Historia romántica
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Capítulo 2 – Mensajes de madrugada
Elena pensó que Martín le iba a escribir al día siguiente. Después pensó que tal vez había imaginado todo. Después pensó que había sido solo una charla linda y nada más. Intentó no mirar el celular, pero lo miraba igual. Cada vez que vibraba, el corazón le daba un pequeño salto.
Pero a las 00:17 su celular vibró.
“Estoy seguro de que todavía estás despierta.”
Elena sonrió sola en la cama antes de responder.
“¿Cómo sabés?”
“Tengo la sensación de que sos de las personas que piensan mucho antes de dormir.”
Ella tardó unos segundos en contestar.
“Puede ser. ¿Vos?”
“Estoy pensando en la librería. Y en vos.”
Elena sintió calor en el pecho. No estaba acostumbrada a ese tipo de sinceridad tan directa, tan sin vueltas.
“Eso es peligroso.”
“Lo sé.”
Empezaron a hablar. Primero cosas simples: qué música les gustaba, películas, comidas favoritas, viajes que querían hacer. Después, sin darse cuenta, empezaron a hablar de cosas más personales. Historias de la infancia, relaciones pasadas, miedos, sueños, cosas que normalmente uno no cuenta en una primera conversación.
A la 1:30 de la mañana seguían escribiéndose.
“¿Siempre hablás tanto?” le preguntó ella.
“Solo cuando la conversación vale la pena.”
“Chamuyero.”
“No. Sincero.”
Elena se rió sola en la oscuridad de su habitación. Hacía mucho tiempo que nadie le generaba esa mezcla de tranquilidad y emoción al mismo tiempo.
A las 2 de la mañana seguían con el celular en la mano.
“Quiero verte otra vez.”
“Yo también.”
“¿Mañana?”
“Sí.”
Elena dejó el celular en la mesa de luz y se quedó mirando el techo. Sentía emoción, nervios, ansiedad, todo junto. Era como volver a tener 20 años. Se dio vuelta en la cama varias veces antes de dormirse, pensando en sus ojos, en su sonrisa, en la forma en que hablaba.
Al día siguiente se encontraron en una plaza. Él ya estaba ahí cuando ella llegó, sentado en un banco mirando el celular. Cuando levantó la vista y la vio, sonrió de una manera que hizo que a ella se le aflojara el estómago.
—Hola —dijo ella.
—Hola.
Se quedaron mirándose unos segundos sin hablar. Había algo eléctrico entre los dos. Algo que ninguno decía, pero estaba ahí, creciendo.
Caminaron por la plaza, hablaron, se sentaron en el pasto. En un momento Martín le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. Fue un gesto mínimo, pero Elena sintió que el corazón le latía más rápido.
—Tenés los ojos muy lindos —dijo él.
—No me digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué contestar.
—No contestes nada entonces.
El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Más intenso. Más cerca. Elena podía escuchar los sonidos de la plaza, pero le parecían lejanos. Solo sentía su respiración y la mirada de él.
Martín la miró a los ojos y Elena supo lo que iba a pasar unos segundos antes de que pasara.
Él se acercó despacio. Muy despacio. Como si le estuviera dando tiempo para alejarse si quería.
Pero ella no se alejó.
Cuando la besó, Elena sintió que todo alrededor desaparecía. Fue un beso lento, suave, pero lleno de algo que no sabía explicar. No era solo un beso. Era una promesa, o al menos eso sintió ella en ese momento.
Cuando se separaron, se quedaron con la frente apoyada uno contra el otro, respirando despacio, todavía cerca.
—Creo que esto se nos va a ir de las manos —dijo él en voz baja.
Elena sonrió, todavía con los ojos medio cerrados.
—Creo que ya se nos fue.
Y por primera vez en mucho tiempo, Elena sintió que algo importante estaba empezando en su vida. Algo que no había planeado, algo que no había buscado, pero que había llegado igual. Y en el fondo, aunque no lo dijera, tenía la sensación de que ese beso no era el comienzo de algo pequeño, sino de una historia que iba a cambiar muchas cosas.