donde todo empezó.

—¿Y Bruno?

Lucía soltó una risa baja, casi maternal.

—Bruno no existe. Era yo. Siempre fui yo. Necesitaba que alguien creyera que había un hombre detrás de todo. Para que no miraran a la niña de ojos grandes.

Apoyó el cigarro en la frente de Julio.

Él sintió el calor. Supo lo que iba a pasar. Cerró los ojos.

—No —susurró—. Por favor, no.

—Sí —dijo Lucía—. Así no te olvidas de mí.

Apagó el Malboro en su frente.

La carne chisporroteó. Julio quiso gritar, pero solo salió un gemido. Un sonido animal, ronco, que se perdió entre las sombras del sótano.

Lucía se incorporó. Miró la quemadura. Perfecta. Redonda. Como la que ella tenía en el brazo.

—Ahora somos iguales —dijo—. Tú y yo. Llevamos la misma marca.

Cerró la puerta del refrigerador.

La luz interior se apagó. El sótano quedó a oscuras, solo con el parpadeo de la bombilla desnuda.

Lucía subió las escaleras despacio. Descalza. Vestido blanco. El cigarro todavía humeando entre sus dedos.

Arriba, Mario seguía buscando a su compañero.

Nadie la miraba.

Nadie sospechaba.

Porque era tan dulce. Tan callada. Tan buena.

La última imagen del libro es Lucía saliendo a la calle. El sol de la mañana le da en la cara. Sonríe. Aspira el cigarro. Y camina hacia la siguiente biblioteca.

Fin.

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