Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 17: Rutinas compartidas
Keily
El sol entraba tímido por la ventana cuando abrí los ojos. Me costaba creer que ya habían pasado varias semanas desde que me mudé al departamento de Gastón. Al principio, cada rincón me resultaba ajeno, cada paso se sentía como invadir un espacio que no me correspondía. Pero ahora… ahora era distinto.
Ya no me sobresaltaba al escuchar la puerta de su habitación abrirse temprano por las mañanas. Ni me tensaba al verlo cruzar el pasillo medio adormilado, con el cabello despeinado y una taza de café en la mano.
Al contrario, lo extraño era imaginar la casa en silencio, sin ese ruido de pasos seguros o el chasquido de la cafetera al encenderse.
—Buenos días —murmuró esa mañana, apenas asomándose en la cocina.
—Buenos días —contesté, mientras servía cereal en un tazón.
Y ya está. No había más. Ninguno sentía la necesidad de llenar el espacio con palabras. No era incómodo; simplemente era… normal.
Él se sentó frente a mí, hojeando algunas hojas impresas que parecía haber traído de la universidad. Yo lo observaba de reojo, todavía sorprendida de lo mucho que había cambiado mi rutina desde que estaba aquí. Antes, mis mañanas eran solitarias, rápidas y silenciosas. Ahora, aunque seguía sin haber demasiadas conversaciones, el simple hecho de compartir la mesa me hacía sentir acompañada.
A veces coincidíamos en pequeños detalles sin siquiera planearlo. Como esa mañana, cuando ambos levantamos la vista al mismo tiempo para alcanzar la caja de galletas. Nuestras manos se toparon, y nos miramos con una sonrisa breve, casi automática, antes de seguir con lo nuestro.
Ese tipo de cosas se estaban volviendo habituales: cruzarnos en la cocina al mismo tiempo, encontrarnos con la televisión encendida en el mismo canal, o incluso discutir suavemente sobre quién debía sacar la basura.
Después de desayunar, él se levantó primero.
—Salgo temprano hoy —dijo mientras buscaba las llaves—. Tengo práctica con el equipo.
—Está bien —respondí sin pensarlo demasiado.
Me sorprendió lo natural que fue la respuesta. Como si de verdad me hubiera acostumbrado a escuchar sus planes del día, como si de alguna manera formaran parte de mi propia agenda.
Antes de salir, se detuvo un segundo en la puerta.
—Nos vemos en la tarde, Cerebrito.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Cerró la puerta detrás de sí, y el silencio volvió a adueñarse del departamento.
Me quedé un rato más sentada en la mesa, mirando el tazón vacío frente a mí. Fue entonces cuando me golpeó la realidad: ¿En qué momento se volvió tan cotidiano todo esto?
Verlo salir de su habitación cada mañana. Escuchar su “buenos días” casi dormido. Desayunar juntos en silencio.
No era un cuento de hadas ni una historia de película. Era simple, era cotidiano… y, sin embargo, me daba una extraña sensación de pertenencia.
Una parte de mí sabía que debía estar alerta, que no podía confiar tan rápido en alguien que me había herido en el pasado. Pero otra, más silenciosa y persistente, empezaba a disfrutar de esa rutina compartida.
Y eso, quizá, era lo que más me asustaba.