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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sensorial...

...24...

Siento sus manos pequeñas y frías sobre la mía, y en ese instante sé que estoy atrapado entre la espada y la pared. Lo que ella me pide no tiene nada que ver con mi trabajo —no es protección, ni vigilancia, ni ninguna de las cosas por las que fui entrenado. Es algo más profundo, más íntimo… un pedido de ayuda que me obliga a enfrentar fronteras que nunca pensé cruzar.

Paso saliva con dificultad, sintiendo cómo la sequedad me quema la garganta. Mis dedos se contraen involuntariamente bajo el tacto de su piel suave como la seda, y solo puedo asentir con una leve inclinación de cabeza. Veo cómo su rostro se relaja, cómo sus hombros pierden esa tensión que los mantenía tensos como cuerdas de piano, y ella suelta mi mano lentamente, como si temiera romper algo frágil.

—Quiero entender, Luke —dice, su voz un susurro en la penumbra de la cocina—. Sé que se supone que las cosas deben suceder de manera natural, pero no siento nada de lo que mis amigas describen. Cuando Adrian me toca… solo siento incomodidad, no… no eso de lo que hablan. ¿Será que hay algo malo en mí?

Yo me paso una mano por la cara, tratando de encontrar las palabras justas. Sé que debo ser sutil, pero también honesto.

—¿Qué es lo que crees saber al respecto, Ophelia? —le pregunto, usando por primera vez su nombre de pila, y la palabra se siente como fuego en mis labios.

Ella mira hacia el suelo, jugando con los bordes de su bata de seda blanca.

—Sé que se trata de estar cerca, de tocarse… mis amigas dicen que hay momentos en los que simplemente sientes que quieres estar cerca de esa persona, que tu cuerpo responde solo. Pero yo… cuando Adrian se acerca demasiado, solo quiero alejarme. No siento nada de eso que describen.

Ahí está el fallo. Ella conoce la parte mecánica, la idea teórica de la intimidad, pero no entiende la base de todo eso: la excitación, la conexión, el hecho de que el cuerpo responda porque el corazón y la mente están de acuerdo. Busco en mi mente las palabras adecuadas, directas pero sin impropiedades, que le permitan entender sin hacerla sentir incómoda.

—No hay nada malo en ti —digo con firmeza, acercándome un poco más—. Lo que te falta sentir es la parte que va más allá del tacto físico. La intimidad no comienza con las manos, comienza con la mente, con el corazón. Es una sensación que se va construyendo, como una llama que se enciende lentamente, no como un fuego que se prende de golpe.

Veo cómo la duda sigue en su rostro angelical, cómo sus ojos ámbar buscan la mía como si buscara una luz en la oscuridad. Sé que mis palabras no son suficientes, que ella necesita algo más que explicaciones teóricas. Que necesita entender cómo se siente, cómo debe buscar ese sentimiento en sí misma antes de permitir que alguien más la encuentre en ella.

Mi corazón late con fuerza contra mi costado, tan fuerte que creo que ella podrá escucharlo. Mi voz sale más grave y gruesa de lo habitual cuando hablo de nuevo.

—Ophelia… necesito que me des permiso para hacer algo. Para explicártelo de manera que puedas entenderlo con tus sentidos, no solo con tu mente. Prometo que no haré nada que no quieras, que te detendré en cualquier momento. Pero creo que es la única manera de que comprendas lo que te falta sentir.

Ella mira hacia mí, y en sus ojos veo una mezcla de miedo y confianza. Después de un instante, asiente con una leve inclinación de cabeza.

—Sí, Luke. Tienes permiso.

La tomo por los hombros con cuidado, girándola hasta que quede de espaldas a mí. No puedo mirarla a los ojos mientras hago esto —me temo que si lo hago, perderé toda la compostura que me queda. La dejo de pie frente a la isla de la cocina, y me acerco hasta que apenas la separa de mi cuerpo. Cierro los ojos por un instante, aspirando el aroma de su perfume —jazmín y almizcle— mezclado con el olor de su shampoo de flores blancas, y siento cómo mi cuerpo responde involuntariamente, cómo la sangre se precipita hacia mis sienes con una fuerza que casi me desarma.

Comienzo a hablar en un susurro, mi voz caliente contra su oído.

—La excitación no es algo que alguien más te imponga —digo, mientras mis manos se deslizan suavemente por sus brazos, desde los hombros hasta los codos, sintiendo cómo su piel es cálida y frágil bajo mis dedos—. Es algo que florece desde dentro. Comienza con una sensación de calma, de bienestar… como cuando el sol calienta tu piel después de un día frío.

Mis manos siguen su camino hasta su cintura, rodeándola con firmeza pero suavidad. Ella se estremece ligeramente, y siento cómo su respiración se vuelve más rápida.

—Tienes que aprender a sentir tu propio cuerpo —continúo, mientras mi pecho se aprieta contra su espalda, sintiendo cómo su silueta delgada se ajusta a la mía—. A reconocer cuándo algo te hace sentir bien, cuándo la tensión se convierte en placer, cuándo el calor se propaga por tu cuerpo como agua caliente en un río frío.

Cuando la pego completamente a mí, ella emite un pequeño gritado de sorpresa, y siento cómo su cuerpo se tensa por un instante antes de relajarse. Mis manos se mueven suavemente hasta su vientre, descendiendo hasta justo encima de la línea de su pijama de satén, y yo mismo siento cómo mi hombría comienza a despertar, cómo la sangre calienta cada fibra de mi ser con una intensidad que me hace temblar.

—Deberías sentir cómo tu piel se eriza —susurro al oído, mientras mis dedos trazan círculos pequeños sobre su vientre—. Cómo tu respiración se vuelve jadeante, cómo un calor dulce se acumula en el centro de tu ser. No es algo que deba doler, o hacerte sentir incómoda. Debería ser como una ola que te lleva, que te envuelve completamente.

Ella se estremece en mis manos, y siento cómo su cuerpo tiembla ligeramente contra el mío. Mi voz se ha vuelto tan excitada, tan cargada de pasión, que apenas me reconozco a mí mismo. Y entonces, sin pensarlo, pronuncio su nombre de una manera que hace que el mundo se detenga en seco.

—Ophelia…

La palabra sale de mis labios como un suspiro cargado de deseos prohibidos, y en ese instante recubro el sentido. Me separo de ella abruptamente, como si su piel fuera un fuego que me está quemando. Paso saliva con dificultad, sintiendo cómo la vergüenza y la culpa me invaden por completo.

—Lo siento —digo, mi voz rota y temblorosa—. Me he pasado de los límites. No debí haber hecho eso. No tengo derecho a tocarte así, a decirte estas cosas.

Sin esperar una respuesta, doy media vuelta y camino rápidamente hacia la puerta de la cocina. Mis manos tiemblan, mi respiración es agitada, y sé que si me quedo un segundo más, no podré controlar lo que siento. He cruzado una línea que nunca debería haber existido, he tocado a la mujer que estoy encargado de proteger de hombres como yo —hombres cuyos deseos pueden hacerles daño.

Y aunque sé que lo hice con la intención de ayudarla, sé también que nunca podré perdonarme por haber permitido que mis propios deseos se mezclaran con mi deber.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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