Scarlet siempre ha vivido al límite: cuchillos afilados, fuego constante y una cocina donde el control lo es todo. Lo último que necesita es Alaska, el frío eterno… y un hombre que parece decidido a desordenar su vida.
Luke solo quiere paz. Silencio. Distancia de todo aquello que alguna vez lo rompió. Pero cuando Scarlet llega a la montaña, su mundo se sacude de una forma que su lobo no sabe explicar. La reconoce por su aroma a cerezas, la desea con una intensidad peligrosa… y aun así, no la acepta como su mate.
Entre discusiones, roces inevitables y una tensión que arde incluso bajo la nieve, ambos luchan contra un vínculo que se resiste a ser nombrado. Porque a veces el destino no llega con claridad, y el amor verdadero aparece cuando menos estás dispuesto a reconocerlo.
En Alaska, donde el invierno observa en silencio, negar al mate puede ser el error más grande de todos.
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Capitulo 18: Nadie va a comerte… todavía.
El silencio cayó como una bomba.
Y entonces… él sonrió.
Lento. Ladeado. Peligroso.
Una sonrisa que no tenía nada de amable y todo de provocadora.
—Vaya —murmuró—. Tienes carácter.
Maldita sea.
Sentí cómo el rubor se me subía aún más, traicionero, quemándome las mejillas. Lo odié por eso. Lo odié por cómo me miraba, por cómo parecía disfrutar cada segundo de mi enojo.
—No confundas carácter con paciencia —le dije, intentando recuperar terreno.
Su sonrisa se ensanchó apenas.
—Créeme —respondió— no lo hago.
Y ahí lo entendí.
Luke no era el hombre maravilloso del que todos hablaban.
Era un cabrón.
Uno peligrosamente encantador.
Aria se metió entre los dos casi de inmediato, como si hubiera sentido que el ambiente estaba a punto de incendiarse.
—Bueno, bueno —dijo con una sonrisa forzada— creo que ya fue suficiente testosterona por hoy.
Antes de que Luke pudiera responder —o antes de que yo soltara algo de lo que me arrepintiera— llegaron Emma y Andrew. Radiantes. Felices. Enamorados de esa forma casi insultante que tienen las parejas el día de su boda.
—¡Ahí están! —exclamó Emma—. ¿Todo bien?
Luke y yo hicimos exactamente lo mismo al mismo tiempo, sonreímos.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si no nos hubiéramos estado gruñendo hace un minuto.
—Todo perfecto —dije yo.
—Sin inconvenientes —añadió Luke.
Aria y el hombre que estaba al lado de Luke se miraron entre sí, claramente sorprendidos por nuestra actuación digna de teatro, pero ninguno dijo nada. Nadie iba a arruinarle el momento a la pareja.
Y entonces Emma me miró con esa expresión suya.
Esa que ya conocía demasiado bien.
—Scarlett —dijo, tomándome de las manos— quiero pedirte algo.
Tragué saliva.
—Quiero ver un baile entre mis padrinos —anunció, emocionada—. Luke y tú. Sería perfecto.
El mundo se detuvo.
Luke y yo nos miramos, perplejos, durante unos segundos que se me hicieron eternos.
¿Bailar?
¿Con él?
—Em… Emma —empecé, nerviosa— no es necesario. De verdad. Además, no soy buena en estos bailes de recepción, yo…
—¿Miedo? —interrumpió Luke, con una media sonrisa burlona—. No pareces del tipo que se esconde.
Lo miré, incrédula.
Ah.
Así que quería jugar.
—No es miedo —repliqué—. Es sentido común.
—Claro —dijo, inclinándose apenas hacia mí—. Porque discutir en medio de una boda fue muy sensato de tu parte.
Sentí cómo se me subía el calor al rostro otra vez.
—Eres insoportable —murmuré entre dientes.
—Y tú eres una adorable cosita humana de cabellos rojos.
Eso fue el final.
Sin pensarlo más, lo tomé de la muñeca con firmeza.
—Perfecto —dije, arrastrándolo conmigo—. Vamos a bailar.
Detrás de mí escuché un pequeño grito ahogado.
—¡SÍ! —chilló Emma, feliz.
Luke me siguió sin oponerse, claramente divertido, mientras yo lo llevaba directo a la pista de baile, el corazón golpeándome con fuerza en el pecho.
No sabía bailar bien.
No quería bailar con él.
Pero si Luke pensaba que iba a dejarme intimidar…
Estaba muy equivocado.
...***...
Bailar con Luke fue, desde el primer segundo, una pésima idea.
Sentía las miradas. Muchas. Demasiadas.
Podía jurar que media manada nos observaba, evaluando cada paso, cada gesto. Decidí ignorarlas. O al menos intentarlo. Me concentré en el ritmo, en no pisarlo, en moverme con la música como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Mis ojos se aferraron a cualquier cosa que no fuera él, las luces colgadas entre los árboles, las flores blancas y verdes, las velas que parpadeaban con la brisa suave del bosque.
Los padres de Emma y los de Andrew charlando animados.
Jóvenes lobos robando comida de la mesa.
No lo mires, Scarlett.
No lo mires.
—¿Te distraen las decoraciones o te aterra mirarme? —murmuró.
Su voz, tan cerca, me recorrió la espalda como un escalofrío.
Antes de que pudiera responder, sentí su mano afirmarse con fuerza en mi cintura. En un solo movimiento me acercó a él, sin brusquedad, pero sin darme opción. Nuestros cuerpos quedaron peligrosamente juntos, demasiado conscientes el uno del otro.
Se me fue el aire.
—Luke… —advertí en voz baja.
—Relájate —susurró contra mi oído—. Nadie va a comerte… todavía.
Lo odié un poco por eso.
Y tal vez me gustó más de lo que debería.
—Eres un creído —le respondí, inclinándome apenas hacia su oído—. ¿Siempre necesitas invadir el espacio personal de las personas o solo cuando quieres molestar?
Sentí su pecho vibrar con una risa contenida.
—Solo cuando la persona finge indiferencia —replicó—. Se te da fatal, por cierto.
Apreté la mandíbula.
—¿Sabes qué se te da fatal a ti? —susurré—. Creer que eres irresistible.
—¿Y no lo soy? —preguntó, provocador.
Le clavé las uñas apenas en el hombro, lo justo para que entendiera el mensaje.
—Baja el ego, lobo —le dije—. Te ves mejor cuando no hablas.
Sus labios se curvaron en una sonrisa ladeada, peligrosa.
—Desde nuestra pequeña pelea lo supuse. Pero si, definitivamente —murmuró— me gusta cuando me insultas.
Genial.
Justo lo que necesitaba.
Seguí bailando, fingiendo compostura, aunque mi cuerpo no dejaba de reaccionar al suyo. A cada paso, a cada susurro, a esa cercanía que hacía imposible recordar por qué se suponía que debía mantener distancia.
Y mientras la música seguía, entendí algo con una claridad aterradora
Esto no era solo un baile.
Era una advertencia.
—¿Acaso eres un jodido simp? —me burlé, inclinando apenas la cabeza para mirarlo de reojo.
Luke no respondió con palabras.
Gruñó.
Bajo, contenido.
Ese sonido me recorrió la piel como una advertencia.
Y, para mi desgracia, decidió molestarme con más que palabras.
Sus manos se deslizaron hacia arriba por mi espalda, lenta y deliberadamente, hasta encontrar la piel desnuda que dejaba el vestido. El contacto fue firme, caliente. Se me erizó la piel al instante y tuve que morderme el labio para no delatarme con un sonido traicionero.
Maldito lobo.
—¿Ves? —murmuró junto a mi oído—. Eso no suena a alguien muy ofendida.
—No te emociones —le respondí en voz baja, tensa—. Solo me tomó por sorpresa.
Su risa fue apenas un soplo.
Entonces cambió de tema, como si nada.
—Hablemos de algo que sí me ofende —susurro—. El desorden en mi habitación.
Que paso con los otros capítulos /Cry/