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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

V. lo scambio Veraldi

Estiré mi mano y busqué la suya. Cuando mis dedos rozaron su piel, sentí una tensión eléctrica que parecía viajar desde su muñeca hasta su mandíbula apretada. Alessandra tenía una mano sorprendentemente grande en comparación con las mías, con dedos largos y fuertes, una mano acostumbrada a sostener el peso de un mundo que yo solo podía imaginar.

—Caspita... —murmuré, envolviendo su palma con la mía para atraerla hacia la luz— tienes una manito muy grande, Alessandra.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, el aire cambió. Me quedé congelada un segundo, procesando la frase mientras mis ojos bajaban a sus dedos y luego subían a su rostro. Mi cerebro, que suele ser más rápido que mis manos, decidió tomar el camino del doble sentido sin pedir permiso.

—¡Oh, Dios! No... no quería decir... —solté una carcajada nerviosa, sintiendo mis mejillas arder mientras me tapaba la cara con la mano libre—. ¡Perdón! ¡Qué mal sonó eso! ¡Giulia, cállate!

Alessandra, lejos de ofenderse o mostrarse confundida, arqueó una ceja y dejó que una sonrisa lenta y cargada de picardía se dibujara en sus labios. Sus ojos heterocromáticos brillaron con una intensidad depredadora, disfrutando de mi repentino ataque de timidez.

—¿Grande, dices? —su voz bajó a un tono aterciopelado, casi un ronroneo—. Bueno, dicen que el tamaño de las manos suele ser proporcional a... la capacidad de manejo. De situaciones complejas, por supuesto.

—¡Ya, para! —le pedí riendo, tratando de recuperar mi profesionalidad artesana—. Déjame ponerte esto antes de que diga otra estupidez.

Tomé la joya de alambre de oro con las cuentas verde olivo y grises. Con cuidado, rodeé su muñeca izquierda —la que no llevaba el reloj de lujo— y ajusté el cierre deslizable de metal. Las piedras resaltaban contra su piel clara y el oro parecía hecho para ella.

—Te queda hermosa, Ale —dije con suavidad, ajustando el nudo a medida—. Es ajustable, así que no te cortará la circulación cuando te pongas en modo "General".

Levanté la vista y, por primera vez, vi algo que me dejó sin aliento. Alessandra, la mujer de hierro, la que gritaba en italiano y manejaba mafiosos, tenía un ligero pero innegable sonrojo adornando sus pómulos. Se quedó mirando la pulsera en silencio, como si fuera el objeto más valioso que jamás hubiera poseído.

—Es... —empezó, pero su voz se quebró un poco. Se aclaró la garganta y recuperó su postura—. Es aceptable, Tagliaferro.

De repente, metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó un fajo de billetes doblado, sujeto por un clip de plata. Me lo puso en la mano con la misma naturalidad con la que alguien entrega un volante. Eran al menos 500 euros.

—Alessandra, es demasiado, yo... —intenté protestar, pero ella no me dejó terminar.

—Es el precio por mi paciencia y por tus respuestas —sentenció, pero antes de que yo pudiera reaccionar, se inclinó hacia adelante.

Esta vez no hubo advertencias. No hubo gruñidos ni amenazas. Sus labios encontraron los míos en un beso rápido, firme y posesivo que sabía a café amargo y a algo prohibido. Fue un "robo" en toda regla, una declaración de que ella siempre obtenía lo que quería.

Antes de que pudiera procesar el contacto de su boca sobre la mía, ella ya se estaba incorporando, ajustándose la chaqueta con una elegancia impecable.

—Dos horas exactas, Giulia —dijo, mirando su reloj sin rastro del sonrojo de hace un momento—. Mi cocina me espera. No te gastes todo ese dinero en hilos, compra algo de comer.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia su coche con paso decidido, dejando el rastro de su perfume de alta gama flotando en el aire del parque. Me quedé allí, sentada en el banco con 500 euros en una mano y una sonrisa tonta en la cara, tocándome los labios.

Definitivamente, la "General" era la restauración más complicada que me había tocado enfrentar.

Alessandra:

Entré en el coche y cerré la puerta, aislándome del ruido del mundo exterior. Por un momento, me quedé allí, con las manos apretadas contra el volante de cuero, mirando hacia el frente sin ver realmente nada. El silencio del habitáculo era absoluto, pero en mi pecho había un estruendo que no lograba calmar.

De repente, una risita corta y emocionada —un sonido que no reconocí como mío— escapó de mis labios. Me llevé la mano izquierda al pecho, justo encima del corazón, sintiendo el frío del metal de la pulsera de Giulia contra mi piel.

—*Ma che mi succede?* (¿Pero qué me pasa?) —susurré, cerrando los ojos con fuerza.

He estado con las mujeres más hermosas de Europa. He frecuentado los clubes de mi padre, rodeada de profesionales que sabían exactamente qué decir y cómo tocar para obtener una propina generosa. Pero ninguna de ellas, absolutamente ninguna, me había hecho sentir esta presión en el diafragma. Ni siquiera cuando cerraba un trato de millones de euros sentía este zumbido eléctrico en la punta de los dedos.

Me miré la muñeca. Las piedritas verde olivo y grises brillaban bajo la luz del atardecer. Giulia me había visto. No había visto a la heredera Veraldi, ni a la jefa que intimidaba a los Moretti; había visto mis ojos, mi cansancio, y se había tomado el tiempo de trenzar mis colores en un pedazo de alambre.

Sentía una calidez extraña que subía desde mi estómago hasta mi garganta. Eran... ¿mariposas?

—*No, no, no... maripose un corno* (No, no, no... mariposas un carajo) —mascullé, tratando de recuperar mi compostura mientras golpeaba rítmicamente el volante—. Las Veraldi no tienen mariposas. Las Veraldi tienen... instinto de caza. Sí, eso es.

Pero la sonrisa no se me quitaba de la cara. Era una sensación abrumadora, una felicidad absurda que me hacía sentir ligera, casi vulnerable. Por primera vez en mi vida, alguien me había regalado algo que no podía comprarse con un fajo de billetes, algo que no buscaba un favor a cambio.

Suspiré, puse el coche en marcha y salí del distrito universitario. El beso todavía me quemaba en los labios, un recordatorio de que, aunque mi mundo fuera de hierro y sangre, acababa de encontrar un hilo de seda al que no estaba lista para soltar.

—*Giulia Tagliaferro...* —repetí su nombre en voz baja, saboreando cada sílaba—. *Mi hai fregato bene* (Me has jodido bien).

Encendí la radio, buscando algo de música que ahogara mis pensamientos, y aceleré hacia casa. Tenía una cocina que inspeccionar y tres idiotas a los que gritar, pero por primera vez, la idea no me pesaba tanto. Tenía un secreto grabado en la muñeca.

Entré en la mansión Veraldi tratando de recuperar mi máscara de hierro, pero el músculo de mi mejilla parecía tener vida propia y se negaba a abandonar esa estúpida sonrisa boba. Caminé por el pasillo principal, con la mano izquierda —la de la pulsera— metida en el bolsillo del pantalón para ocultar mi "tesoro", cuando una voz cargada de una ironía maternal me detuvo en seco.

—¿Es ese el rostro de la mujer que acaba de cerrar un trato millonario o es que finalmente te has vuelto loca, Alessandra?

Me giré lentamente. Mi madre, Clara, estaba apoyada contra el marco de la puerta de la biblioteca, sosteniendo una copa de vino con una elegancia que siempre me recordaba de dónde venía mi propia postura. Me observaba con una diversión maliciosa, escaneándome como si fuera una de sus piezas de arte más raras.

—*Mamma...* —dije, tratando de borrar la expresión de mi rostro sin éxito—. Solo ha sido un día largo y productivo. Nada fuera de lo común.

—*Cazzate* (Tonterías) —soltó Clara, acercándose a mí con pasos felinos. Me rodeó, evaluando mi ropa, mi cabello un poco despeinado por el viento del parque y, sobre todo, ese brillo en mis ojos—. Conozco esa cara. Esa cara es de alguien que no ha estado pensando en rutas marítimas ni en la familia Moretti.

—No sé de qué hablas —respondí con un tono neutro, pero sentí cómo el calor volvía a mis mejillas.

Clara soltó una carcajada suave y burlona, señalándome con la copa.

—¡Te has sonrojado! ¡Por la Virgen, Alessandra! ¿Quién es? ¿Quién ha logrado que la General de los Veraldi entre en su propia casa caminando como si estuviera flotando en una nube de azúcar?

—Nadie, mamá. Solo... me encontré con alguien interesante en el camino —mascullé, desviando la mirada hacia las escaleras—. ¿Dónde están mis hermanos? Tengo que ver si limpiaron la cocina.

—Los chicos están arriba, bañados y asustados, esperando que entres con el palo de escoba —dijo Clara, bloqueándome el paso con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero no cambies de tema. Esa sonrisita no es por una de las chicas de los clubes de tu padre. Esas solo te dejan aburrida. Esta sonrisa es... diferente. Es fresca. Es... ¿humana?

—*Basta, per favore* (Basta, por favor) —gruñí, aunque sin rabia—. Fue solo una charla en el parque. Una chica que hace pulseras. Nada importante.

—"Una chica que hace pulseras" —repitió Clara, saboreando las palabras con una delicia casi cruel—. La heredera del imperio Veraldi ha sido domada por una artesana en un banco de madera. ¡Oh, esto es oro puro! ¿Alessio lo sabe? ¿O vas a dejar que sea yo quien le dé la noticia de que su hija favorita tiene corazón?

—Si le dices una sola palabra a papá, haré que tu colección de vinos termine en el fondo de la piscina —amenacé, aunque mi tono carecía de autoridad—. Solo fue un momento de distracción, nada más.

—Un momento de distracción que te tiene acariciándote la muñeca dentro del bolsillo desde que entraste —sentenció mi madre, dándole un sorbo a su vino mientras se alejaba hacia el salón—. Disfrútalo, Alessandra. No todos los días algo logra romper esa armadura tuya. Pero asegúrate de que sea digna de una Veraldi... o al menos, que sepa correr rápido cuando tus hermanos se enteren.

Subí las escaleras a zancadas, huyendo de la risa burlona de mi madre. Mi plan de ser la jefa implacable se estaba desmoronando, y lo peor de todo era que, por primera vez, no me importaba en lo más mínimo.

Entré en mi habitación con la intención de quitarme el traje, ducharme y quizás pasar horas mirando la pulsera de Giulia en la oscuridad, pero la paz me duró lo que un suspiro. En el centro de mi santuario, frente a la cómoda de caoba, estaba **Fiammetta**.

Era mi "favorita" de los clubes de papá; una mujer de curvas peligrosas, cabello cobrizo y una falta total de respeto por la privacidad ajena. Tenía uno de mis cajones de lencería abierto y estaba revolviendo mis bragas de seda como si buscara un tesoro escondido.

—*Ma che cazzo fai qui, Fiammetta?* (¿Pero qué carajos haces aquí, Fiammetta?) —gruñí, cerrando la puerta con un golpe seco.

Ella soltó una carcajada cristalina, sin soltar una prenda de encaje negro que examinaba con ojo crítico.

—*Calma, jefa* —dijo, dándose la vuelta con una chispa de malicia en los ojos—. Tu madre me dejó pasar. Dijo que necesitabas "relajarte" después de un día tan intenso. Y viendo cómo entraste, parece que tenía razón.

—Sal de mis cosas. Ahora —ordené, pero Fiammetta ya había metido la mano al fondo del cajón, sacando una pequeña caja de terciopelo azul que yo guardaba bajo un par de camisones.

—¿Y esto? —preguntó, abriéndola con una rapidez que no pude evitar. Sus ojos se iluminaron al ver el dispositivo de silicona médica, elegante y discreto—. *Oh, Alessandra...* La General tiene juguetes. Y yo que pensaba que preferías el contacto humano.

Comenzó a agitar la cajita frente a mi cara, soltando una risa burlona mientras hacía vibrar el aparato con un clic.

—¿Es por esto que siempre estás tan tensa? ¿Porque este aparatito no tiene el carácter de un Veraldi? —se burló, acercándose a mí mientras yo sentía que la vena de mi cuello iba a explotar—. ¿O es que lo usas pensando en alguna de tus reuniones de negocios? "Oh, sí, señor Moretti, bájeme el interés...".

—*Dammelo, stronza!* (¡Dámelo, idiota!) —le arrebaté la caja de las manos, sintiendo un calor violento en las mejillas. No era el sonrojo tierno de hace una hora con Giulia; esto era pura furia y vergüenza—. No es lo que parece. Y tú no deberías estar tocando nada.

—*Dai*, Ale, no seas aburrida —Fiammetta se recostó en mi cama, estirando sus piernas largas con una confianza irritante—. Estás más roja que un tomate. Tu madre dice que vienes del parque con una sonrisa de boba. ¿Acaso este juguete ya no es suficiente y buscaste algo... real?

Apreté la caja de terciopelo contra mi costado, ocultando la mano de la pulsera. La presencia de Fiammetta, con su perfume pesado y su actitud provocadora, chocaba violentamente con el recuerdo de la risa limpia de Giulia.

—Vete, Fiammetta —dije, esta vez con una voz fría y definitiva—. No estoy de humor para tus juegos. Dile a mi madre que su broma ya tuvo gracia.

—*Va bene, va bene...* —se levantó de la cama, dándose aires de importancia y lanzándome un beso al aire—. Pero si esa chica del parque te sale mal, ya sabes que este "juguetito" y yo siempre estaremos disponibles para quitarte el estrés.

Cuando finalmente salió y cerró la puerta, solté un suspiro que me quemó los pulmones. Guardé la caja en el fondo del cajón, sintiendo que mi mundo privado acababa de ser profanado por la realidad de mi vida pública. Me miré al espejo, me ajusté los lentes y luego miré la pulsera de alambre.

—*Che giornata di merda...* (Qué día de mierda...) —susurré, aunque por dentro, el recuerdo de Giulia seguía siendo lo único que me impedía mandar todo al diablo.

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